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Eso, eso, eso

Desde que tengo el blog, escribo algo para San V..., ustedes ya saben de qué se trata. Los últimos años escribí en contra de la celebración, y este año iba a hacer lo mismo, pero entonces pensé que si escribía algo en contra, o manifestando mi bronca por lo que ustedes ya saben, era al fin y al cabo hablar de eso. Porque lo mejor es olvidarse de eso, de todo eso, del inmenso eso. Por eso, que no es el mismo eso de eso, este año ni quiero nombrarlo ni siquiera decir algo de eso. Y opto por un silencio lleno de esos, pero sin eso, sin un gota de nada de eso.
Espero que me hayan entendido y sepan que si no quiero hablar del tema es solo porque me tiene harta, pero un harta que no tiene que ver con eso, sino con todo lo que rodea a eso. Eso, justamente eso quería decir. Eso.

Las cosas hechas

No sé ustedes pero siempre a comienzo un año me vienen ganas de escribir las cosas que espero realizar durante ese año. Claro, que lo horroroso es ver al fin de ese año la lista y darme cuenta de las cosas que no hice, que por lo general son varias de la lista, cuando no todas. Eso no habla muy bien de mí, pero para qué les voy a mentir, se ve que mis expectativas de superación y de lograr metas van cambiando a lo largo del año. ¿Cambiando o claudicando? O peor, que ya tengo metas crónicas de conseguir, y que por lo visto no afecta a mi vida en general lograrlas. Y, además, qué no sé por qué las vuelvo a escribir año por año, como si el solo hecho de escribirlas en un papelito, agenda u otro soporte las hiciera realidad.
Será que siempre que veo la agenda tan vacía de compromisos, y teléfonos y reuniones, y … y… tantas páginas en blanco siento que voy a poder, que tengo unos 12 meses, con tantos renglones para completar, y que seguramente si no es febrero será en marzo, o tal vez en abril, pero seguro en junio, y si no en agosto, y por qué no en noviembre. Y cuando me doy cuenta, llegó diciembre con las fiestas, los Papá Noeles en los shoppings, y la lista de las cosas sin cumplir, y yo totalmente descarada pensando: “bueno, ya terminó el año, lo haré el que viene”.
Por eso este año decidí no hacer ninguna lista de propósitos, no me propuse nada. Step to step como dicen los norteamericanos, paso por paso, y voy a hacer al revés, a fin de año voy a anotar todas las cosas que sí pude realizar. Y seguramente me sentiré feliz porque esas serán los cosas que logré y no las que pienso que haré.

Un año en blanco

Todos los años, más o menos para esta fecha, escribo algo alusivo. Suena tan mal esa palabra, pero es la adecuada. Aludo a las fiestas, a los compromisos, a lo eterno de terminar y empezar un año, a lo que supone que hagamos, a lo que hacemos y dejamos de hacer. Y hoy estoy aquí haciendo lo mismo, aludiendo al fin de año. Desde la hoja en blanco. Cuando empecé a escribir sentí que la hoja era casi (casi) como el año que va a empezar dentro de pocos días, algo vacío que se irá llenado con nuestra vida, con la vida de todos, con la muerte de algunos. Que se irá llenando de sucederes, de cosas que nos pasan, que les pasan a otros pero que nos llegan, de amores y desamores, de vientos y lluvias, de tantos amaneceres como anocheceres, de lunas llenas y de cuartos menguantes, de sonidos, de ruiditos, de gritos y susurros, y también de silencios, que a veces pueden resultar incómodos, de dinero o de cheques en blanco, de gente que no contesta los emails, y de los que nos llenan la casilla con spam, de cajeros sin guita, y de policías y ladrones, de matracas y pitos, de santos y algún que otro fantasma dando vuelta.
La vida nos espera, aguarda impaciente el siguiente paso que daremos, después de todo qué es la vida, si no un caminar continuo, step to step llegamos a todos lados, hasta a nuestro propio final, que siempre se espera no sea anunciado y acontezca casi sin darnos cuenta. Tengo una hoja en blanco, tengo un año para llenar, no me desespera la inmensidad de los 12 meses, me gusta el desafío de empezar a escribir día por día mi historia, mi vida, mi propia versión de los hechos, como debe ser. Como quiero que sea.
¡Feliz 2011 para todos!

Las patas de la mentira

Mi abuela siempre decía que “las mentiras tienen patas cortas”. Cuando era chica imaginaba cómo serían esas patas. En realidad, no me las imaginaba ni cortas, ni largas. Me costaba creer que las mentiras tuvieran extremidades que les permitiese caminar. Al crecer fui entendiendo el significado. Sí, a pesar de sus patas cortas, las mentiras podían caminar. Y cómo.
La otra semana con esto de los mineros chilenos, volví a pensar en esas patas, cortas por supuesto. Aunque a veces cuando se es infiel, o se miente por infidelidad, las patas que puede generar una mentira, más que cortas, serían de un arácnido. Muchas patas para una sola mentira, o tal vez, para una sola verdad.
Yonny Barrios (50) fue el minero número 21 en salir de la oscuridad y no sólo ver, o casi, la luz, sino ver a su amante, Susana Valenzuela. La mujer que vieron otros miles de millones de personas abrazar a Yonny al salir de la mina y que se declaró como “legítima”.
La que tendría que haber blandido la bandera de legítima era su esposa Marta Salinas, con la que lleva casado 28 años. Pero ella se quedó en su casa, y según declaró, no pensaba ni verlo por televisión. ¿Habrá aguantado la curiosidad? Mmmm... me queda la duda.
“Tengo dignidad”, dijo. Actitud que fue respalda hasta por la propia primera dama chilena. ¡Cachai!
Ahora, parece que Susana no sólo luchó contra la esposa para quedarse con su cuchi cuchi, con quien está hace 10 años, sino contra otra jovencita de 25 años que también disputaba la presa. Mirálo al Jonny bravo. Y, con lo que se va a quedar también Susi es con la donación de 10 mil dólares que hizo un millonario para cada minero.
La verdad Susana en su afán por estar con su enamorado logró borrar de un plumazo ante millones de personas el papel de segundona de la amante. Siempre en segundo lugar, siempre teniendo el tiempo que sobra, el que le toca por descarte, siempre escondida. Pero... ésta no se escondió y la jugada le salió redondita. Pasó en una vuelta del destino a ocupar el podio, y el primer puesto.
De todas formas más allá de este final feliz para ella, y más para él, que salió cantando "cuántas minas que tengo", me queda la duda si más de un infiel de larga data, se tomará el tiempo de pensar en esto de las patas de la mentira.
Seguramente, Yonny nunca pensó que se iba a quedar 70 días bajo tierra, y que tanto su mujer y su amante se iban a encontrar afuera. Y encima, que la historia de él y sus 32 compañeros se iba a transformar en el hecho más visto de los últimos años, superando la llegada del hombre a la luna.
Claro, este hombre infiel no podía pensar todo esto, como tantos otros no pueden pensar que a veces las mentiras no sólo tienen patas cortas, sino que se hacen públicas, con televisación o sin ella. Y cuando se hacen públicas, más de uno quisiera estar bajo tierra y ya no por 70 días, sino por unos cuantos más.

