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Quema esos emails

Si sos medio naboleti con la tecnología no te mandés emails con tu amante. Eso le diría a Santiago Bal, como también se lo dije a mi ex, con el que viví en Miami. Porque ambos cometieron el mismo error, eliminar los emails… pero dejarlos en la papelera.
Y aunque parezca cosa de boludos, no lo es. Se los aseguro. Muchos hombres borran a la mitad su infidelidad. A veces me pregunto si en realidad, en el fondo, muy en su inconsciente, quieren ser descubiertos.
Nunca pensé que algo me uniría a Carmen Barbieri, como nunca pensé que cuando iba a ver la papelera, descubriera una relación amorosa de mi novio con otra mujer. Pero en uno de esos programas de chimentos estuvo contando que le había pasado esto mismo.
Mi historia no es tan mediática, pero entra dentro del mismo rubro: la infidelidad. Yo había llegado de viaje de España, me había ido por dos meses porque no tenía Visa para vivir en Estados Unidos y tenía que salir cuando se me vencía la turista. Por eso me fui a España. El primer mes mi tortolito me escribía emails todos los días contándome cuánto me extrañaba y que prácticamente no podía vivir sin mí. Es más, no sólo me enviaba varios emails diarios, sino que me llamaba por teléfono. Yo vivía con mis tíos, y claro las 5 o 6 horas de diferencia hacían que sonara el ring ring cuando todos estábamos durmiendo, bueno todos no. Yo sabía que me iba a llamar y me quedaba leyendo en la cama, bajaba las escaleras corriendo y hablaba con él. El amor viajaba por el aire, cruzaba el Atlántico y se seguía construyendo palabra por palabra vía coaxil, casi todas las noches me iba a dormir pensando en él.
Eso fue el primer mes. El segundo todo cambio. Como si alguien hubiera tomar el guión de mi vida y hubiera convertido una película romántica en alguna de suspenso, porque sus email eran cada día más secos, más escuetos, más intrigantes. Obvio que yo pensaba que en algo andaba. Pero él que nada, que era la separación injusta y cruel que nos tocaba vivir. Mierda y recontramierda. No era la separación era que había conocido una mujer.
A los dos meses regresé a Miami. Yo volvía sumergida en todos los puntos suspensivos que cabían en mi vida. Todo era muy raro. Sentía el fantasma de otra mujer entre los dos. Porque si hay algo que una mina descubre es eso. Después que lo niegue, o no lo quiera ver, es otra cosa. Pero que lo sabe, lo intuye, lo presiente, no me queda duda. Los tipos cambian mucho cuando andan con otra. Se les nota. Por lo menos a la mayoría se les nota.
Un día él se fue a trabajar, yo me quedaba sola toda la tarde. “Pórtese bien”, me dijo. Ese “portese bien”, fue igual que el “no abrás la puerta” de Barba Azul, ni bien cerré la puerta, me fui directo a la compu, el email quedaba siempre abierto, leí sus emails, nada raro. Luego fui a la papelera. Y ¡voila! Beso a beso me enamoré de ti. Bueno me enamoré de otra, debería decir. Tal como le paso a Santiago Bal. La verdad que leer cosas eróticas que una mujer le escribe a tu novio, o al revés, es una sensación de la que no se vuelve, entre asco, decepción, una profunda tristeza. Es como cuando hay un accidente y no querés mirar pero terminás mirando. Es así.
Esos emails marcaron el final de mi relación con él.
Las estadísticas dicen que el 85% de las separaciones por infidelidad están basadas en descubrimientos hechos a través de los SMS, o los emails. Y yo creo que, seguramente, la mitad de esa cifra es porque alguno que otro tiró su mierda a la basura, pero se olvidó de apretar el botón.

El fóbico compulsivo

Esta historia comenzó un día cualquiera, no viene al caso. Fue un día cualquiera de hace un tiempo atrás. Bastante atrás. Ya no lo recuerdo con precisión. Comenzó cuando una amiga me dijo que tenía un amigo para presentarme. Yo estaba justo entre la debacle de mi hermanastro y Nando. En ese momento quería estar con alguien que no fuera ninguno de ellos dos. Mi mente no estaba para elegir. Por eso cuando mi amiga, en su rol de Celestina, me comentó que su amigo era un amor, empecé a evaluar la posibilidad.
-Dale, salí con él. Es buena persona, se divorció hace poco, tiene hijos, es escritor y humorista. Te va a hacer reír mucho.
Creo que ese final augurando risa, fue lo que me incitó a decirle, “bueno, dale”. Todo fue vía Facebook, seguramente el tipo vio mis fotos, como yo vi las de él. Gordito, cara simpática, no era el galán de la tele, pero a esta altura de mi vida, lo que menos busco son galanes.
En ese momento quedamos en salir un domingo. Ya saben que siempre me regalan entradas, soy la que siempre tiene entradas gratis, y entonces le pregunté si quería ir a ver una obra. Todo ok, ya para esta altura estábamos conectados vía email, nunca nos hablamos por teléfono.
Ese domingo, en el que íbamos a vernos por primera vez, me levanté y me fui a desayunar al cafecito de la esquina de mi casa, como casi todos los domingos. Té con leche fría y tostadas en pan blanco con mermelada y queso crema. Un ritual que adoro y me hace feliz. Leí los diarios, y me pase como dos horas allí. Ni se me ocurrió ver mi BlackBerry y leer mis emails. Cuando regresé a casa tampoco, tipo 3 y media recién chequeé mi correo. Y ahí leí un subject muy raro.
“Alerta roja”. No tardé ni dos segundos en descubrir que el peligro venía unido a su nombre. Y no tardé otros dos segundos más en darme cuenta de que la alerta venía porque no podía ir a la cita. Me estaba cancelando y yo con las entradas en la mano.
El argumento: “tengo mucho trabajo y no voy a llegar”. La disculpa: “me gusta dar la cara pasáme tu celular así te llamo”. La verdad, me pareció una excusa un poco boluda, porque perder dos horas de tu vida en un teatro, no creo que haga que te atrases toda la semana. Pero, bueno cada uno sabe sus horarios, sus temas y sus problemas. Así que muy polite le pasé mi celular y le dije que estaba todo ok, no sin pensar, “este tipo ni vio nunca que tenía todos mis números de teléfono en mi firma de email”.
¿Ustedes me llamaron? Él tampoco.
Obvio que le escribí a su amiga, diciéndole quién me había mandado. Su amiga me dijo, "qué boludo". Y todo quedó allí. Pasó un año, o un poco más. Y jamás esperé que me vuelva a hablar, sin embargo, como bien saben, los hombres pueden ser tan impredecibles.
Yo ya me había olvidado de la historia, del tipo, y de la “alerta roja”. Lo pasado pisado, enterrado. Pero fui a una fiesta y lo vi. Fue un segundo pero él también me vio. Me hice la boluda, él supongo que también. Y nada, seguí charlando con la gente con quien estaba. Era un evento multitudinario, así que ese cruce de miradas, sólo duró una milésima de segundos.
A los dos días recibo un email de mi amiga, contándome que había comido con él y le había dicho que quería conectarme de nuevo, que la primera vez estaba mal con el tema de su separación, y que no estaba para darme la bola necesaria, y bla, bla, bla. La verdad leí el email y lo primero que pensé, “me habrá visto comestible”. Pero, no dije nada. La verdad no sabía si darle una segunda oportunidad, pero vieron cómo soy. Por qué no darla pensé. Y se la di, “dale que me escriba”.
Y ahí arrancó la second chance.
Me escribió a la semana al Facebook, obvio yo ya lo había borrado, así que me mandó un privado, pidiéndome disculpas porque ese fin de semana no podía salir, pero que me invitada a comer el otro, que el jueves o viernes me llamaba para arreglar. “Todo ok, llamáme y arreglamos”, le contesté. Y él remató, con el fatídico “te llamo”. Esta vez, lo juro, yo estaba con cero expectativas, porque él ya estaba navegando en esa zona gris, donde intuimos que algo no es lo que tiene que ser. Es más, eso ya lo intuía en el mismo momento que dije: “Ma sí, que me vuelva a hablar”.
Para darle un cierre corto, les cuento que jamás volvió a llamar, escribir, o excusarse. Se borró del mapa. Y yo pensando, quién entiende a los hombres, quién le pidió volver, quién puede aparecer después de casi un año, pedirle a una amiga que interceda, invitar a salir, y luego volver al ostracismo más ridículo. Si lo tuvieran enfrente, le pondría un sello en la frente, que diga “fóbico, compulsivo, archivar”. Y otro a mí, que diga: “el “ma sí”, siempre es el prólogo de un mal final”.

