Hoy hablé por primera vez con Nando sobre nuestro futuro. Hablé sin parar, como si me hubiesen enchufado a alguna red eléctrica, o me hubieran puesto la pila del conejito rosa. Tenía necesidad de contarle todo lo que me pasaba, de mis momentos de paz, y de otros en que me veía zozobrando en medio de una sudestada en el Río de la Plata, de mis inseguridades cuando pensaba que su pierna estaba casi bien. Nunca hablamos de esto, por lo menos, nunca le había hecho mención del tema. Era como un acuerdo tácito no hablarlo, un acuerdo que decidí romper de manera unilateral.
Él me miraba y me escuchaba, y no me interrumpía, quizás yo no lo dejaba tampoco, ya que había pocas comas, y ni un punto y aparte en mi conversación. No, no era una conversación era un verdadero monólogo. Donde él estaba sentado en mi sillón blanco, y yo cerquita, me hundía entre los almohadones, que me hacían una especie de contención soft.
Hace días que estaba pensando en que en algún momento teníamos que hablar, pero claro, no iba a usar el temido “tenemos que hablar”. Después de todo, ese “tenemos” suena tan a obligación, y prefiero siempre decir, quiero hablar con vos, o necesito hablarte. Serán todos los años de terapia, pero erradiqué - o casi- la palabra "tener" de mi vocabulario. Cada vez que aparece un “tengo” colado por ahí, viene con el acompañamiento, en do mayor, de la voz de mi psicólogo diciéndome la fórmula: “tengo igual a debo, debo igual a obligación”. Quiero, quiero, quiero, usá el quiero.
Esta vez no "tenía" que hacerlo, sino que era una necesidad, no quería seguir colgada de la expectativa de que un hueso no sane más (qué horror) para que El del cuarto siguiera a mi lado.
Por eso, cuando empecé a hablar no paré. Y recién cuando terminé de decirle todo lo que sentía, quería, necesitaba, pude hacer un profundo silencio, que vino precedido de un más profundo e intenso suspiro.
-Te llevaste todo el aire- me dijo él abranzándome.
Éso necesitaba, el abrazo, tierno, protector, alrededor de mi cuerpo. Cuánto ansiaba, casi con temor, escuchar su respuesta a mi pregunta de qué iba a hacer cuándo le den el alta.
-Quiero vivir aquí entre nuestros dos departamentos, quiero quedarme con vos- me dijo mirándome de una forma tan íntima, tan invitadora.
Algunos dicen que cuando una mujer derrama una lágrima nace un ángel en el cielo, si esto es cierto, yo habré dado vida a varios querubines en toda mi vida. Pero esta vez sentí que las dos alas no crecían en un ángel, sino en mi espalda, y no era por llanto sino por felicidad. Y al desplegarlas me elevaba, me elevaba y desde arriba veía como hacíamos el amor Nando y yo, fundidos entre los almohadones, que iban cayendo uno a uno al piso, para gozar sin ningún apuro, y sin ninguna maldita presión.