Él se lo merecía

Ya era hora de que se le diera el valor que se merece. Y que ocupe el lugar que bien se ganó a lo largo de la historia. Porque desde que el hombre es hombre, y la mujer mujer, el “rapidito” forma parte de sus vidas. Y quién no dice que fue uno que se tiró Adán con Eva detrás del manzanero, el que ocasionó la pérdida del paraíso.
Si les digo la verdad, a mí me encantan, sobre todo cuando vienen acompañados de pasión o alto deseo sexual, o cuando se hacen casi con la ropa puesta, o en lugares raros. Me parecen de un alto poder erótico. Y tengo algunos “rapiditos” memorables. Hoy leí algo que me dio mucho gusto, y lo sentí casi como una reivindicación. Como siempre, viene de la mano de los científicos, que siempre están abocados a investigar la vida sexual de los mortales.
Esta vez, no fueron los de la Universidad de Massachusetts, sino de Penn State, en Pensilvania. Ellos hicieron una encuesta con miembros estadounidenses y canadienses de la Sociedad de Investigación y Terapia Sexual. Y llegaron a la conclusión de que al contrario de lo que se piensa -o se fantasea- un acto sexual satisfactorio para una pareja debe sólo durar unos minutos, entre 3 y 13 minutos. Si eso no es un rápidito, qué lo es.
La encuesta, publicada en Journal of Sexua Medicine (Revista de Medicina Sexual) mostró que un acto sexual "adecuado" duraba de 3 a 7 minutos, uno "deseable" de 7 a 13 minutos, uno "demasiado corto" de 1 a 2 minutos y uno "demasiado largo" de 10 a 30 minutos.
Según, los investigadores hay muchas creencias basadas en estereotipos sexuales. Como que dan más placer los penes enormes, las erecciones duras como una roca y el acto sexual que dura horas. Según los autores, con este estudio intentan "disipar dichas fantasías y alentar a hombres y mujeres con datos reales sobre lo que es un acto sexual aceptable".
Igual, como siempre digo, científicos ¡basta! Aunque me encanten los “rápiditos”, y me alegro que le den el valor que se merecen en la historia de la sexualidad, todos sabemos que no hay reglas en el sexo. Que es diferente con cada persona, en cada momento, en cada etapa de la vida, que no siempre 3 minutos van a ser lo mejor, ni tampoco 3 horas van a ser lo peor.

Pic: Margolove

Inteligencia vs. fidelidad

Se acuerdan de ese estudio que comenté acerca de que las mujeres inteligentes tenían menos posibilidades de casarse, incluso las que tenían estudios universitarios corrían con un 4% más de imposibilidad. Hace poco encontré un artículo que otra vez involucró la inteligencia con cuestiones del amor, aunque esta vez sería más del desamor. O, por lo menos, de un amor en baja. Porque ahora un estudio realizado por un equipo de la prestigiosa London School of Economics (está vez no fueron los de Massachusetts, qué raro) sostiene que los hombres que son infieles a sus parejas presentan un coeficiente intelectual más bajo que aquellos que no lo hacen y mantienen la monogamia.
El trabajo, cuyas conclusiones fueron publicadas en la revista especializada Social Psychology Quarterly, analiza dos grandes bases de datos de Estados Unidos, una sobre salud adolescente y otra de carácter social, en las que se midieron diferentes comportamientos y el coeficiente intelectual tanto en adultos como en niños (y ... vieron cuantos novias tiene un preescolar). Tras comparar minuciosamente los resultados de ambos estudios, observaron que las personas que daban importancia a la fidelidad sexual en una relación tenían coeficiente más alto. Leyeron bien, sería algo así: hombre monógamo = hombre inteligente.
Lo que no me queda muy claro, es si este estudio lo firma una mujer u hombre, porque el autor es Satoshi Kanazawa. Y mi ignorancia en el campo de los nombres orientales no me permite descubrir el sexo del autor. Algo que quizás más allá de la ciencia pudiera haber influenciado en sus declaraciones acerca de que "los hombres inteligentes son más propensos a valorar la exclusividad sexual", un comportamiento que se considera una señal de la evolución de la especie. Según él, a lo largo de la historia, los hombres siempre fueron "relativamente polígamos", por lo que una relación monogámica supone una "novedad evolutiva", en oposición al hombre primitivo, que era propenso a la promiscuidad.
O sea que ser fiel es el camino sin retorno de la evolución de la especie masculina. Mmm… permítanme disentir. Dado mis humildes estudios de campo, o ciudad en este caso, dado mis conocimientos a través de mis amigas más cercanas, y también de mis amigos, que me cuentan sus retrocesos evolutivos (según Kanzawa), y de todas las historias que me llegan vía email, no veo que esa “novedad evolutiva” haya llegado a Argentina.
Por otro lado, es cierto que en este país siempre vamos a contramano, y podría ser que en este tema todavía nos falte crecer, o transitar unos añitos más, que en el país del norte.
Y, para agregar un tema más de polémica al estudio, el autor asegura que estos resultados no se pueden aplicar a las mujeres ya que "ellas siempre fueron relativamente monógamas y, por lo tanto, esto no supone una evolución". Y ahí, me atrevo a decirle: Satoshi, está equivocado, o las señoras de la encuesta mintieron, o el “relativamente” no está muy bien especificado, pero la historia, o las estadísticas, demuestran otra cosa. Las estadísticas de infidelidad aseguran que el 60% de los hombres son infieles, y que el 40% de mujeres les sigue los pasos. Otros datos, nos ponen al frente, por ejemplo, para Sexole, el primer estudio sobre conductas y preferencias sexuales de usuarios de Internet en España, las mujeres son más infieles que los hombres (50% frente al 44%). Claro, que el tema es que con evolución, o sin ella, la mujeres lo mantenemos más calladito.