El jeropa online

Tengo una especial aversión por las camaritas Web. Porque más allá de ser lindo o feo, siempre se sale mal. Ese delay , esa figura que se mueve torpemente… No me gusta, ni me va a gustar por más que surjan modelos súper espectaculares. Bueno, tampoco me gusta como salgo en las fotos. Debe ser una extensión de lo mismo. Pero, este post no tiene que ver con las bondades o no de la cámara, sino con lo que genera en algunos hombres, que sin ella serían totalmente diferentes. Es como que la camarita enciende el gen “jeropa”, o para decirlo con propiedad: el gen onanista. A veces prender la cámara, o aceptar el pedido de video llamada de parte de un señor del chat es un camino de ida hacia el reino de Onán. ¡Ay, no soporto a los pajeros del ciberespacio! Me dan la misma sensación de los exhibicionistas que me cruzaba cuando iba caminando a la escuela. Tocándose enérgicamente frente a las chicas, que lo único que podíamos hacer era correr sin mirar. Algo parecido me pasa con los que están acechando cualquier situación en el chat, para practicar su onanismo virtual. Claro, que por suerte esta vez no tengo que correr. Hay una especie de chateador que sólo quiere llegar al momento en que una conversación cambia de rumbo. O él se encarga de cambiarle el rumbo hacia el terreno sexual, hable de lo que se hable. Ya sea del clima, del accidente en que murieron varios, de la subida del precio del atún, o del Tsunami de Japón, él se las rebusca para que la palabra “sexo” aparezca en la conversación. Y si se le da pie, todo termina con su erección, o supuesta erección, que obviamente describe y explica con lujo de detalles. A mí me encanta romperle la trama que va directa a su mente pajera, con preguntas que aniquilan el clima, es decir… hacerme la pelotuda, como que no caigo en esa red de pasadizos secretos, en los que él quiere conducirme. Y seguir como si no me dijera nada de contenido erótico. Ya lo veo venir, y me preparo. No siempre arranca con la pregunta clásica, la que abre el catálago libidinoso: ”¿qué tenés puesto?”. Aunque, por lo general, su dialéctica suele ser bastante primaria. A una pregunta básica tal “ ¿cómo fue tu día?”, la respuesta puede ser: “ bien pero me falta el sexo, bien pero poco sexo, con sexo estaría mejor”. Si le habilitás la cámara, en tres segundos te pide que quiere ver piel, o porque no te sacas esto o lo otro. A una afirmación, como “me gustaría verte desnuda”, la repuesta puede ser, “che, cómo salió Boca hoy”. Pero, no se crean que esto alcanza, él siempre retoma, es un remador incansable dentro del río Sexo. Para él el dicho sería: “todos los caminos conducen al sexo”. Me di cuenta de que cuánto más aburrido, controlado, o atado, o bien todo eso junto, esté un hombre en una relación, si chatea con una mujer - que no sea la suya, claro- se convierte en el pajero más grande del universo. ¿Será que tiene sólo ese espacio para descargar su libido, o será que necesita recargarla para luego cumplir con sus funciones de amante esposo/novio? Respuestas que a esta altura, ni me interesa responder porque cuando un hombre entra por motu propio en la categoría de “pajerto” sale para siempre de mis contactos. Muerte virtual. Y juro que jamás se me ocurre resucitarlos. *

Argentina es su amor

Si alguna pensó que ir a un lugar donde se transmiten los partidos del mundial es una buena idea para levantarse un tipo, olvídenlo.
Es que hace tiempo con las chicas pensábamos en buenos sitios para buscar hombres, más allá de la disco, a la que cada vez vamos menos; o los after office, a los que también cada vez vamos menos; las fiestas privadas por mailing, a las que dejamos de ir, porque al final siempre te encontrás con las mismas personas, que ya no te gustaron en la primera. (Mierda, no estamos saliendo nada.)
Ir a cenar cuatro chicas juntas, pretendiendo encontrar a alguien, es casi lo mismo que pretender que el compañero que te toque en un viaje de avión, sea el hombre de tu vida.
Quizás sea una pretensión un tanto romántica. Pero, la hermana de una amiga encontró a su marido en un vuelo. Claro, que ella era azafata, y creo que esto aporta varios bonus track a la cosa. Las opciones se van acabando.
Mona una vez sugirió que ir al súper un domingo a la tarde puede ser buena idea, pero cuando la puse en práctica, sólo encontré matrimonios con niños, viejitos tomados de la mano, que siempre me arrancan una lágrima, y alguna que otra señora protestando por los precios. Hombres solos, ni uno. Mejor dicho, hombres sólos solos. Sin el anillo que evidencia por lo menos a primera vista su condición marital. Quizás el error radique en el día, y no en el sitio.
Y por último nos quedaba, ir a un bar a ver el partido de Argentina. Mala elección. Pues, si hay algo que un hombre argentino ama casi tanto como a su vieja (ya lo dije), es a su equipo de fútbol y luego a la selección. El conjunto de once jugadores que mágicamente quiebra la división entre hinchas. Con ella uno de River, uno de Boca, Racing o Independiente se igualan. Y si hace un gol el seleccionado, un cuervo puede abrazarse a un bostero, sin ningún prejuicio. Allí todos tiran por la blanquiceleste.
Y nadie miraría a la mejor mina, aún en bolas, aún con escote con dos pelotas número 5, porque la única pelota que les importa es la que está rodando en la cancha, y la única mina que les importa es la que se llama Argentina.
Hasta si es tu novio, le podés decir "mi amor te engañe con el mecánico de tu auto, ese morocho súper musculoso", que él seguro te dirá shhhhh.... y seguirá hipnotizado viendo el juego.
Quizás se pueda llegar a pensar, bueno... el partido dura dos tiempos de 45 minutos, y después todos esos hombres repletos de testosterona, en un cóctel mortal con la adrenalina que le dio el gol del contrario, cuando termine la contienda nos van a dar bola.
Tampoco. Porque después viene el debate, la crítica, el comentario de los goles, las puteadas por los cambios, o por las jugadas, o simplemente quedarse viendo embobados a los comentaristas (masculinos) que más que nunca pululan por la tele.
Habrá que esperar a que esta fiebre pase, a que se calmen, y a rogar que la Argentina salga campeón, para que no se les baje la moral.
No
se
les
b
a
j
e.

Nota: ya lo sé Armando Esteban este post fue publicado en 2006, pero les juró que es tan actual como en ese año, ¿ o no chicas? Prometo nuevitos en breve, y qué siga ganando Argentina.

Talar el bosque

Hoy haciendo zapping me topé con una entrevista a Cristian Sancho, el nuevo ícono gay de la tira Botineras, le estaban preguntando si se depilaba. A lo que el hombre con estómago de tabla de lavar respondió que no. Para reafirmar lo que decía, se levantó el jean, bajó la media y mostró pelitos en su pierna. Como si no bastara, además aclaró que su pelvis lucía natural.
La verdad, no le creí. O la naturaleza lo dotó de poco pelo, algo que su cabellera desmiente totalmente; o, el reciente padre hincha de Newell's, no quiso aumentar su estigma gay, ya bastante con personificar a Manuel, el jugador de fútbol que se enamora de un compañero, y claro no sólo se enamora, sino que se besa y mucho más. El caso es que en todas las producciones que hace Cristian, pela pecho sin un mínimo vello, dichoso de él dirán cientos de mujeres que recurren a la depilación para extirparlos de su cuerpo y de su vida.
Si tengo que hacer un raconto de la pilosidad de los hombres que pasaron por mi vida, debo reconocer, o recordar, que tuve varios exponentes. Mi primera pareja era un oso, un mono, o lo que quieran pensar, mucho pelo, mucho, en cabeza, en cara también porque usaba barba, y en pecho, ni hablar. Tal era su pelambre que en invierno andaba sólo con una camisita, el polar lo traía de fábrica. Con él estuve mucho tiempo, y no me acuerdo que el pelo me inhibiera, o me molestara en la intimidad. Pero, con el correr de los años, después de haberme separado, quizás por el mismo hecho de no estar con nadie que se pareciera a él, terminé por buscar hombres más lampiños.
Mi segunda pareja, lo era. Y además se recortaba (no afeitaba) la zona pelviana, algo que yo agradecía de forma muy oral. Lo gracioso ocurrió con mi tercera pareja. Nosotros curtimos una noche, muy touch and go y al otro día, él se volvió a Miami, donde vivía. Nuestro romance siguió vía email durante casi un año, hasta que yo me decidí a irme a vivir con él. En ese tiempo hablábamos diariamente por teléfono, hasta teníamos sexo telefónico, y en una de esas largas charlas surgió el tema del vello pelviano, ¿tala o bosque natural?
Yo resumí las virtudes de bosque talado, al principio él no se convenció con mis argumentos, pero fui lo suficiente consistente e insistente y logré convencerlo. Él no se había cortado nunca el vello púbico desde que nació. Lo juró, y re juró. Tenía todo el amazonas como marco de su pene. Por suerte, esa noche de sexo loco, yo estaba un poco alcoholizada y no note ese pequeño, o gran, detalle. Lo único que quería era coger, el bosque era algo de segunda importancia. El deseo a veces borra toda preferencia estética.
Al otro día de mi convincente charla, me llamó muy eufórico para contarme que se había cortado, y afeitado, su bosque natural. “Chévere, no me quedó un pendejo, y sabés qué, ahora me veo mi pito más grande”, me dijo. Esa ventaja no se la había dicho, pero luego la usé en otros casos que no vienen a cuenta ahora.

