
Insisto, los cuentos de hadas pudren la cabeza de las mujeres. Ya lo dije y lo vuelvo a repetir, hay historias que quedan grabadas y trabajan día a día en el inconsciente, colectivo o no, pero que están allí guardadas para saltar un día, no me queda duda. Quizás porque esos relatos populares, contados a través de generación en generación, no sean más que el reflejo de las vicisitudes humanas.
Como el deseo de la belleza, tal como le pasó a la malvada madrastra de Blancanieves, que no soportaba que nadie fuera más bella que ella, y menos su hijastra. Algo parecido le pasó a Yolanda, la madrastra de Lucy, hija de un hermano de mi viejo. O sea otra de mis primas.
Lucy siempre fue muy bonita, la comparaban a Shirley Temple. Cuando éramos chicas decíamos ¿quién carajo era esa Temple? Parecía que todos la conocían menos nosotras, luego me di cuenta de que era por los bucles rubios que tenía mi primita, y que con el tiempo se encargó de borrar, planchita de por medio. Pero cuando era chica todos se los alababan y siempre la comparación con la Temple era inevitable.
Lucy era linda, rubia y encima con ojos verdes. Y cuando fue creciendo cada vez se puso más bonita. Era el orgullo de su padre.
La cuestión que mi tío se separó cuando su pretty baby tenía 8 años, y a los dos años se volvió a casar con Yolanda, una chica diez años más joven que él, y muy linda, claro que no tanto como Lucy.
Al principio todo bien entre ella y la nena, pero cuando la nena dejó de ser tan nena, y se convirtió en una linda princesita, mejor dicho en un minón infernal, Yolanda, que también era una bella mujer, quería competir todo el tiempo con ella. Las mismas marcas de jeans, los mismos cosméticos, y hasta los mismos novios. Es una forma de decir, porque bastaba que Lucy trajera un novio, para que ella se pusiera densa, y apareciera todo el tiempo ofreciendo café, té, gaseosas y demás, vestida como para matar.
En fin, el big problem empezó cuando Yolanda, tuvo sus primeras arrugas y se sintió fea, ahí se ve que tal la bruja con el espejito, se miraba todo el día, nadie sabe si preguntaba:
-¿Espejito, espejito quién es la más bella de esta casa?
Aunque deduzco que sería una tonta si preguntaba eso, porque era claro que la más linda era Lucy. Y ella de boluda no tenía ni un pelo, rubio teñido, eso sí.
Ni se imaginen que Yolanda envenenó manzanas, o puso algo en la comida, que eliminó a Lucy con bombones con cianuro a lo Yiya Murano, no ahora las cosas están mucho más avanzadas. No, tampoco la mando a matar por contrato, no hablaba de eso.
Hizo lo que muchas mujeres hacen en esos casos, se fue al mejor cirujano plástico, carísimo y de renombre y se operó toda, fiel émula de Extreme Makover, el reality de Sony. Las tetas, lipoaspiración de vientre y piernas, los párpados, pómulos levantados, ojos bien grandes con lentes de contacto verdes, labios carnosos cual Angelina Jollie, culo a lo Pradón, antes de la caída. Una cagada, eso pensé cuando la vi luego de la opereta.
Pero se ve que ella quedó feliz, y mi tío en la bancarrota, creo que hipotecaron la casa. Nunca se supo realmente, es uno de esos secretos que toda la familia supone y de lo que es mejor no hablar o preguntar.
Ahora cuando se mira al espejo, le debe preguntar.
-¿Espejo, espejo, soy más linda que Barbie?
A lo que el espejo responde.
- Más linda no, pero igual sí.- Y ella sonríe radiante, lo que el Botox le permite, mientras se mira en él y se acomoda su mechón rubio teñido que le cae sobre la frente sin ninguna arruga.