*

Las grandes historias

Empecé el gimnasio, uno de los lugares que más odio en mi vida, la semana pasada. Luego de pagar tres meses Pilates, en Megatlón, sin usar, le di de baja y me cambié a otro gym menos glamoroso y más barato. No es que me guste tirar la plata así como así, pero mi excesivo interés por hacer pilates tres veces por semana recudreció (qué verbo tan feo, yo recrudezco, tu recrudeces, él recrudece...) mi dolor lumbar. Desde los 20 convivo con dos hernias de disco, que a este paso voy a terminar como Ricardito Fort, con clavos y no sé qué más en la espalda.
Algo que siempre me llamó la atención es que a pesar de este problemita en la espalda, nunca, pero nunca, y aún en los peores momentos, me impidió tener sexo. Mi segunda pareja, a la que le tocó compartir un mal período lumbar en mi vida, me decía: "A vos todo se te pasa cogiendo", y juro que era así, en el momento de tener relaciones con él jamás me dolía nada, debe ser que la mente se enfocaba en otra cosa. Más allá de que cuando tengo relaciones no me duele nada, el resto del día ando bastante mal. Por eso cuando el traumátologo me indicó, "natación y bicicleta" (de "sexo" ni habló) cambié la "y" por "o" y opté por empezar con la bici, algo que no me disgusta y por lo menos es en terreno seco.
Todo este preámbulo se hizo necesario para contar por qué estoy devorando libro tras libro. Opté por llevarlos al gym y mientras pedaleo, casi una hora diaria, leo. Los apoyo en el frente, donde está la consola con toda la info, kilómetros, calorías gastadas, etcétera, etcétera, y leo mientras el tiempo corre. Algo muy bueno, con lo que me gusta leer, el tiempo pareciera correr más rápido, lo cual es una ventaja enorme para mí.
Soy la única que lee, pero nadie da cuenta de mi voracidad literaria, todos están subidos a sus máquinas intentando darle batalla a los kilos o a los años, o al orgullo también. Hoy, cuando estaba en el minuto 42 de la pedaleada leí algo tan exacto, y tan bello, que me apropié inmediatamente del texo, lo hice mío, y ahora quiero hacerlo de ustedes.
Muchas veces pensé en el valor que lleva una historia en sí, en cuánto nos gustan leer algunas historias, y en cómo algunas nos atrapan de tal forma, que se nos meten por dentro y no nos dejan más. Algo así, pero con otras palabras, las mismas que quisiera haber escrito yo, escribió Arundhati Roy en "El dios de las pequeñas cosas".

"El secreto de las Grandes Historias es que no tienen secreto. Las Grandes Historias son aquellas que ya se han oido y se quieren oir otra vez. Aquellas a las que se puede entrar por cualquier puerta y habitar en ellas comódamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en que se vive. O el olor de la piel del ser amado. Sabemos cómo acaban y, sin embargo, las escuchamos como si no los supiéramos. Del mismo modo que, aún sabiendo que un día moriremos, vivimos como si fuéramos inmortales. en las Grandes Historias sabemos quién vive, quién muere, quién encuentra el amor y quién no. Y, aún así, queremos volver a saberlo. Ahí, radica su misterio y su magia".

Lo leo dos veces mientras sigo pedaleando. Pedaleo, pedaleo, pero la magia de las palabras logra que los minutos se posen sólo en los puntos finales. Bendición de Kunti.

Hoy no tiene plural

Sé que la vida sigue aunque termine el año. El fluir continuo de la sangre en el espacio de cada uno. No pienso que tengo que respirar, sólo lo hago. Sé que respiraré aunque no me lo proponga. La vida es una eterna sucesión de días, de ayeres y mañanas, pero sobre todo de hoy.
De hoy que no tiene plural, quise ponerlo pero no lo encontré, porque sólo hay uno. Sólo hay un hoy. Hoy te veo, hoy quiero, hoy amo, hoy río, hoy sueño, hoy me despierto, hoy te llamo, hoy gozo, hoy soy yo. Hoy respiro, aunque no me lo proponga.
Sólo hoy lo hago, porque después de este instante ya no será ahora, sino recién, hace un tiempo, hace siglos o segundos. Será ayer. Para el caso es lo mismo, luego de hoy ya todo entra en tiempo pasado, perfecto o imperfecto. O en posible futuro. Imperfectamente perfecto.
Ayeres, y mañanas hay muchos, felices, tristes, inolvidables, dolorosos, sorpresivos, acalorados, sinceros, opacos, esperanzadores, hay tantos ayeres de todo color y tipo; hay tantos, mañanas que no existen todavía sino en el deseo de cada uno.
Hay tantos mañanas como el primer día del nuevo año que empezará como empezaron todos los otros. La vida seguirá para algunos cuantos, los días esperarán uno tras otro para ser vividos, agrupados en racimos de minutos y segundos, apelmazados de recuerdos. Las horas esperarán para convertirse en historias cotidianas, historias que escribirán algunos tantos, o algunos pocos, pero que serán vividas por cada uno de los mortales. Que pasarán a ser los muchos ayeres. Que serán, como dijo Borges, los muchos ayeres de la historia hoy detenida y única.

El Valentinus, la contra fiesta del amor

Si digo que odio a San Valentín, ¿me excomulgarán? Es que en realidad el pobre santo sobre el que se ha armado la parafernalia del amor, no tiene la culpa, y no hay nada que indique que, si viviera, apoyaría el marketing que rodea a la celebración de los enamorados.
Así como el árbol de Navidad es la Navidad, no existiría un San Valentín sin corazones. Rojos, por supuesto. Todo se vuelve un corazón que late al ritmo de la tarjeta de crédito, chiquitos, grandes, colgados flotando con el viento, apiñados en una vidriera, de papel, de raso, de paño, y no vienen solos, ¡nooooo!, vienen acompañados de un ejército de ositos melosos con mensajes que pueden variar entre un “I love”, o “Sos mi amor”, o simplemente, “Amor”.
Reconozcámoslo: el romanticismo tiene un costado muy cursi. Y ojo, que a mi me gusta lo cursi de ser romántico, y lo grito a los cuatro vientos, pero creo que el 14 de febrero desde hace unos años, cuando se importó la festividad del país del Norte, que a su vez la importó de Inglaterra, que no le importó importarla de unos poemas antiguos, ya se pasa.
¡Socorro! Me siento invadida por un universo de amor en colorado que no sé si existe, es como si entrara en la dimensión desconocida de amor envasado en papel brillante, del amor que se vende en tarjetas, o en bombones, del amor que se va desparramando ficticiamente por la ciudad, como una plaga que te ataca hasta en cualquier kiosco, donde los chupetines tiene forma de corazón y dicen: te amo. Estoy trastornada, un corazón más y vomito. Tengo sobredosis de amor comercial.
Miro los tomates del cajón de la verdulería y le pregunto al verdulero, ¿por qué no vienen en forma de corazón?, ¡qué manera de desaprovechar el marketing!