*

El que apunta alto

Por qué algunos hombres intentan salir con mujeres que jamás, de lo jamases, repito: jamás de los jamases, o sea “nunca” le darían bola. Son una especie que conjuga el espíritu de un Casanova con el de un verdadero kamikaze. Se creen capaces de destruir mitos a pulmón, por supuesto con la ausencia total de abultada billetera, con una estrategia que causaría risas aún en el más avezado conquistador.
Nosotras las mujeres, y brujas, sí, porque en eso nos calza a la perfección el maligno adjetivo, lo miramos actuar y esperamos que un día se dé cuenta de su despropósito pero no, él sigue, y sigue, no afloja en su accionar.
Así, son los tipos que apuntan muy alto, cuya personalidad podría cuadrarse dentro de la categoría loser. Y no sólo por perdedores, hay más de un rasgo que los define: aburridos, sin gracia, sin ninguna pimienta, menos conversación interesante. Son tipos que están solos, irremediablemente solos. También en la categoría de El que apunta muy alto están los del tipo freak, raros, y nada encendidos, los que los mirás y te preguntás qué le pasa, los que jamás podrás descifrar porque su mente es un misterio para lo que lo rodean, son los que reúnen el comentario general de “éste viene y un día nos mata a todos”.
Lo que marca la especie de Los que apuntan alto -tanto sean loser, freaks o la combinación de ambos- es que siempre aspiran a ganarse a la mejor chica de su trabajo o aledaños, a la recepcionista por la que mueren todos, al minón infernal de promotora, que lo mira como si ella midiera 1.90 y el fuera enano. Aunque sea todo lo contrario.
Pero él sigue con esa actitud desafiante, desafiante para dentro, tampoco eso de andar llevándose el mundo por delante, intentando por todos los medios de conseguir algo, una sonrisa un día, un gesto amable otro, lo que jamás conseguirá es que la chica en cuestión salga con él ni siquiera a tomar agua del dispenser del pasillo de la recepción.
A veces me dan pena estos caballeros de la conquista con todo para perder, pero que avanzan igual, pero otras veces pienso, no será que tienen la autoestima súper elevada, que se creen capaces de lograrlo, que no evalúan que esas chicas sólo salen con otro tipo de hombre. Otros tipos de hombres. Otros.
Conocí uno que le llevaba alfajores integrales a la recepcionista, iba un día, el siguiente, así toda la semana, a veces los alternaba con caramelos de menta de esos transparentes. Mientras al bombón que atendía los teléfonos la surtía, no exactamente de golosinas, el jefe del primer piso. Y él como si nada, seguía en la suya, porque conseguir a la chica "sólo era cuestión de tiempo". Un tiempo en el que no existe para nada la realidad, sino los sueños. Por eso este post se lo dedico a él, que sigue comprando alfajorcitos para dejar en algún escritorio de alguna recepción de esta ciudad.

Pic: Chococat

El indescifrable

Hay momentos en que pagaría, sí, pagaría, por meterme en la cabeza de algunos tipos. Algo así como en la película ¿Quieres ser John Malkovich? Estar ahí para poder entender fehacientemente su modus operandi.
Hay tipos que son claros, transparentes, hasta son fáciles de predecir. Está el hijo de puta, que acto tras acto marca este apelativo en los labios de la mujer. La caga, la maltrata, la descalifica, pero siempre mantiene esa línea de hijoputez. Nunca salta a la vereda de los buenos, nunca pisa el palito para que se diga algo de él que no implique una puteada. Él es así. Y nada de lo haga hará cambiar, para mejor, el adjetivo. Es un homo hijoputus.
En la otra vereda, está el bueno, bondadoso, el siempre presente, el que jamás olvida nada, y que anticipa incluso los deseos. En este caso, y debo reconocer con cierta pena, que las mujeres solemos hacer sufrir al homo bondadosus. No sé porque, pero es así, a los tipos demasiados buenos les cuesta conseguir una mujer que no sea demasiado mala. O simplemente, les cuesta conseguir una mujer.
Pero hay otros tipos que son indescifrables, no sabés quiénes son, qué quieren, cómo van a actuar. Es el que no se sabe si está o no, si le gustas o no, que no se sabe cuándo va a aparecer o desaparecer. Esa clase de tipo sería de la especie el homo no sé-no contestus.
Hace poco me tope con uno. Luego de pasar meses sin salir con nadie, debatiéndome entre dos posibles irrealidades, me di una tregua y acepté salir con alguien. Salimos dos veces, en la segunda cogimos. Eyaculador precoz y pito flojo. Demasiado para una noche.
Pero, la primera vez siempre es una puerta abierta a la segunda. Porque en ese primer contacto de dos cuerpos desconocidos en total desnudez, pueden pasar muchas cosas, y también pueden no pasar otras.
Por eso, la primera vez es casi como un examen con derecho a recuperatorio. Aunque esa noche, debo confesar, que después de meses de sequía sexual, me di cuenta de por qué estaban pegados los ceniceros de los telos en las mesas de luz. No tiene nada que ver con el deseo irrefrenable de muchos de llevarse souvenir de los lugares. No, es sólo para que una mujer (desesperada) no se lo rompa en la cabeza al tipo que le prometió llevarlas a las alturas máximas del placer y la dejo en la más completa profundidad del acabado rápido.
Es entonces que la ausencia de llamado, de él, hizo que pensara que tal vez se abochornó, que le dio vergüenza, que no quería volverme a ver. Pero la mente de una mujer no se detiene sólo en estas cuestiones, va mucho más allá, será que no le gusté, o no se habrá calentado conmigo, le habrá molestado cuando saqué el tema del Viagra, habré herido susceptibilidades, y etcétera, etcétera. Y se recuerda, una y otra vez, las promesas de encuentros futuros, y retumba, como un disparo al ego, el clásico, y temido, “te llamo”, que por supuesto jamás llega.
Ya con toda experiencia en el homo borratus, inmediatamente se archiva la espera de llamado, se archivan las posibilidades, se archiva el recuperatorio sexual, y se archiva el caso, como No sé- no contesta.
Y cuando se tiene todo acomodado, bien ahí en el fondo de la mente, y ni siquiera en las 24 horas se le recuerda. Entonces ahí aparece, sí, como de la nada, con un llamadito, un hola en el Chat, un email, algo que dice que sigue vivito y coleando, que se acuerda de vos, y que, aparentemente, no ingresó al archivo del olvido tus datos.
Y vuelve con nuevas promesas, con nuevos te llamo en cinco, te llamo el lunes, te llamo cuando termine, te llamo mañana. No aparece para retomar, sino para prometer cosas jamás cumplirá, porque un nuevo te llamo, será ocasión de un nuevo break. Y quizás pasen meses hasta que vuelva a empezar lo que jamás terminó. Y así indescifrablemente.

El baboso

Para el baboso la vida pasa a través de tetas–culo, culo-tetas. Siempre en su conversación estarán presentes estas palabras, además de los remates consabidos, está p’darle, o cómo me la comería, o frases similares acompañadas de mirada lasciva y gestos más que burdos, puede también terminarlas con una risa estentórea, o interjecciones del tipo, aggg, uggg, etcétera. En muchos casos todas estas reacciones vienen con un bonus track de gala de potencia masculina, que siempre está por verse. (El que mucho habla poco aprieta.)
Ante una presencia femenina, ya sea de paso o instalada en un lugar, el baboso siempre hace un comentario sobre los atributos de determinada señorita, pero nunca habla de unos hermosos ojos, sonrisa perfecta, simpatía absoluta, gusto exquisito para vestir, conversación divertida, personalidad avasallante, o tobillos delgados. No, nada de eso.
Su discurso siempre, siempre, está dirigido a las partes que exceden la línea de la columna vertebral. Y no hablo de jorobas o narices. No, hablo de esas prominencias con que la naturaleza dotó a la mujer, que a veces con la ayuda del hombre (que ha pasado por la Facultad de Medicina) pudo agrandar, o bien perfeccionar, y/o, en caso de falta, adosar. Hablo de pechos y glúteos, de tetas y culos. La boca femenina también es una parte que tiene mucho impacto en un baboso, y por lo general se la asocia a las labores en el sexo oral, con conclusiones del tipo, esa trucha está hecha para chupar, o, qué boca de petera.
Hay dos clases de babosos: el baboso democrático, al que le viene todo bien, y puede babosear a doña Juana que va con su bolsa de almacén y ojotas; o el selectivo, aquel que sólo babosea a cuerpos perfectos, o mujeres hermosas, que jamás de los jamases le darían bola. Porque, por lo general, y lo más gracioso, es que el baboso selectivo no es Brad Pitt, ni siquiera Pitt, y menos Brad, no es un dechado de majestuosidad varonil, no tiene un cuerpo perfecto, ni músculos trabajados, ni nada de esa perfección que busca en una mujer. Y tampoco tiene una billetera abultada (de billetes, no de papelitos), arma mortal para matar galanes.
Ambas clases a su vez puede dividirse en: el baboso verbal, o el gestual o mudito, en este último caso, no emitirá palabra pero su mirada hablará por él.
Otra particularidad del baboso selectivo es que es un experto no sólo en babosear, sino también en criticar el cuerpo femenino. Todo cae bajo su lupa pegajosa. Si una actriz de estas que nacieron como la germinación del poroto en vaso, una vedette, gato, o putita cara, como quieran llamarla, de esas que pululan en revistas donde la tapa es un culo a dos aguas, o dos tetas en do mayor, engordó unos 500 gramos, el baboso remarcará este hecho diciendo, mirá que chancha está la fulana, o nena dejá los dulces. Y una piensa, cómo te morirías si esta chancha te diera bola.
Pero, no sólo hace esto con las chicas de tapa. Otro hecho trascendental en la vida de un baboso es cuando llega una minita nueva al trabajo. Porque toda mina que camina (y más si es nueva) cae bajo su análisis babosístico. Y si la chica es linda, o fea, pero bien dotada, y no de inteligencia, será interminable su accionar pringoso alrededor de ella.
También se formará un séquito de babosos, porque es raro que esta especie ande sola, sobre todo en el ámbito laboral, por lo general se rodean de uno, o dos más, de la misma calaña.
No es excluyente de esta categoría que sean solteros. El baboso puede participar de todas las categorías de estado civil. Pero, un baboso jamás hará gala de este comportamiento enfrente de su mujer, automáticamente pasa a la categoría, de “yo estoy castrado para otras”. Esto en el plano verbal, ya que si una lo mira detenidamente, puede leer en sus ojos vidriosos lo que no puede verbalizar, porque la procesión va por dentro y la baba le cae como un hilo invisible de su labios.

