-Espero que a mi hijos los pueda aguantar – eso pensé luego de pasar un día con mi amiga Mara y sus adorables, e insorportables, tres hijos.Y no digo querer, porque supongo que eso es algo natural. Es que con el hecho de que todavía no engendré ningún retoño, y que cada vez tengo menos paciencia, espero lograr la tarea de ser madre sin volverme loca.
Porque según mi teoría personal, la paciencia es una virtud que se va perdiendo con los años. Al revés de otras que con el tiempo se afianzan, y crecen.
Yo noto que cada día tengo menos paciencia, menos tolerancia, y hay cosas que me sacan de quicio. Y gracias que no empiezo a gritar, o a repartir bollos por ahí, porque si bien tengo menos paciencia, por suerte tengo más autocontrol.
Los hijos de Mara son súper seguidos. Tiene uno de 6, otro de 4 y uno de 2, que todavía usa chupete, pañales, y casi ni habla. El del medio es una niña, que es la peor de los tres, totalmente consentida, quizás por ser niñita entre dos varones, caprichosa y capaz de hacer que Lassie la muerda. Lo juro, no me cabe la menor duda.
Mara, es amiga mía del secundario y nos vemos muy poco por año, una o dos veces, y reconozco que esas una o dos veces, son las que ponen en duda mi instinto maternal.
Esta vez decidimos ir al zoológico, pero no al de Palermo, sino al de Luján, que es un zoo interactivo. Mala decisión para ir con niños que más bien deberían estar dentro de las jaulas y no afuera.
Ya sé, ustedes, en este instante dirán, que soy cruel, mala, que los niños son siempre criaturitas encantadoras, a los que uno quiere acurrucar y dar amor. Pero, no conocen a los niñitos de Mara. Hasta nos llamaron la atención, y creo que en el zoológico temblaron pensando que se quedaban sin especies.
El tigre y el león se salvaron, bien porque eran mamíferos de los grandes, y considerados salvajes -casi tanto como los chiquillos-, o bien porque estaban encerrados. Y las rejas inspiraron un poco de respeto en los terremotos que llevaba colgados de mi saco, apretados de mi mano, o corriendo adelante de mi, y yo atrás, gritando como una loca, con miedo de que los devoren.
Ilusa de mí, creo que los animales se desbandaban cuando los veían, con miedo de que los devoren a ellos. Más de un pato se quedó con menos plumas.
Y mi amiga Mara, como toda madre de chicos revoltosos, lo más pancha. Los pibes pueden estar tomando la casa de gobierno, que ella te sigue preguntando por tus amantes, por tu última relación, o cuánto sale el sueter que tenés puesto. Mientras tanto, vos, con los pelos en punta, ves como los querubines están trepados a un árbol a punto de caerse, están trenzados en el piso peleándose entre ellos, o escupiendo a la gente que pasa y ella como si nada.
Tal como lo del huevo o la gallina, no sé si esto es porque sino se volvería loca, o si son tan tremendos porque ella es así. Lo cierto es que cuando volvíamos, y los tres guerreros estaban dormidos en el asiento de atrás, con sus caritas todas sucias, sus pelos enmarañados, pero con un halo angelical que les daba el sueño, los miré y pensé que me gustaría tener uno. Si tengo suerte, por ahí me sale un poco más tranquilo.