Así como en la serie Seinfeld se creó el Festivus, una celebración en reemplazo de Navidad inventada por Frank Costanza (el papá de George) para contrarrestar el comercialismo, yo voy a imponer el Valentinus.
En el Festivus, no existen las lucecitas, ni bolas doradas, la única decoración es un palo de aluminio, que reemplaza al clásico arbolito de Navidad. También se regala, pero...algo que no te guste, y que al otro le guste menos. Nada de bendiciones y buenas intenciones, sólo se puede descargar diciéndole al otro todo lo que hizo mal el año pasado.
El Valentinus se festejaría todos los 13 de febrero, y sería una celebración que reúna a los ex novios, maridos, amantes incluso, en donde se dicen todo, “todo”, lo que no se dijeron durante la relación.
Esas palabras que quedaron para siempre guardadas en el corazón, que dicho sea de paso, no podrá estar exhibido de ninguna manera en la festividad. Ni siquiera pintado de negro. Y tampoco se escribirán los mensajes en ningún papel, tarjeta, u otro soporte para tal fin.
El Valentinus, contrario a lo que se piense, no es una festividad enraizada en la amargura, o dedicada al rencor, sino a la limpieza. Tampoco podrá haber besos o abrazos, y mucho menos sexo con ex, algo que podría tentar a varios. Y para no caer en tradiciones que luego nos atarían a un símbolo, el Valentinus no tendrá logo, ni siquiera un objeto que lo represente, después de todo el amor que ya no está, no necesita ningún tipo de marketing.

De sucesos y conveniencias

“Todo lo que sucede, conviene.” Es una frase que me regaló un amigo, me dijo que era cubana. Me gusta esa frase, es optimista. Ese amigo se perdió dentro de las desapariciones etiquetadas como inexplicables, y me dejó su frase, que bien podía aplicar a su mudo abandono.
En este pronto a estrenar 2009 voy a tomar el dicho cubano, como un mantra personal. Porque si analizo mi vida, y me detengo en los acontecimientos en que parecía irme a pique, siempre apareció una tabla salvadora, y el cambio fue para bien.
Cuando dejé todo y fui tras lo que creí era el amor de mi vida, volví no sólo con el corazón con agujerazos, también me quedé sin trabajo fijo casi un año y me comí todos mis ahorros, pero ese tajo que tuve en la ruta de mi vida, convino.
Había dejado atrás no sólo temores de hacer un aterrizaje forzoso en el campo de los amores, sino una ocupación que me torturaba, y que, a pesar de todo, no me animaba a dejar.
-Cuelgo todo y me voy- dije un día, y me tomé un avión.
Y la vida de pronto, giró, se desacomodó, volvió a girar como un trompo, y al final se acomodó, y todo convino.
Convino el adiós, convino el engaño, convino hasta el final, porque el adiós trajo un nuevo hola; el engaño trajo la verdad; y el fin, como siempre, trajo un principio pegado a las letras The end.
Convino la desazón, porque dio lugares a nuevas ilusiones; y convinieron las lágrimas, porque limpiaron mis ojos para mirar mejor.
Convinieron las palabras hirientes, porque dieron lugar al perdón, y convino, también la inocencia perdida, porque trajo la sabiduría. Hasta convino el desempleo, porque pude buscar lo que alimentaba mi vocación.
-Todo lo que sucede, conviene- dicen los cubanos; y también yo; y supongo que seguirá diciendo mi amigo, o ex amigo, o amigo en el silencio anónimo; y espero que ustedes también, porque hoy se las regalo, envuelta entre los post de este blog.

Qué todo lo que les suceda, convenga. Hoy y siempre. Feliz año para todos.

¿Rubias o morochas?

Una encuesta realizada por el diario El Argentino dio como resultado que los hombres de este país, de esta Ciudad en definitiva, se “ratonean” más con las morochas, y que además son más “gauchitas” al momento de hacer el amor. Debo aclarar que no soy ni morocha, ni rubia, y tampoco pelirroja, estoy en la franja de las castañas (por ahora) y que por eso puedo tomar una postura no objetiva, pero si imparcial en el tema.
Luego de leer el artículo, y de acuerdo a varias observaciones que me hizo gente que vino del exterior, llegué a una conclusión, que podría ser una verdadera paradoja de las relaciones entre hombres y mujeres de estas pampas.
¿Por qué si a los hombres argentinos les gustan más las morochas, la gran mayoría de las mujeres argentinas se tiñen de rubio?
Esta pregunta bien podría ser la hipótesis de futuros estudios sociológicos, acerca del comportamiento de la hembra y el macho rioplatense en las relaciones interpersonales. Lo primero que se me ocurrió es que muchas mujeres en algún punto queremos ser Marilyn, o quizás porque el rubio en la cabeza siempre fue garantía de mirada masculina, porque desde chiquita nos decían, mirá que linda la rubiecita, por eso con el correr del tiempo, y gracias a los avances de la ciencia mezclada con agua oxigenada de 20 volúmenes, logramos conseguir ese tono dorado que nos acercaba a la imagen de otra mujer, deseada por todos, por cierto.
Aunque las más pendex están virando al negro, es cierto. Lo que indicaría un cambio de mentalidad generacional. Y las rubias quedarían en la franja cerca de los 40.
En algún momento de mi vida pasé a formar el grupo de las rubias “peliteñidas”, como dicen en la novelas centroamericanas. Pero, fuera de todo pronóstico no me gustó, y volví al color de cabello que la madre naturaleza me dio. Y que las aguas de esos lares oscurecieron sin piedad.
Igual reconozco que esos meses que estuve onda Meg Rain, los hombres fijaron más la atención en mí. Ah -me dije-, a ellos les gustan las rubias. Pero ahora parece que la cosa cambio, ¿Se cansaron de las rubias?
Lo segundo que pensé es que las argentinas se tiñen de rubio, sólo por llevarles la contra a sus congéneres masculinos. ¿Te gustan las morochas?, pero mirá vos, ¡ahora me tiño de rubia platinada! Claro, que esta última teoría llevaría una carga de maldad femenina. Mejor descartarla.
De una forma u otra, lo que realmente creo es que el color de pelo, como el color de piel, no son atributos que hagan mejor o peor a una persona. Desde donde quieran mirarlo, desde el erotismo, la inteligencia, o la bondad. No otorgan cualidad de amante apasionada, o muertita en la cama. Cada mujer, como cada hombre, es un universo en sí, y el color, después de todo, es sólo eso: un tono para llevar consigo, natural o artificial, durante esta vida.