Pic: Professional Recreationalist

El huesito

A todos los huesitos del mundo


Lo bueno de trabajar en Palermo Hollywood es que se pueden organizar cenas after office donde nadie diga que no va porque queda lejos. Últimamente estamos yendo bastante a un Romario que queda en esa zona cinéfila porteña. Nos encanta tomar unas cervezas y comer pizzas, ahora que las noches invitan a sentarse al aire libre, todavía tibio de la primavera. Mona a la que, desde que trabaja en el otro Palermo, el Soho, no la vemos tan seguido se acopló al grupo. Anda mal con su nueva conquista. Por eso decidimos hacer una previa de chicas, con Viole también, y otras dos compañeras.
El tema: el nuevo amorcete de Mona. Caos total. Una relación que prometía y que de pronto entró en las tinieblas de la incertidumbre. Mona detallaba los últimos encuentros y nosotras, cada una por separado daba su diagnóstico: se muere, puede sobrevivir, ponélo en terapia intensiva o desconectalo y que se pudra. Algunas con una visión más positiva le decían deja fluir, no te pongas ansiosa. Algo casi imposible para ella.
Entre empanadas, pizzas, botellas de cervezas y alguna que otra aburrida agua mineral sin gas, transcurría esta especie de aquelarre onda ER. Pero, todo cambió cuando llegó él, mi compañero. Del que tengo prohibidísimo decir siquiera su sobrenombre, que viene tan anillo al dedo con el tema, pero que, por razones de seguridad personal, me indicó no escribir. Lo voy a llamar Puppy.
Él realmente dio cátedra sobre un tema: el huesito. En su afán de aclarar que Mona no pasaba por esas circunstancias nos introdujo por completo en ese mundo dominado por el varón.
El sólo escuchar de su boca, “ahora estoy de novio, pero antes tenía varios huesitos por ahí”, arrancó carcajadas al principio y terminó constituyendo un ensayo oral sobre la típica relación que tienen sin ningún compromiso y con mucha carga sexual algunos varones con algunas mujeres. Yo misma propuse el título del libro que habría que publicar: La realidad del huesito en la Argentina de hoy.
Cabe aclarar que, según él, un huesito vendría a ser, para un hombre, lo que un chongo para una mujer. Aunque la palabra chongo suene tan fea, y la palabra huesito suene hasta tierna, más como la pronunciaba Puppy, con cariño y un dejo de nostalgia para con sus ex huesitos.
-A un huesito no le decís que es un huesito- fueron las palabras que definieron completamente el target otorgado por muchos hombres a lo que vendría a ser una relación que no da más que para lamer.
Nada de novios, o algo con proyección a futuro. El huesito no tiene exclusividad y mucho menos puede hacer planteos o pedir mayor compromiso. Y si el huesito algún día hace un cuestionamiento de la situación se le aclara muy bien que nunca se prometió algo más.
-Si me lo habrán dicho…-dijo con cara compungida otra de mis compañeras. Que hace unos minutos había descubierto que ella había sido un huesito también. Estaba anodada.
Otra si ningún pudor dijo muy orgullosa: “yo fui un huesito”. Es que tampoco hay que hablar peyorativamente del huesito. Porque aunque nadie diga que lo es, en la mayoría de los casos se sabe y si no se sabe se sospecha, y si no se sospecha, se intuye, y si no se intuye se deduce, y si no se deduce, además de huesito es boluda. Claro, que (en la mayoría de los casos) una empieza siendo un huesito con ilusión de terminar siendo un costillar completo.
En medio de esta charla trascendental para crear un paradigma del huesito surgió la pregunta:¿cuando se sale con un huesito siempre hay que tener sexo?
El otro hombre de la reunión, saltó: la relación con un huesito es sexo puro. Pero le rebatió por completo una chica que dijo, yo a veces iba a ver películas nada más. Igual el consenso fue para sexo a morir.
El promedio de salida con un huesito es de una vez por semana, a lo sumo dos, el domingo es un día ideal. El verbo extrañar no entra en el diccionario huesístico, y menos: tenemos que hablar, qué te está pasando, te quiero y ni hablar de “te amo”.
Pero, qué pasa cuándo un huesito quiere pasar a ser un cacho de carne.
-Le apagás el celular y chau huesito. No hay un dejarse progresivo. El huesito necesita un corte abrupto – dijo con conocimiento de causa el coleccionista de huesos.
-¿Y cómo te das cuenta cuando un huesito deja de ser huesito y se convierte en algo más importante?-le preguntamos en coro las chiquis.
Él sonrió, casi diría que suspiró y sentenció:
-El corazón te lo dice.
Ya nada quedaba por preguntar. Aún para un experto en huesitos el corazón sigue guiando los sentimientos. Sonreí y me vino la imagen de algún huesito lejano mío. Me niego a decir chongo, como dice Puppy, es que suena tan feo.

El remisero

Un remise me pasa a buscar todas las mañanas y otro me trae a la noche. En todas estas semanas que estuve viajando en remise, pude hacer un relevamiento de los tipos de hombres que pululan en esta profesión. Obvio, que es una visión totalmente personal, pero no menos veraz.
Está el señor mayor vencido al que le faltan pocos años para jubilarse, este es un tipo tranquilo, y tiene una actitud hasta casi paternalista, te habla siempre de su familia, de sus nietos. Nunca una doble intención, los temas de la charla giran sobre la comida y el colesterol. No sé por qué siempre manejan muy mal; miro por la ventanilla como todos lo putean mientras él no sé da cuenta de los quilombos que hace y sigue manejando como si nada. Supongo que él no se da cuenta...
Está el pibe joven estudiante de unos dieciocho, suele vivir muy lejos de donde trabaja, por ejemplo, Florencio Varela o Escobar, y te dice que no trabaja cerca de su casa porque "afanan" mucho y además las remiserías no pagan nada. Y quizás por vivir lejos ni tiene idea dónde quedan las calles de la ciudad, y te dice: me indicás cómo llegar. No suele haber tanta charla, y si la hay es totalmente intrascendental, del tiempo, las calles, el tránsito, o cualquier boludez del momento. O simplemente va con la radio prendida, y no se habla de nada.
Y está el langa, el remisero ganador, por lo general tiene algo de pinta -aunque no es excluyente de esta categoría-, es un agrandado, todo el tiempo quiere demostrar que él es alguien muy superior para este trabajo, además -y por supuesto- es el más solicitado de la agencia, nunca lo pasan por encima, siempre tuvo un trabajo mejor al que renunció porque le rompían las pelotas, estos trabajos no bajan de la gerencia de algún lado. Dice conocer de vinos, perfumes, etcétera. Viajó por todo el mundo, y si hace deportes son de riesgo, por ejemplo, tirarse en paracaidas, y si hablamos de tirarse, por lo general "te tira los galgos".
Últimamente me viene a buscar el mismo chofer, que entraría a la perfección en este tercer grupo. Esta continuidad, no de los parques, sino del remisero, está creando una situación un tanto particular que llena las arcas de mi investigación del mundo del remise. Me quiere levantar, obvio con su modus operandi, pero lo gracioso es la forma en que actúa, y que casualmente es muy similar a la de los taxistas.
Y es ahí cuando me pregunto, si de acuerdo al trabajo del hombre existe una forma de levante particular, o si la forma de levantarse a una mina tiene que ver con la propia personalidad.
¿Hasta qué punto influye la profesión del individuo?
Día a día el remisero me va tirando información de su persona, pero no directamente. Siempre la información viene como complemento de otro dato, por ejemplo. “Me quejé porque estoy laburando un montón, y yo le dije: mirá está bien que esté solo y no tenga familia, pero yo tengo vida, sabés…”. Siempre deja en claro que él está solo y siempre incluye esa frase dentro de otra.
Este remisero es más joven que yo, es más según mi visión yo vendría a ser una tipa grande para él. La última vez que vino me dijo algo de su madre.
-¿Cuántos años tiene tu mamá?
-Cuarenta y cinco- me contestó y tras un breve silenció agregó: la misma edad de mi última novia.
-¿En serio? - le dije casi como un "no jodás".
-Sí, a mi me gustan las mujeres grandes, vishtes- me dijo dándose vuelta y mirándome con ojos entrecerrados- Las pendejas no me las banco.
-Qué casualidad a mi también me gustan los hombres grandes, visssste. Mi último novio tenía 60 años. Yo tampoco me banco los pendejos, en eso nos parecemos.
Se dio vuelta, no dijo nada, siguió manejando y luego sentenció.
-Hoy va a salir el sol.
Debería haberle dicho el texto que dice Gwendolin, en La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde: “Le ruego que no me hable del tiempo... Cuando la gente me habla del tiempo estoy totalmente segura de que quieren decir otra cosa...”.
Pero sólo le dije: Sí, va a salir el sol.
La verdad, no sé con quién estoy más segura con este lanza galgos insoportable o con el viejo con el cual puedo estrolarme en alguna esquina de Buenos Aires.

