Estoy bien

Como les dije, en este tiempo de mi letargo en el blog pasaron muchas cosas. A la semana que llegué de España, luego de estar quince días con Nando, a Fran el marido de mi mamá le dio un infarto. Fue horrible, mami lloraba cuando me llamó por teléfono desde la clínica. “Pobre Fran, con lo bueno que es”, pensé mientras me vestía a las apuradas para acompañar a mi vieja. Eran las 3 de la mañana. Cuando llegué a la clínica, él estaba en terapia intensiva, había superado lo peor y, según el médico, estaba mejor, lo que se puede estar mejor luego de un infarto. Claro, que salir vivo ya es mucho. La que estaba hecha un mar de lágrimas era mi vieja. Creo que no soportaría enviudar de nuevo. Dos maridos enterrados son mucho.
Me senté en la recepción de la terapia intensiva, acurrucada en el sillón, tenía mucho sueño. Un sueño irreparable ya a esa altura de la madrugada. Y entonces entró él. Hacía meses que no lo veía. Estaba preocupado. Me dio un beso seco, rápido y le preguntó a mi mamá qué había pasado. Me quedé mirándolo, en silencio. Él no me miraba. Sólo se dirigía a mami. No entendía por qué mi hermanastro todavía me seguía gustando. Después de todo lo que había pasado, de su romance con mi suegra, de su acoso, de su mierda de vida. Así son las cosas, yo no me propongo que él me gusté. Es más, racionalizo todo y trato de que cuando lo vea no se me estruje el corazón, pero no lo puedo evitar. Y esa noche volví a comprobarlo, en medio de esa inseguridad que da la cercanía de la muerte.
Desde la vez que lo insulté en un barcito, no lo había vuelto a ver. Creo que los dos nos esquivamos mutuamente. Pero esa noche estábamos en un pequeña salita, muy cerca. Él de un lado, yo del otro. Mi vieja llorando en el medio. La postal no podía ser peor. Y entre la muerte y la desesperación, mi corazón que latía, casi como el infarto lo estuviera por tener yo.
En un momento mi mamá se fue al baño, y el silencio ocupó el espacio entre los dos. Cerré los ojos y recosté mi cabeza en el silloncito.
-¿Estás bien? – me preguntó, rompiendo ese espacio sin palabras que nos separaba.
-Sí…- le contesté sin abrir los ojos, no me animaba a mirarlo.
No quería hacerlo. Era como un muerto que había vuelto a tomar forma, vida, cuerpo. Un muerto que yo misma había enterrado en una fosa cavada por mis propias desilusiones, y algún que otro prejuicio, y mucha culpa. Y ahora de la nada aparecía en medio de la noche, para preguntarme si estaba bien.
Que le tendría que haber dicho, que tenía el corazón más hecho pelota que el de su padre, que todo lo que había apostado se había ido, que Nando seguía en España, que los tres meses se habían hecho seis, y que seguiría allí, que ya no volvería, que no yo no sabía qué mierda hacer, que no quería dejar todo de nuevo, y que sentía que el amor se diluía como la sal en el océano que nos separaba. Y sobre todo que le tendría que decir, que todavía me causaba esa corriente eléctrica, esa atracción carnal, que aún entre la desesperación de mi madre, mi cansancio, mi tristeza y su preocupación latente, que aún entre el olor del hospital, el silencio de la noche, el ir y venir de las enfermeras con su zapatos blancos de suela de goma, que aún a pesar de todo quería estar con él, como si fuera una droga que volvía a inyectarme en las venas.
-Estoy bien- le dije, y él no me dijo nada. Quizás se quedó pensando en todo lo que él me tendría que haber dicho.