*

Vampiro new age

Desde que el escritor irlandés Bram Stoker creó, en 1897, la leyenda sobre el terrible vampiro al que bautizó Drácula, el cine usó y volvió a usar, y seguirá usando al personaje más chupa sangre de la historia. Un personaje de ficción que fue inspirado, según dicen algunos datos muy confiables, en el personaje real de Vlad Draculea, también llamado "el empalador”, práctica que dejaba a más de uno clavado.
El conde de capa negra y colmillos muy largos para morderte mejor, fue concebido por el escritor cuando, a raíz de una indigestión de cangrejo, tuvo alucinaciones de una especie de rey de los vampiros que salía de su tumba en búsqueda de sangre. Se ve que el apetito del consagrado escritor no se limitaba sólo a los crustáceos, pues murió de sífilis.
Desde esa primera aparición en una novela, hubo vampiros de todo tipo, en todo tipo de filmes, los clásicos de terror, eróticos, pornográficos (en estos no se chupaba la sangre), de ciencia ficción, y hasta de karate, también se hicieron comedias, y no faltaron las típicas series juveniles, porque obviamente el personaje fue utilizado en la televisión, sí, hablo de Buffy, la cazavampiros, y otras muy violentas, como Blade, que también caza vampiros, obviamente. Y no me quiero olvidar tampoco del musical argentino, Drácula, de Pepito Cibrián.
Hoy no voy a hablar del ajo como repelente, (pero por las moscas lo voy a poner en la foto), y tampoco de la estaca en el corazón, ni de su amor imposible. Nada de eso.
Hoy se incribirá una nueva página en la historia de Drácula, pues habrá que agregar un nombre más a la lista, bastante extensa por cierto, de todos los actores que personificaron al conde que se esconde, del sol. A los nombres de Bela Lugosi, Christopher Lee, Klaus Kinski, Jack Palance, George Hamilton, David Bowie, Nicolas Cage, Kiefer Sutherland, Tom Cruise, Eddie Murphy y hasta Leslie Nielsen entre otros hay que agregar ahora el de Chayanne.
Sí, queridos, el boricua sexy, el cantante, el que quiere ser torero, ahora dejará el traje de luces para calzarse capa y colmillos extra large. Hace unos pocos días leí un cable en el que decía que Chayanne retornará a la televisión como actor. Será un Drácula bien chévere.
La mini serie, de tan sólo 10 capítulos, se llamará Gabriel, y la transmitirá Mega TV. Sinceramente, prefiero al boricua moviendo sensualmente su pelvis a verlo de vampiro. No me da el fisic du rol, lo veo muy rellenito. No sé, a mi me gustan los vampiros, si se puede elegir, como el que hacía Bega Lugosi, bien blancuzco y deteriorado, y al chiquito Chayanne, se lo ve lleno de salud, y de músculos trabajados.
Tal vez en este punto del relato, algunos estén rememorando su paso por las telenovelas argentinas, junto a Araceli, la González. Y otros estén tratando de olvidar ese paso. Y otros estén dando las gracias de no haberlo visto nunca.
No sé yo lo veo más de torero, o de bailarín de salsa, pero de vampiro ni ahí. Los productores aseguran que será un vampiro fuera de lo común, y no me queda la menor duda.
Gabriel "se sale del molde" ya que tiene cualidades muy humanas, destacó el intérprete en declaraciones a la revista People en Español en su página digital."Es un vampiro que tiene fe en Dios, que camina en la luz, que puede entrar a una iglesia. El odia ser inmortal porque quiere ir al cielo a reunirse con su gran amor", comentó.
O sea, es un vampiro de mierda, lo único que falta que sea vegetariano, y en vez de hincar el diente en la yugular, lo haga en un tomate, o berenjena.
¿Qué clase de vampiro es entonces? Las cosas por su nombre. Un vampiro no puede caminar en la luz, ni entrar en una iglesia, ni ver una cruz sin espantarse y huir despavorido, y mucho menos tener fe en Dios.
Si quiere hacer de vampiro, que lo haga en serio, porque Bram Stoker, se debe estar removiendo en su tumba al ritmo de la salsa, y el empalador debe estar preparando un palo de 3 metros de largo para limpiar su nombre. Por eso, vampiros, vampiros eran los de antes, dejénse de joder.
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Devolución

Buenos Aires. Hoy es 15 de marzo. El relojito de mi computadora marca las 8.44 p.m., el reloj no lo cambié la otra vez, así que en Argentina son las 9. 44.p.m. Sé que esto se soluciona hoy a medianoche, y no porque cambie el relojito, sino porque hay que volver a atrasar el reloj.
O sea que sin hacer nada volveré a estar en sincronía con el resto. Y no tendré que sumar mentalmente cada vez que miro la hora en el rincón derecho de mi PC, abajo.
Aquella vez que lo adelantamos mi prima dijo, nos robaron una hora; y su marido le contestó, pero te la devuelven en marzo.
Yo pensé: ¿y si no la devuelven más? Y si hacen un corralito del tiempo, y se quedan con horas de la gente, con horas vividas, como si fueran pedacitos de historias por contar.
¿Cuántas cosas podrían hacer con una hora por cada persona, con una hora de su vida?
Me habían sacado una hora de mi vida.
Me quedé pensando qué fácil hubieran sido ciertas cosas de mi vida si hubiera sacado una hora, sola una, pero en un momento preciso. Si hubiera rasurado los 60 minutos sobrantes en situaciones en que con una sola hora de diferencia todo pasaba a convertirse en algo no sucedido. En algo simplemente pensado o potencial, o tal vez inexistente. En un llanto que nunca salió, o la palabra hiriente que atravesó el aire, o en el encuentro que jamás se realizó. Una hora en que la espera se despedazó en ilusiones rotas, o que simplemente naufragó entre pocillo y pocillo de café cortado con un chorro de leche, y servilletas de papel amasadas por dedos ansiosos.
Cuántas veces con una sola hora, hubiera evitado una mala idea, y también toda una sarta de errores y pelotudeces. Una sola hora, unos 60 minutos, unos 3600 segundos. Una hora arrancada de cuajo, con un corte tan perfecto que no dañe al segundo que viene arrastrando el tiempo detrás.
Ahora, devuelven la hora.
Esta medianoche me darán la hora que me sacaron. Me la devuelven. Sé que ella no dirá ni mú, a lo sumo un rítmico tic tac, y se pondrá a continuación de las otras, para volver a formar parte de mi historia.