El publicista sexual

-No me digás más lo bueno que sos en la cama. No te lo creo- pensaba mientras el tipo iba haciendo una lista de sus hazañas sexuales, de su cachondez, de su súper virilidad, de su… ¡Basta! Estoy harta de los hombres que necesitan continuamente hacerse campañas publicitarias acerca de sus atributos -grandes atributos, por supuesto- sexuales.
Los tipos que se jactan de ser los mejores amantes son lo peores. O, son los que nos llevan a las grandes desilusiones de las ilusiones engendradas por ellos y alimentadas a teta por nuestra libido. Lo aseguro.
Porque, que los jabones en polvo (vaya la coincidencia), anuncien que sacan todas las manchas y yo no logré que esto suceda dentro de mi lavarropas, vaya y pase. Una ya sabe que es mentira. Pero, al publicista sexual no me lo banco.
Cuando alguien me empieza a desglosar la cantidad de mujeres con las que estuvo, y cómo hizo gozar a todas ellas, y la cantidad de cogidas que se pegó en su vida, y que estar con él te dejará muda, y que él será el amante que te hará olvidar a todos los anteriores. Él, él, él...¡Oh, shit, sé que estoy con un total y predecible impotente, o por lo menos que nada de lo que se ufana se hará realidad!
Los tipos que son buenos amantes no necesitan decir una sola palabrita al respecto, los más silenciosos son los que te matan a la hora de tener sexo. Los que no se vanaglorian de nada ni empiezan con más propaganda que un político una semana antes de las elecciones, son los que se llevan los laureles, con copa de oro llena de champagne y todo. Y vítores en su honor. A su vez, los que pregonan ser los más liberales del mundo, luego empiezan con planteamientos que no podés creer. Y vos te preguntás: ¿si yo sólo quería coger?, no quería escribir la Constitución del Sexo, de qué me habla.
Basta de hacernos propuestas que sólo quedan escritas en un vidrio empañado, y que son fraguadas en el más puro sentimiento de inferioridad. Me cansaron, empiecen a hablar menos, a prometer menos y a demostrar con actos esa perfomance de macho superior, menos procacidad en las palabras y más en la acción, por favor.
Si hay un sitio donde esto se da con mucha asiduidad, donde prima la publicidad sexual engañosa, o fraudulenta, como quieran llamarla, es en los encuentros por Chat. Este medio virtual, pero no virtuoso, es el lugar perfecto. La tierra prometida, donde todo crece fabulosamente, o debería decir: donde todo se torna fabulesco. Quizás porque el anonimato permite jugar con las fantasías, o porque lo que no se toca se vuelve totalmente abstracto, o porque lo que se dice se borra como se borran los mensajes en la pantalla. O, porque está lleno de pajeros.
Desde hace unos meses una amiga está chateando con un italiano, ahora parece que el tipo le confirmó que viene en septiembre. Y todo se vuelve muy hot en ese canal. En el Chat suele darse algo que funciona como una proporción inversa, a medida que el tiempo se achica para que el encuentro de dos personas se haga real, la pasión y las promesas se agrandan, la cachondez se acentúa, y las palabras cobran una dimensión mucho más erótica.
Ayer hablé con mi amiga, y ya se imagina un romance espectacular. Vuela y vuela. Le dije stop: no te hagas ilusiones, esperá que llegue y luego verás. Porque de palabras está lleno el mundo (y el Chat), y a veces las verdades aparecen sólo dejando de hablar. Y las cosas realmente se dan en el encuentro personal, porque chicas también, y aunque duela reconocerlo, puede ser que cuando nos vean, se digan... para qué mierda me hice tanta publicidad. Es otra posibilidad. Pero, al fin y al cabo, nadie se la pidió.

Cuestión de tiempo

La eyaculación precoz es un acto sorpresa. El desconcierto espeso y mojado de que algo sucedió antes de tiempo. El fin de fiesta antes de cortar la torta, la piñata que explota como por arte de magia en medio del cumpleaños sin nadie que espere las golosinas debajo, el corcho que se eyecta solo de la botella de champaña antes del brindis. No es fácil asumir este proceso de aceleración. No es fácil limpiar este desconcierto. No es fácil apoderarse de la idea de que todo acabó, literalmente hablando, antes de que empezara.
No es fácil.
De todos los hombres con los que salí sólo uno fue eyaculador precoz. Me lo había presentado una amiga, una presentación engañosa pues luego de conocerlo y cuando me había caído lo suficientemente bien como para besarnos apasionadamente en el auto me confesó que era casado. Ella lo sabía pero me lo había ocultado. Su matrimonio, como siempre "mal avenido", no fue impedimento para que un día nos encontremos desnudos en mi cama.
Fue el segundo hombre casado que recaló entre mis sábanas. Y el primero que las manchó sin ninguna intención malsana. Fuerzas incontroladas de la naturaleza humana. Bien decía Samantha Jones, “deshazte de un eyaculador precoz antes de que te manche todas tus sábanas”. Yo fui precavida y siempre puse la misma cuando venía (lavada off course), por lo menos me arruinó sólo un juego.
De todas formas el señor fue mejorando con el tiempo, y casi cuando a los dos meses terminamos la relación, ya manejaba a la perfección los tiempos de su eyaculación. Seguramente había dejado de lado la ansiedad, el sentimiento de culpa, el miedo a no ser un buen amante, el control y sobre todo a su mujer. Reconozco que le tuve paciencia, y jamás lo critique, porque sentía que ya llevaba bastante carga sobre sí mismo, y le dedique muchas sesiones de sexo oral interrumpido. Dicen que estos ejercicios son buenos, llevar el placer hasta casi... y cortar, y empezar de nuevo, y cortar. Al final soy una samaritana del amor.
Los estudios científicos aseguran que un 40% de los hombres sufren de esta disfunción. En mi lista hubo uno sólo, que no representa para nada ese porcentaje. Pero, sí de lo que tuve mucho que soportar fue del "eyaculador precoz verbal".
Esa raza de hombre que larga cualquier cosa por la boca, que escupe antes de tiempo y de forma impredecible cualquier barbaridad. Y que no tiene sólo que ver con groserías, sino con cosas fuera de lugar, de tiempo, o de circunstancias. Los tipos te pueden eyacular proposiciones que jamás cumplirán sin ningún preámbulo. Te invitan a lugares que nunca te llevarán, o piden números que no marcarán...
A veces sus palabras eyaculadas precozmente sorprenden, desconciertan, provocan estupor y más que nada arruinan el momento. Es esa incontinencia verbal que no se puede meter dentro del lavarropas con algún oxipower que quite la mancha.
Hace un tiempito una amiga escuchó una frase muy infeliz una noche de domingo, en una milonga porteña, donde se cruzó con un tipo joven que entre otras cosas le dijo algo así como: “yo sé cuando una mujer se moja”. No era ginecourólogo. Y no hablaba para nada de la famosa incontinencia urinaria femenina. Ella, que es una mujer inteligente, seductora y nada pacata, quedó desconcertada.
Es que una frase lanzada antes del tiempo necesario para generar la confianza en que ciertas palabras no hieren la sensibilidad femenina, sino que generan una pasión desbordada, puede tener el mismo efecto deserotizante que una eyaculación precoz. Nada mejor que tomarse el tiempo necesario para todo.

El que nunca tuvo posibilidad

Es triste. Porque una no quiere hacerlo. No es algo que se hace a propósito, ni por ser asquerosa, ni por orgullo, ni mala leche. Una no puede y punto. No le gusta, no le atrae, no le convence, no lo digiere, no lo soporta, lo detesta… en los casos más patológicos.
He tenido alguno que otro, por suerte muy pocos. Y siempre no he sabido como sacármelo de encima. Sé de casos que llevan años tratando de que la señorita le dé alguna posibilidad en su vida. Nunca lo lograron y, lo que es peor, nunca lo lograrán.
Son los hombres que jamás llegarán a conseguir lo que quieren: a ella.
Los que nunca tuvieron la más mínima posibilidad de anotar un gol en el casillero. Y los que estarán sentados en el banco, pero no de suplente, en el banco de la tribuna, en la popular, apretujado entre hinchas furiosos, sentado eternamente mientras las damas juegan campeonato tras campeonato. Algunas con el equipo completo. Y él sigue esperando.
Son los chicos que por más que intenten nunca saldrán de la categoría -si tienen suerte- de amigos, un amigo encubierto, y si no de compañeros de algo, o simplemente conocidos.
Son las bandadas de hombres que andan por la vida soñando que la damisela un día se dé cuenta de que es el hombre ideal para ella. Cosa que jamás ocurrirá.
Y para esto el que nunca tuvo posibilidad no ceja en su lucha, como un espadachín del amor, emprende día a día, año a año, década a década -algunos se sostienen por años- una nueva estrategia.
Si falló la idea de comprar bombones en el kiosco y llevárselos cuando van juntos a un recital, porque ella le dijo: ¿no sabés que estoy haciendo dieta? Entonces, enseguida recurre a otro plan.
Cómo puedo ser tan idiota, se pregunta él, luego de comerse el décimo bombón que la chica rechazó. ¿Cómo no pudo darse cuenta de ese detalle? Es cuando se le ocurre que lo mejor es grabarle un Cd con todos los temas que a ella le gustan.
A ella le encantó el cd, y se lo agradeció, pero hasta ahí, no sea cosa que se confunda, e interprete como un avance su agradecimiento. El gesto, divaine; pero... él le sigue sin gustar.
Y las 203 canciones que bajó noche tras noche en mp3 con el Emule, no sirvieron de nada. Pero, él no ceja, y sigue pensando que con algo la va a convencer. Después de todo, ella sonrió cuando se lo dio, y esa es una buena señal. El más mínimo detalle, que para otro pasa desapercibido, para este tipo de hombre es indicio de un incipiente amor por parte de ella.
Violeta tiene uno que entra en la categoría del que nunca tuvo posibilidad. Se llama Tobías, le dicen Toby, más nombre de perro no puede tener. Es un compañero del secundario. No es feo, porque es el primer punto que hay que aclarar, la belleza exterior no tiene nada que ver con esto. Lo que sí es feo es tener que decirle a alguien: no me gustas, no quiero salir con vos, no hagas más cosas para convencerme, es que no te das cuenta, qué necesitás que te mande una carta documento.
Ya el secundario es historia antigua, pero él todavía la sigue llamando para las fiestas de fin de año. Hace poco le mandó al celular un mensaje con el nuevo número de teléfono, cuando ella nunca lo llamó al anterior y además lo borró del Messenger. Pero, él sigue insistiendo.
En eso hay que felicitar a estos hombres, son los seres más constantes del planeta, nada les hace cambiar la perspectiva, y siguen, y siguen, y siguen. Son un ejemplo de la perseverancia que no lleva a ningún lado.

