Las cosas con Nando van. Ni bien ni mal, van. O sea, seguimos juntos. Creo que los dos sentimos que nos engañamos, aunque en el fondo sabemos que no fue así. Técnicamente no lo hicimos pero en cada uno crece el sentimiento: "yo no alcancé", o algo parecido, y ni me pongo a pensar si es mi ego, o es mi amor herido, o no sé qué, la verdad a esta altura sólo sé que lo quiero pero que algo se derrumbó. Y cuando pienso que el curtió con alguien, me cae mal, pero inmediatamente viene a mi mente el pensamiento de que yo también lo hice. Pero no alcanza para que no me sienta mal. Y es doblemente peor, porque me siento mal por las dos cosas. Ya lo sé, estoy para terapia.
¿Por qué en una relación tenemos que sentir la necesidad imperiosa de ser tan importante o suficiente para el otro? ¿Es que queremos sólo de una forma posesiva?
Estaba en mi casa pensando en él, pensando mucho en él. Mucho. La verdad lo extrañaba. Y tomé el teléfono para llamarlo, pero cuando iba a marcar me pregunté si no era estúpido llamar a alguien que está a varios escalones de distancia nada más. Mejor ir a tocar su timbre, con todo lo que eso implicaba.
Estaba yendo a su departamento por la escalera, porque el ascensor estaba ocupado, cuando siento que alguien bajaba en el sexto. Y que tocaba timbre en mi departamento.
-Estoy acá- dije asomándome por el hueco de la escalera.
- Y yo acá- contestó Nando haciendo lo mismo.
Y muy decididos, cada uno bajó o subió los escalones que lo separaban del otro, y ahí nomás nos besamos. Tenía tantas ganas de estar con él. Nos besamos con fuerza. No fue un beso tranquilo, fue un beso distinto, mezclado, como si quisiéramos estar más adentro del otro. Me quedé apretada a él, mirando el caracol que formaban los escalones, y mientras respirábamos casi al compás, en completo silencio y también oscuridad, me acordé de que en esa misma geografía habíamos hecho el amor, con la misma fuerza con que nos habíamos besado, y quizás también en esa época con la misma inseguridad. Ya no daba hacer el amor en el rellano de la escalera, nos fuimos a mi casa, a mi cama. Y entre las sábanas sentí que sólo estábamos él y yo, los fantasmas se habían quedado atrás, quizás durmiendo en mi sillón del living, pero en el cuarto no había nadie más.
Volver
Ghost
Tengo lapsos de tiempo donde vuelve él. Pero no como un ser de carne y hueso, que lo es, sino como un fantasma. No se trata de algo cíclico, simplemente nace como una necesidad de pensamiento que empieza a convertirse en una sucesión de imágenes del pasado que pueden ser disparadas por cualquier cosa. Una carta, un objeto, un comentario tonto.
“Vos lo seguís queriendo a tu ex”, me dijo una compañera de trabajo, porque a cada cosa que se hablaba acotaba algo de él, y cuando digo él, no me refiero a Nando, porque, si bien las cosas no andan bien, no puedo de ninguna manera ponerlo en la categoría de ex. Cuando digo “él” hablo de mi segunda pareja. Yo contesté un automático y lavado, “no nada que ver”. Pero muy dentro de mí sé que no es tan así. Porque en definitiva no tengo tan claro si el amor muere realmente, o está en letargo sepultado bajo todo lo negativo en que se transformó la relación aprisionada con su problema de alcoholismo. Como si le hubieran puesto una piedra pesada para que no se levante jamás. A veces siento que, como si fuera un paciente en terapia intensiva, el amor aplastado a fuerza de discusiones, reproches, y olvido, a veces abre los ojos pero en silencio, sin hablar, sólo respira lentamente para dar señas de una vida que resiste el final. Así es el amor por él. Está agazapado inconsciente, está en coma farmacológico dopado con el presente. Y de vez en cuando vuelve, lanza una bocanada y se repliega, allí en el terreno infértil donde los sueños en común no pueden crecer.
Cuando tengo estas recaídas, que no tienen fechas precisas, ni meses estipulados, son momentos que transito de vez en cuando y sin motivo alguno, cuando el amor asesinado patalea dentro de mí es cuando aparece su fantasma. Y su figura es el hombre que espera justo en la vereda paralela a mi esquina, él espera que cambié el semáforo, y yo lo veo de lejos, pero no tanto, no quiero mirarlo, pero lo miro, él no me ve hay varias personas esperando para cruzar junto a mí. Él está sólo. Y me parece que su cabello negro es él, su parada con la espalda tan derecha es él, hasta la campera de cuero marrón parece la que yo le regalé, pero al mismo tiempo no me parece porque no quiero verlo. No puedo verlo. Y él solo pensar con encontrarlo después de tantos años, luego de ese quiebre tan apocalíptico, hace que mis pulsaciones se aceleren. Y que cruce confundida entre la gente, y que entré a una cafetería en la esquina de la Avenida Corrientes, y que él entre en la otra, en la que está justo enfrente, y que desde mi mesa miré a través del vidrio, y sólo vea una imagen, que más que a él se parece a un fantasma que se niega a irse para siempre. Y que vuelve, de vez en cuando y sin motivo alguno.