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Suposiciones

Se supone que vienen las fiestas de fin de año y uno debe decir buenos augurios y deseos benévolos, benéficos y bellos para todos.
Se supone que el espíritu navideño deba primar por sobre todas las cosas; que los renos y los gorritos de Papá Noel, el colorado, el verde, angelitos y pesebres, ilustrarán cada página de nuestra vida durante dos semanas; que llegarán emails y más emails de todas las empresas, medios, prenseros, consultoras, agencias, y demás contactos, con campanitas, con pinitos, cintitas de colores, estrellitas plateadas o doradas, botellas que se descorchan, la Sagrada Familia en todos los estilos, y más deseos y deseos de paz y amor para todos, y de un 2008 excelente, fructífero, esperanzador, y montones de power point, con más amor, y más amor, y que se cumplan todos tus deseos, sueños proyectos, anhelos, ilusiones, y la de los tuyos, obviamente.
Se supone que también suenen los din, don, dan; los ho, ho, ho y noche de paz, noche de amor. Se supone que los festejos copen los restaurantes, las cenas de todos los de la empresa se hagan tan necesarias, como las cajas con pan dulce y esos turrones duros y secos que casi nadie come, también se supone que se empiece a ver con quién se pasa el 24, el 25, el 31 y el 1º. Y que algunos se pongan en pedo, que otros exploten cohetes, y los más adinerados quemen su plata en fuegos artificiales que salen un ojo de la cara, el mismo ojo que vendado supuestamente ocupará todas las tapas de los diarios.
Se supone que mi mamá me diga qué carajo me pasa que no me gustan las fiestas, y yo le diga que supuestamente eso empezó a los tres años cuando mi primito me quemó la ceja con una estrellita que, se supone, es dentro de la pirotecnia lo más inofensivo, y que se agudizó cuando el supuesto Papá Noel no me trajo lo que le pedí, porque supuestamente se había perdido la cartita. Se supone que ya esté cansada de varias cosas, y que esté cansada de hacer lo que se supone normal, civilizado, políticamente correcto para todos.
Se supone que esté loca si me compró un pasaje y no le digo a nadie de los que suponen que voy a ir a las cenas familiares, ya pactadas y prolijamente armadas desde hace 15 días, y que recién los llame desde miles de kilómetros de distancia, donde supuestamente no haya ningún arbolito artificial brillando con sus lamparitas eléctricas, y sus bolas colgando de cada rama, ni tampoco ningún viejo se disfrace de Papá Noel y se muera de calor dentro de un traje de simil pana rojo.
Se supone que tenga estas fantasías, pero que después supuestamente me olvide de todo y conteste los emails, escriba saludos, compré las peladillas, las nueces y los turrones, que envuelva los regalos, y que chupe champagne hasta olvidarme que mi tía de ochocientos años me diga una vez más en la noche del 31, ojala que este año tengamos casamiento.
Se supone.

Hombres afeminados: los preferidos de las chicas

Siempre imaginé a los investigadores como personas circunspectas, que miraban a través de un microscopio buscando algo. Con esa mirada de estar buscando algo, vaya a saber qué, bichitos malos que hacen daño a las personas. O tal vez, mirando a las estrellas, con esa mirada de mirar a las estrellas; o metiendo y sacando cosas de frasquitos, aquí no hay una mirada específica de meter y sacar; o creando bombas nucleares, aquí podría haber una mirada de estar creando bombas nucleares, que también debe ser meter y sacar cosas de algo, en este caso serían atómos.
Ya lo sé, mi imaginario de los científicos es muy rudimentario. O por lo menos, ingenuo.
Pero, resulta que cada tanto aparece un informe que habla de científicos "chusmas", qué quieren que les diga, esos que se meten a ver qué le gusta a este, a esta, por qué las solteras viven menos, o por qué a las mujeres inteligentes les cuenta más casarse, o si es mejor dormir solo o acompañado. La verdad esto ya es ser chusma. Y además, a quién carajo le importa todo esto.
Una de las últimas conclusiones a que llegaron es que "las mujeres consideran que los hombres con rasgos afeminados son más fieles y se implican más en una relación sentimental de larga duración que aquellos que tienen un rostro viril".
Y no lo dice Chiche Gelblum, el investigador vernáculo de estos temas que asolan a la humanidad. El periodista de las corbatas vibrantes salió una vez con que los hombres que usan camisas rosas son infieles. Chiche, juro que salí con hombres que odiaban ese color y eran los más putañeros del mundo.
No, está conclusión la saca un grupo de científicos británicos de las universidades de Durham y St. Andrews. Ellos han llegado a esta resolución tras haber pedido a más de 400 hombres y mujeres, también británicos, que adivinarán la personalidad de una muestra de varones a partir de simples fotografías modificadas.
La investigación, realizada en Internet, consistió en que los participantes pusieran nota a una selección de caras en función de criterios fijos, como la propensión a mandar, la ambición, la riqueza, la fidelidad, el compromiso, las aptitudes parentales y la afectuosidad.
La muestra consultada estimó que los hombres con mandíbulas cuadradas, narices alargadas y ojos pequeños eran más dominantes, menos fieles, y tenían tendencia a ser malos padres, además de tener carácter hosco.
Por el contrario, consideró que aquellos con los rasgos afilados, con labios redondeados, ojos alargados y cejas curvadas eran más idóneos para mantener una relación sentimental de larga duración que los anteriores.
Los hombres saludables recibieron mejores notas que los enfermizos y las caras añosas también desbancaron a las jóvenes. Según los científicos, las mujeres suelen estar de acuerdo a la hora de determinar la personalidad de un hombre a partir de una fotografía y les basta con ello para decidir si quieren emparejarse con él.
O sea que hay que buscar un hombre con rasgos afilados, labios redondeados, ojos alargados y cejas curvadas, ¡mierda no sería un Hernán Caire! Out.
Y además, obvio que los tipos saludables te dan más ganas de ver, con perdón de los hechos mierda, y quién no quiere comerse un bombocito joven y durito.
Una vez más se los digo: científicos me tienen podrida. Lo único que puedo decir cuando miro una foto de un tipo que no conozco, lo más que me sale, es ¡qué bueno qué está, o qué feo!
Y eso no garantiza tampoco que, detrás de toda esas aparente fealdad, se esconda un ser excepcional.
Carajo, estas investigaciones, por lo menos me divierten un poco y generan debates entre mis amigas… pero eso en el próximo post.