Así se bate el chocolate

Hay ciertas actitudes de los hombres que me resultan incomprensibles. Intento encontrarle una explicación lógica, y no la hallo. Hace unos días una amiga me decía que teníamos que escribir el "Diccionario de dudas macholatino". Y en eso estamos.
Hablo del macho latino porque es el que más dudas me genera, si viviera en Estados Unidos sería del machosajón, o en china, del machoriental. Pero vivo en Latinoamérica.
Realmente a veces hacen cosas, y tienen actitudes que una se pregunta: ¿qué le pasa por la cabeza a este espécimen de la raza hombre?
Ellos hablan de que no nos entienden, pero nosotras tampoco a ellos. Y así andamos.
Algunos ya saben que cuando estuve de viaje en México, me encontré con un caballero mexicano, que coqueteó asquerosamente conmigo, no asquerosamente, debería decir histéricamente, porque cuando le abrí la puerta para ir a jugar, dio marcha atrás, y puso mil excusas, para no jugar conmigo. Por si alguno, se quedó afuera de esta historia cuando le dije: ok, te invito a mi cuarto, él dijo: ejem… ahora no puedo.
Muchos hablan, y hablan, pero a la hora de los bifes: nada por aquí, nada por allá, desaparecen como los mejores ilusionistas.
Pero..., no desaparecen para siempre, cosa que resultaría más lógica, sino que pueden realizar alguna acción que es la que a nosotras nos incita a escribir el diccionario de dudas sobre esa raza que no sé si algún día terminaré de conocer.
Cuando me despedí del mexican boy, él prometió escribirme emails. Promesa que yo no pedí, y que menos me interesó llevarme junto con mi equipaje. De hecho me había dado su correo electrónico pero jamás le escribí.
Como bien puede ser una tira cómica, lo voy a contar en capítulos:

Capítulo 1

Luego de 2 meses de total silencio. Recibo un email suyo, sorpresa total de mi parte al ver su nombre en mi casilla. Me decía textual:

Hola soy XX, ¿ya te olvidaste de mí? Quería desearte felices fiestas y que en el 2007 se cumplan todos tus deseos. Un saludo.

Capítulo 2

Mmmmm, un email muy formal. ¿Le contesto lo que siento?

Hola cúanto tiempo, no me olvidé de vos pedazo de pelotudo, qué haces ahora a meses de haberme ido - y de haberme dejado más caliente que pava al fuego sin agua- enviando saluditos formales de fin de año, ¡ay!, qué educado, por qué no te haces hervir, histérico de mierda, y de paso poné mi dirección de email en la olla así se derrite junto con tus tripas de maricón
.

Opto por la contestación políticamente correcta. (También podría haberle no contestado. Pero, ya sabemos cómo soy de educada.)

Hola cuánto tiempo, no me olvidé y veo que vos tampoco. Gracias por tus deseos, espero que también sea un buen año para vos. Saludos.

Capítulo 3

El mismo día me llega otro email, con el subjetc: Así se bate el chocolate.

Me pareció raro, lo abrí, y era más raro todavía. Tuve que leerlo dos veces. Era una invitación a un grupo de Chat o algo así, con direcciones y códigos, links y no sé qué otras cosas. Venía con un archivo adjunto.
Cliqueé en el archivo, y cuando lo abrí era un video porno, de un tipo cogiéndose a una mujer color chocolate. Era un video casero. Se la cogía por detrás. El tipo muy cuidadoso tenía forro puesto, y el culo de la mujer, en primer plano era más que una barrita de cacao color marrón, era una chocolatería completa.
Estaba batiendo el chocolate evidentemente. Muy metafórico el título.
Linda imagen, muy hot. Duraba unos segundos. Qué pena.

Capítulo 4

Le contesto.

¡Qué lindo el videito! ¿Eras vos?

Sabía perfectamente que no porque hablaban en portugués. (Es posible que él lo hable y yo no lo sepa.)
Todavía no puedo escribir el 5º capítulo, porque jamás me contestó. Ya pasó un mes, quizás dentro de otro, obtenga o una respuesta, u otro video. Prefiero otro video.
Lo único que pensé, es un pajero.
Perdonen pero a los tipos yo no los entiendo.

El súper héroe

Hay hombres que siempre quieren rescatarnos. Serían los Clark Kent del amor. Y no es que nos vean en peligro, gritando sobre la cornisa de un edificio, o atadas sobre las vías del tren. Nada de eso, ellos actúan así porque se sienten en la obligación de salvarnos de lo que imaginan que nos hacen los otros.
Lo peor es que a veces, muchas veces, casi todas las veces, de lo único que debemos salvarnos es de ellos. Claro, que eso ni con los rayos x lo verían, porque ellos son los súper héroes de la relación. Y sólo buscan nuestro bien.
Así, el hombre héroe se peleará con quien ose siquiera levantarnos la voz en una fila de supermercado, se nos pase en la cola del banco, o nos empuje involuntariamente en la salida del subte. Es capaz de llamar a nuestro jefe para decirle quién se cree que es él para hacernos quedar tan tarde, o no pagarnos lo que nos corresponde.
También irá a tomar un café con nuestra adorada madrecita, que puede convertirse en la peor de las malvadas, para decirle que siempre prefiere a otro hijo, que por su culpa, por su culpa, por su grandísima culpa nosotras gastamos fortunas en terapia. Incluso puede discutir hasta la muerte con nuestro hermano si piensa que en algo nos perjudicó, quizás en servirse el último trago de la gaseosa, o en nacer primero, o último. O simplemente en nacer.
Si descubre que nos peleamos con una amiga, enseguida armará una reunión para aclarar los puntos. Sacará a toda persona indeseable de nuestro entorno, o sea limpiará de villanos nuestro camino. Ese amiguito de la primaria que nunca toleró, y que seguro es Lex Luthor, o el compañero de trabajo que nos trae en auto de vez en cuando, y que según él tiene dientes de vampiro, que quiere clavar en nuestra yugular o vaya a saber dónde.
El héroe nunca descansa y tiene su traje hasta debajo del pijama. Siempre seremos su damisela en peligro. Todo es un acto de defensa hacia nuestra persona, defensa que, dicho sea de paso, de ninguna manera solicitamos. Nunca dijimos: ¡oh, y ahora quién podrá ayudarme!, o el más universal: ¡socorro!, o el muy inglés: ¡help!
Y si una hace el amague de decirle que pare, stop, basta, que podemos defendernos solas, que no necesitamos su ayuda y que ¡no haga más escándalos!, se sentirá ofendido, dirá que es un incomprendido, que sólo lo hace por el gran amor, el inmenso, puro y desinteresado amor que nos profesa, que no soporta que nadie haga daño a su princesita adorada.
Quiere que nada perturbe nuestra vida, que nadie resople cerca de nosotras, y por sobre todas las cosas, que siempre seamos felices, y que nuestra felicidad recaiga sólo sobre sus espaldas, que para el caso no necesitan ser musculosas.
Muchas veces, el súper héroe actúa en silencio, tramando, haciendo y deshaciendo cosas sin que sepamos realmente con quién habla, a quién llama, o a quién amenaza bajo el lema de la justicia, qué cómplices tiene, qué alianzas urde, o qué propósitos persigue, pues como un buen súper héroe debe mantener una doble vida, y ocultar la otra faceta de su persona.
Llega un momento en que una desea que al final algún malvado la ate en serio a las vías del tren Roca o Mitre, y que jamás aparezca el súper héroe, sino que venga un verdadero convoy y le pase por encima, porque siente que la muerte dolerá menos que estar al lado de él.
Vivir al lado de un súper héroe es a-g-o-t-a-d-o-r, y si no pregúntenle a Luisa Lane.

Él está raro ...