Razones para amarlos

Algunos dicen que sueno muy feminista y puede ser verdad, pues en ejercicio de mi condición de mujer, muchas veces no he hecho más que reprochar, echar en cara, decir cosas de ellos: los hombres. Los he acusado, insultado, dejado de lado y hecho reclamos sin piedad. Y si es feminista poner en su lugar a más de uno, bueno lo seré. Pero, la verdad es que me gustan los hombres.
A pesar de tantas idas y venidas, y de tantos fracasos sentimentales, no los detesto, ni los defenestro. Ni los pongo en el frontón de fusilamiento. Creo que sin ellos la vida sería terriblemente aburrida, insoportablemente monótona. ¿De qué hablaríamos las mujeres cuando estamos juntas sin ellos por el medio?
Hay cosas que me hacen sentir: qué bueno que ellos sean hombres y nosotras mujeres, qué bueno eso de lo masculino y femenino. Qué bueno que no seamos iguales.
Muero cuando los veo frente al televisor sudando como locos, con la mirada concentrada en esos hombres que corren detras de una pelota, en una actitud casi paranormal, sufriendo más que cualquiera de nosotras con dolor de ovarios porque su equipo va perdiendo. Y cuando saltan como el animal más enfurecido para gritar ¡goooool! con todas sus fuerzas, porque es algo que surge del instinto más primario.
No hay nada que me conmueva más que ver a un hombre llorar, quizás por eso que los marca de chicos, de que los hombres no lloran y que son pocos lo que se atreven a mostrar la hilacha, la hilacha de su corazón roto, de su pérdida irreparable, de su frustración más íntima, de su debilidad. El llanto de un hombre se asemeja al de un niño. Hay un dicho que dice que cuando una mujer llora un ángel nace en el cielo, yo creo que cuando un hombre llora, a ese ángel le crecen las alas.
Adoro cuando, contra todo pronóstico, cocinan una rica cena, aún cuando luego la cocina parece salida de la publicidad de Mr. Músculo, todo un caos en un minuto. Pero en ese infierno de ollas y platos sucios, ellos con una sonrisa de oreja a oreja esperándonos para darnos la sorpresa.
Los amo cuando suben al colectivo cargando a su hijito, junto a la mochila, para llevarlo a la guardería. Me enternece cuando entran a comprar ropa para alguna mujer y más si es lencería. Cuando esperan sentados en medio de una tienda femenina que terminemos de probarnos las prendas que llevamos. Me enloquece cuando se enferman y son peor que un bebé con catarro, se quejan, no aguantan la fiebre, la picazón, el dolor de garganta, todo se vuelve catastrófico, nada es igual con ellos en la cama, todo gira a su alrededor, se vuelve indefensos, desprotegidos, una especie de niños consentidos.
Me hacen sonreír como una boba, cuando los veo con un ramo de flores por la calle, o cuando le dan un beso cariñoso a su novia en el colectivo, en un cine, en el bar de algún lugar. Cuando nos dicen, no estás gorda, o ya va a pasar. Me gusta cuando cantan en la ducha, la cara circunspecta en el ritual de la afeitada, cuando escriben una carta de amor sin ningún motivo, cuando ofrecen valientemente sus piernas para calentar los pies fríos, o cuando te llaman a las 12.01 el día de tu cumpleaños. Me gusta cuando te alientan a seguir, cuando son los compinches de tu vida, cuando se ríen con vos de cualquier pavada y cuando pueden, aunque les cueste más allá de la genética, decirte la verdad sin medir consecuencias. Cuando te dejan expresar sin imponerte nada, y cuando cierran los ojos mientras les decís cuánto los querés. Cuando se excitan y te buscan como animal en celo.
Suelo escribir protestas, quejas, enojos, y hablar de la fauna masculina, y lo seguiré haciendo, pero hoy me dieron ganas de decir que por todas estas cosas, y otras muchas más, siempre se espera que el próximo sea el que al final cierre la puerta y una no tenga que volver a abrirla para ir a jugar.