Es muy triste decir que todos los ítems que pongo a continuación los viví en carne propia. Y que soy una mujer a la que la han coronado varias veces. No justamente con tiaras de diamantes, o como reina de la primavera, o de la nieve en Bariloche, o del salame en Oncativo, sino con la corona que viene bordada con la palabra" infidelidad". Todos estos síntomas fueron un escalón para llegar a la triste verdad de ser una donna cornutis.
Algunos ya los mencioné en otro post, pero bien vale la pena repetirlos. Temo, por otro lado, generar una paranoia sin sentido en mujeres que dudan a la hora de saber si su cuchi cuchi las engañan.

Corona alerta roja cuando:

1. Está raro, callado, no te llama como antes, o simplemente se aleja de vos sin que medie algún motivo, tampoco tiene gestos cariñoso hacia tu persona. Lo encontrás pensando, como ido, pero cuando le preguntas qué mierda le pasa, te responde: a mi nada, qué me va a pasar. Rehusa con énfasis el clásico: "tenemos que hablar", o cualquier conversación que gire acerca de la pareja. Asegura que no debemos preocuparnos, que pronto se le pasará.

2. Cada vez que querés tener relaciones sexuales encuentra una excusa: está muerto de todo lo que trabajó en el día, perdió su equipo de fútbol, le duele el huevo izquierdo, sos una insaciable que sólo quiere sexo, y él es un ser humano, que necesita descansar ; o simplemente se da vuelta en la cama y se duerme mientras vos te ponés el camisolín de seda negro en el baño para sorprenderlo. Conclusión en el mes lo hacen 1 o 2 veces con suerte.

3. Siempre surge algún congreso, o reunión, fiesta o algo que hace que se ausente más de la cuenta. Y cuando vuelve siempre viene cantado y de buen humor. Si perdió algún slip, o trae bombachas en su maleta, no le creas que es un regalito para vos. También empieza a salir más con amigos, o se anota en un curso pedorro, del tipo artesanías en papel de barrilete, que le insume varias horas en la semana.

4. Dejó la milanesa con papas fritas, y empezó una dieta estricta. Te pide que le cocinés todas cosas diéteticas, incluso toma Coca Light, bebida que siempre te criticó. Además se anotó en un gym y va a hacer pesas todos los días de las semana para lo que se levanta 2 horas antes que de costumbre. Se compró cremas antiarrugas, y ropa nueva. Y algo muy importante, ni bien llega se ducha y se pasa media hora o más en el baño.

5. Aparecen gastos en la tarjeta de crédito con nombres de negocios que no conocés, y cuando le preguntás, él aduce no recuerda qué compró allí, o el clásico no sé/no contesta, no te metas con mis gastos. ¡Controladora! También aumentan los gastos en restaurantes, que siempre son cenas o almuerzos con clientes.

6. El teléfono suena a toda hora, incluso a la madrugada pero cuando levantás no contesta nadie. No sólo no contestan sino que se quedan escuchando, podés sentir la respiración del otro lado del tubo y luego cuelgan. Él te dice: no contestés más que seguro es un pajero que se dedica a joder a la gente. O también puede decirte: dejá que contesto yo, pero corta al segundo de que suena.

7. Pasa horas con su email, sobretodo luego de que te vas a dormir, incluso lo podés encontrar a media noche, o a la madrugada, sentado frente al monitor. Cuando te ve inmediatamente pone Google, y te dice que estaba desvelado y no quería molestarte dando vueltas en la cama. Inmediatamente apaga y vuelve a dormir con vos. Claro que no te da el besito de las buenas noches, y ni soñés con hacer cucharita.

8. También, puede encerrarse a hablar con su celular en el baño, o recibe mensajes que no lee delante tuyo, o simplemente apaga el teléfono cuando está con vos, para que no los molesten. Se puede volver loco si por algún motivo se olvidó el celular en casa, y te pide que se lo apagués, o manda una moto a buscarlo inmediatamente.

9. A pesar de que hace mucho que no te hace un regalo, o se olvidó del aniversario, un día aparece con flores, o te invita a cenar, en una actitud totalmente de perrito que hizo caca en el living, y te dice que vos sos tan buena, mientras te mira a los ojos con los suyos enrojecidos y no por el porro. Incluso te abraza como si fuera la última vez que lo va a hacer, diciendo que él te quiere.

10. Ante la inminente llegada de las vacaciones empieza a hacer lobby para irse sólo, o propone que vayas con tus amigas, que la relación necesita oxígeno para seguir bien. Los planes de viajes juntos son cosa del pasado, están off. Y te da razones y hasta libertad para que vayas dónde quieras y con quién quieras. Eso sí no preguntés: ¿y vos con quién vas, o adónde?

11. Siempre va con su frasco de perfume en la guantera del auto, y con chicles extra mint, o pastillas de menta, y cuando llega a tu casa huele como si se hubiera puesto medio frasco encima. Si le preguntás por qué se perfumó tanto, siempre te va a decir: mirá que sos jodida.

12. Por sobre todo cuando una se sienta delante de él y lo mira a lo ojos, buscando la sinceridad que cree merecer, y le pregunta si hay otra. El comenzará a ejercer el papel de ofendido, qué nos creemos, somos más celosas que Otelo, y caemos en la obsesión. Con esas dudas vamos a tirar por la borda la relación y sólo haremos que él se canse. Esto no dura mucho, porque termina dando un portazo, o subiendo al auto para partir raudamente, o a enfrascarse en el partido de fútbol que dan por la tele.

Tal vez sean pura coincidencia, tal vez ocurran por otras circunstancias personales, pero tal vez... él nos esté cagando. Shit.

Los hombres se ven en la cama ( 2 )

Hay dos tipos de hombres: a los que les gusta que jugués eróticamente con su culo, y a los que el sólo hecho de tocárselo los envuelve en un mundo de negación y horror.
Me ha pasado. El sólo mencionar hacer alguna práctica en esa área, que bien podría llamarse agujero negro, y no justamente el de la teoría de Einstein, es comenzar a escuchar: ese no se toca, yo soy muy macho, nadie puso nada ahí.
Sólo falta que venga un patrullero con sirena y salga un cana hablando por altoparlante, aléjese de la zona con las manos en alto. Y aunque se empiece a pregonar tal, como la sexóloga Alessandra Rampolla, todas las virtudes y beneficios que proporciona esa zona erógena, que si bien es un ámbito usado por los putos, no tiene nada que ver con eso, sino con el placer de un lugar del cuerpo, ellos se niegan rotundamente.
Ni explicando que el punto G del hombre está en su próstata, por eso el goce de acabar es infinito con un dedo en ese oscuro objeto de deseo, el pasillo del placer prohibido (para tantos), o como quiera llamárselo. Nada sirve.
Ni que venga la Rampolla en persona, con su vocecita tan dulce y su sonrisa plácida, los convencería de que está bien, que no van a ser menos hombres por esos juegos amorosos. Porque además se ofenden si seguimos con el tema. ¿Con quién me confundís? y puede aparecer algún "pervertida".
Entonces se deja el papel de geisha, que intenta colmar de placer a su pareja, y se le dice ( con acento japonés): no sabés lo que te peldés . O, un más porteño: chabón sos un reverendo boludo machista empedernido, ¡jodete!
Por el otro lado de la cama, en la zona de los pies, están los que adoran que hagamos todo tipo de cosas con la parte en cuestión (jamás me gustó la palabra ano). Masajes, besos, dedos juguetones que juegan juegos jubilosos creados en la más ardiente intimidad.
Y también están los que se pasan de la raya (nunca tan bueno un dicho) porque pareciera que todo el placer se concentrara sólo ahí. Se olvidan de vos, y hasta aprovechan y se ponen tu consolador en esa área vilipendiada por otros. No son los más, debo reconocerlo.
Tal vez, debería agregar el grupo de los indecisos. Hoy no; pero mañana, quién sabe...
Este tema genera cierto tabú, y no es políticamente correcto sacarlo a relucir en alguna reunión. Menos familiar. Todo lo que tenga que ver con el culo en el ámbito sexual, está dicho por lo bajo, entre sombras, quizás por la oscuridad propia del lugar. Quizás porque es una zona a la que el “contranatura” la sentenció de por vida.

Los hombres se ven en la cama (1), fue publicado el 23.8.06

Corre, hombre, corre

Cuando un hombre huye despavorido frente a una relación que se está solidificando, cual gelatina puesta en la heladera, se pueden decir varias cosas: que es un cagón empedernido, que es un hijo de puta que nunca concreta, o algo más políticamente correcto: que es un fóbico al compromiso.
Y si de fobias la sociedad moderna tiene bastante, quizás ésta, que afecta a un porcentaje alto de hombres, sea la que más nos hace sufrir a las mujeres solteras.
Tengo una amiga que se quedó con la tela comprada para el vestido, el de novia; otra que va y viene cada vez que se impone poner una fecha para unir la santa relación, que a esta altura es más una prostituta barata.
Una chica me contó que su novio, ya sintiéndose con el anillo al dedo, vendió el departamento que habían comprado, porque era ¡un negocio redondo! Y así tuvieron que empezar de nuevo a buscar otro. Como a él se le ocurrió que sirviera para todos los niñitos que vendrían, tendría que ser más grande, más caro, y por consiguiente había que volver a ahorrar unos añitos .
Historias hay muchas. Excusas, miles. Fóbicos, millones.
Y lo más gracioso -o triste- es que estos hombres al principio lo que quieren es atraparte, tenerte entre sus redes, meterte adentro del molde. Te hacen regalos, te escriben cartas de amor, te regalan chocolates o joyas (depende de su bolsillo), te seducen constantemente, te hablan por teléfono, te sorprenden yendo a buscarte al trabajo, te proponen viajes, todo está pensado, calculado en su ansia de conquistar tu amor.
No cejará en la lucha, hasta que caigas vencida, pero totalmente enamorada, en sus brazos, o en su cama. Es loco todo esto, si pensamos que a partir del momento en que la gelatina de su amor, que todo lo invade, comienza a solidificarse en el molde de nuestro corazón, él empezará a temblar. Y ya nada será igual...
El mundo hermoso de cariño, pasión y atención al que te llevó se derretirá día a día. Empezará a alejarse, no llamará, olvidate de los regalos, minga los mimos, empezarán a aparecer quejas, defectos, peleas y lo más temible una huida espantosa. Similar a la del Correcaminos, bip, bip.
Porque la sensación de sentirse atrapado, lo ahoga, porque es como si lo encerrarán en un frasquito de formol para siempre. Y necesita huir de esa claustrofobia, que vendrías a ser vos. Tu amor es una cárcel a la que no quiere entrar.
Y si en un arranque de dignidad lo mandás a la reverenda mierda -porque al final logra que la idea de la separación surja de vos-, y jurás y perjurás que no lo querés ver más, que se evapore en el universo y te alejás. Seguramente, en este exacto punto, él querrá volver.
Sí, es así. Pero, lo peor es que muchas veces lo volvemos a aceptar.
Y, lo aún más grave, es que en algún momento el ciclo, que volvió a empezar cuando le abrimos la puerta por segunda vez, terminará nuevamente con su escapatoria al mejor estilo Houdini.
Más terrible todavía es que muchas de nosotras empezamos a sentir que somos las del problema, y nos rompemos la cabeza en qué fallamos, y nos torturamos con culpas. Porque para culposas, somos unas reinas. Unas reinas pelotudas, pero reinas al fin.
Todo este traumático proceso está consolidado en el terreno de lo irracional donde reinan, como enfurecidos dragones, los temores, las frustraciones, baja autoestima, inseguridad, todos los miedos, incluso al abandono. Paradójicamente.


*Obviamente, también hay mujeres que tienen este patrón de conducta.

No beses a un príncipe

Esto no se trata de cuento de hadas. Aunque en parte se podría decir que sí, pues hay un príncipe como en todo cuento de hadas. Pero, en realidad este cuentito no tiene más que un señor común que se convirtió en el príncipe de una señorita, amiga mía, también una chica común.
Fue verse y enamorarse al mismo tiempo, sería eso del amor a primera vista, o vaya a saber qué, la cuestión es que desde el primer encuentro no se separaron más.
“Es el príncipe de mis sueños -pregonaba la damisela a quien quisiera escucharla- lo encontré, lo encontré”. Y acto seguido iba describiendo una a una sus maravillosas características: cariñoso, atento, educado, buen porte, amante fogoso, recordaba todas las fechas, todos los detalles, incluso algunos que ella olvidaba.
Vestía bien, no tomaba mucho, le regalaba sin ningún motivo flores, o alguna cosa que le gustaba. Mejor príncipe que ése no existía, y nadie en el mundo la haría cambiar de idea de que aunque no fuese azul -porque gracias a Dios, éste no tenía problemas circulatorios- para ella lo era.
La señorita y el príncipe se casaron tal como en los cuentos. Los niñitos rubios y vestidos de blanco le llevaron los anillos al altar. La fiesta fue incomparable, transcurrió en un campo, y ni una nube enturbió el celeste cielo. Los invitados se comportaron excepcionalmente. Nadie vomitó, ni hizo algo indebido.
El cuentito seguía funcionando y el príncipe lucía su esbelto cuerpo enfundado en un jacquet color gris. El champaña estaba bien helado y la novia casi ni se había ensuciado el vestido. Todo perfecto. Todo soñado.
Pero... como en la vida, o en los cuentos, siempre hay una parte mala. Hace dos días luego de tres años de casada, ella entró llorando a mi casa. La desesperación era total, y yo no podía creer lo que me contaba.
El príncipe dejó de ser amoroso, sólo quería juntarse con sus amigos a ver fútbol, o jugar a las cartas, mientras chupaban hasta altas horas de la noche, de ser cariñoso pasó a ser indiferente, y luego maleducado; los detalles eran cosas que no existían para él, y su esbelta figura se había convertido en una abultada panza. Los buenos modales también se habían convertido en pedos en la cama, palabras soeces, e insultos sin sentido. Tampoco se preocupaba mucho por trabajar y la llama de la pasión era un fósforo consumido y pisoteado por la rutina.
El príncipe se había convertido en un asqueroso sapo, con perdón de los sapos. Y ella no sabía como sacárselo de encima.
La chica lloraba y juraba y perjuraba que no había sido ella la culpable de tales cambios. Y entre lágrimas y suspiros me dijo una frase que pienso recordar muy bien:
"Fíjate bien antes de casarte con un príncipe, que quizás sea un sapo disfrazado de tal".
¿Por qué los príncipes se transmutan así? Por las dudas buscaré un hombre con algún que otro defectito por ahí. Nunca me gustó la perfección. Tiene algo de mentira.

De vinos y hombres

Hace poco estuve en una feria de vinos. Había considerables variedades para degustar. Hombres y mujeres caminaban con copas en la mano, en las que se balanceaba sensualmente un líquido rojo rubí. Ese deliciososo y embriagador brebaje que de apoco se te sube a la cabeza exigiendo aún más habilidad femenina en el arte de caminar sobre tacos altos y finos.
Muchos caballeros. Pocos sobrios. Vinos y hombres, una conjunción por demás enloquecedora.
Debo reconocerlo de vinos no sé mucho. De hombres, algunos dicen que sí. Aunque yo refuto que sí sabría tanto no estaría sola. Son puntos de vista.
En ese lugar conocí a Verónica Reising, una sommelier, que me dijo: “los hombres son como los vinos”. Y ahí me contó cómo empezó a asociar a los hombres con el exilir de Baco, a partir de un tal Cristian.
-Por aquellos tiempos la palabra sommelier no estaba de moda, ni mucho menos eso de ir a las ferias de vinos a buscar candidatos... -comentó riéndose la experta, mientras me servía un malbec en mi copa.
A través de sus palabras y conocimientos empezó un recorrido por las cepas y su correlación masculina. Me dijo que las variedades son un punto clave a la hora de elegir un vino (o un hombre) por su sabor y carácter. Así un sauvignon blanc tendrá características gustativas diferentes según su procedencia, tanto como un hombre citadino versus su par rural.
-¡Ojo!- me aclaró- esto no es más que uno de los factores a tener en cuenta, pues la esencia (patrimonio genético) no se modifica.
"Entre las variedades existentes, algunas se han convertido en moneda corriente, y otras son la búsqueda constante en la mente de las aficionadas", fueron las palabras que oficiaron a manera de prólogo de la clasificación que vendría a continuación.

El tempranillo: es un vino que tiene maduración precoz, es vigoroso. Hasta hace poco era una cepa poco bebida. A más de una se le hace agua la boca con un tempranillo, ese joven audaz, preferido por muchas, sobretodo por las recientemente divorciadas o las que superan los 34, que quieren llenar su "copa" con él y embriagarse locamente con su desenfrenada jovialidad.

El pinot noir: es una clase de uva delicada y una fuente de problemas para los agrónomos, representa todo un desafío. Si nos topamos con un hombre así, ¡cuidado!, igual que la cepa su desarrollo dependerá mucho del terreno donde crece. Aunque con cuidados exhaustivos dará una gran especie, tanto de huomo como de vino.

El torrontés: fragancia a flores frescas, frutos delicados, un toque de miel… hacen de este vino un despertar a los sentidos. Dicen que el vino tiene su ritmo, su tiempo y su espacio y hay que saberlo esperar para disfrutarlo mejor. Pero, el hombre torrontés despierta los sentidos más dormidos, y surgen ganas de beberlo ¡ya!. Ahí está, el típico hombre torrontés aromático, fresco, suave, acidez equilibrada pero con su amargo final en la boca.

El cabernet sauvignon: es la variedad tinta que ha tenido más adeptos en el mundo y por la que todas nos sentimos movilizadas. Son frutos que dan vinos austeros, tánicos, con gran estructura. De aroma y sabor complejos. Su presencia en boca es notable, persistente. Este hombre se “agarra”, tiene personalidad y por sobre todas las cosas se adapta a condiciones variables.

El malbec: la cepa emblemática tinta argentina, en la cual se vuelca el deseo de las mujeres de esta tierra: un hombre con matices de aromas maduros. Equilibrado, robusto, con una sensación levemente dulzona. Persistente en boca, sin aristas molestas. Capaz de madurar sin perder características de su estirpe.

Me quedé mirándola fijamente, pensando en el último tempranillo que había pasado por mi vida embriagándome locamente, o el conflictivo pinot noir de época atrás.
-Al igual que los hombres hay vinos que se abren rápidamente y otros que tardan en darse a conocer, y se necesita mucho tiempo para lograr diferenciar su composición. Los hay de mala calidad, éstos a los pocos minutos manifiestan sus debilidades – explicó Vero, con mucha claridad dada por la experiencia en el tema.
Cuando terminó de decirme esto, suspiré. Tomé el último sorbo del malbec que tenía servido, y me quedé pensando que aprender a catar vinos -u hombres- acrecienta el placer y nos permite elegirlos con fundamento.

(No podría haber escrito este post sin la colaboración de Verónica Reising. ¡Gracias, Vero!)