De confusiones y amor

Cualquiera que haya dicho alguna vez “estoy confundido” a una pareja sabe que la frase es una completa paradoja. Nunca se está menos confundido que cuando se dice estarlo. El sólo pronunciar estas palabras le pone fecha de vencimiento a la relación. Es cuando se comprende que nada volverá a ser igual, que todo acabó, y muy probablemente se huela la presencia de una tercera (o tercero) en discordia.
No se tome como regla, pero, dadas mis investigaciones empíricas, las mujeres suelen separarse sin otro en el medio; mientras que en los hombres es más frecuente que cuando cambian el modelo, ya tengan un 0 km comprado en la concesionaria.
Más allá de que exista un repuesto pululando o no detrás de una puerta, realmente es difícil tomar la decisión de separarse. Hace un tiempo leí un reportaje que le hacía Roberto Pettinato a Maitena donde ella opinaba que una mujer tarda aproximadamente un año y medio para separarse luego de haberse dado cuenta de que éso era lo que quería hacer.
Por eso el "estoy confundido", la mayoría de las veces que es pronunciado, oficia de antesala de una ruptura. La concebida frasecita nunca viene sola a la fiesta, por lo general trae como acompañante un “tomémonos un tiempo”. Siempre tomarme un tiempo me pareció pelotudo, inmaduro y por sobre todo: cobarde.
Ese lapso en realidad es como un sedante, como aplicar un goteo de Rivotril al sentimiento. Esperar que el dolorangustiadesasosiego se diluya en los días que dure la separación con la secreta esperanza de que el golpe duela menos.
Es un período donde se dilata el momento de decir “no quiero estar más con vos”, que debió reemplazar al “estoy confundido”, y que si bien puede sonar a un disparo directo al corazón, siempre se agradece una muerte rápida y no una larga agonía.
Más allá de la paradoja, el concepto de confusión pasa por otro lugar. La frase mencionada encierra en sí misma una verdad. Porque la confusión está, existe, late, corroe, atormenta y aleja, y por lo general se da con personas que consideramos buenas.
La confusión no está en esa decisión interna e íntima de que la relación no va más, sino en el terrible cuestionamiento que nos inquieta hasta dejarnos pataleando en el desconcierto: ¿no nos estaremos equivocando al dejarlo? Y si con el tiempo nos damos cuenta de lo maravillosos que son, y tal vez cuando quérramos volver, perdiste alpiste no nos den más bola, o tal vez esten felices y contentos con otra u otro.
Qué difícil es salir de la confusión, qué difícil es no saber si se ama, si se quiere o se tiene mucho afecto, y como se tiene tanto afecto no se quiere lastimar al otro, y como no se quiere lastimar al otro no se le dice que uno no sabe si lo ama, lo quiere o le tiene afecto, mucho. Es un trabalenguas sentimental. La mayoría de las veces este trabalenguas tiene una elipsis en el "no me pasa nada, son ideas tuyas".
Qué difícil es tratar de viajar al futuro para ver las consecuencias de nuestros actos, qué difícil es descubrir y aceptar que cuando el amor muere no hay vuelta atrás, aunque el otro sea un remanso de bondad.
La verdad, estoy confundida.

La gurú no puede

Muy a mi pesar, me he convertido en una especie de gurú seximental para mis amigos. Ya no se sorprenden de las barbaridades que digo, que son muchas y variadas. El otro día me preguntaron en plena reunión de cumpleaños si todas mis citas a ciegas habían sido un desastre. Fue cuando recordé una que había sido un éxito, una atracción fatal, pero en la cual justo estaba en mi período menstrual, situación que abortó todo intento de sexo. “Ella es tan sutil para contar las cosas”, dijo un amigo cuando terminé de narrar al detalle esa experiencia frustrante. Lo bueno es que mi sutileza no le impidió comer la torta de chocolate.
No sólo no se asustan de mi inhibición al hablar de sexo, sino que recurren con consultas del ámbito amoroso a mí. En cualquier momento me pongo un stand en alguna feria, como esos que tiran el tarot en la Recoleta. Miss Malizia le aliviva sus males del corazón. Unión de parejas en menos de 24 horas.
No sé por qué recurren a mí. No me canso de decirles: no les parece que si supiera tanto me tendría que ir mejor (lo del cuarto es un work in progress), pero bueno como bien dicen: en casa de herrero cuchillo de palo, siempre uno da buenos consejos o ideas para los demás, que luego jamás emplea o que si las emplea le va para el culo.
También sospecho que me llaman por otra cuestión, es que soy amplia a la hora de dar libertades. Digamos soy la amiga que te va a dar permiso para abrir la puertita para ir a jugar. No soy ni la castradora, ni la que te juzga, ni la que te corta la inspiración. ¡Vamos para adelante! Porque siempre apunto a que las personas hagan las cosas que sientan, nada de reprimirse o jugar en el área donde el ego gobierna.
Si me llaman y me dicen: ¿tengo sexo en la primera cita? Mi respuesta es: no sé pero por las dudas depiláte y lleva forros en la cartera. Si me cuentan que un chico mucho menor quiere salir con ella, le dijo: ¡Qué suerte! ¿Dónde lo encontraste? Aclarándole que menos de 18 es estupro. Si me preguntan, le digo que lo engañé. Le hago jurar sobre la Cosmopolitan, que jamás lo harán. Y si me dicen, que tienen una primera cita, la máxima: no le hablés de tu ex y no preguntes de la de él. Porque quizás no sea ni más fea, ni más gorda, ni menos inteligente, ni menos simpática que vos, y tal vez lo siga llamando de vez en cuando. A las ex mejor dejarlas en el universo de la dimensión desconocida. Cuánto más desconocida mejor.
Otras de las cuestiones más típicas que me preguntan es el famoso: ¿lo llamo o no lo llamo? Son muy pillas cuando recurren a mi con esta pregunta. Porque ya saben lo que les voy a decir.
Shit. Parezco Moria, si querés llamarlo, llámalo. Hacé lo que sientas, y no le des bolilla al ego, que siempre aconseja a su favor. Él no me llama, yo tampoco; él no me escribe, yo menos; entro en el Chat, y lo veo, si no me habla primero no le hablo. Basta, hagan lo que sientan, tenés ganas de verlo decisélo; tenés ganas de besarlo, bésalo; tengas ganas de coger, cógelo. Basta de autoimponerse lo que no se quiere, sólo porque no sé si corresponde, o qué pensará de mí, o lo que es peor por qué tengo que dar el primer paso. Creo que en esto las mujeres nos cuestionamos más.
En fin…ahora me hago una pregunta a mi misma: ¿por qué si tengo tan clara estas cosas, cuando las llevo a mi vida me salen tan mal? Será porque siempre somos mejor gurú para la vida de los demás que para nosotros mismos.

Detalles

El amor se construye con detalles. Estoy segura de que no es algo grandilocuente en su expresión sino en su construcción. Casi como una pirámide en medio del desierto, al verla uno abre la boca por su magnificencia, la ve como un todo, enorme, bella, desafiando los vientos y la arena, resistiendo embates siglo tras siglo. Mostrándose orgullosa frente a los mortales. Pero, cuando se acerca se da cuenta de que está hecha piedra sobre piedra, apiladas armoniosa y estratégicamente. En cálculo perfecto y meditado.
El amor es igual, es apilar día tras día, mes tras mes, año tras año detalles, que se traducen en gestos, palabras, sonrisas, caricias. Es eso. Hay que tener la constancia de un constructor y la sabiduría de un arquitecto en diseñar bien, en ver cómo van apiladas esas cosas, que pongo aquí y allá, qué descarto porque no sirve, qué elijo para que no se vengan abajo y nos arrastren irremediablemente en la destrucción.
Me imagino un inmenso puzzle tridimensional, donde cada pieza va formando una historia, un encuentro, una mirada por aquí, esa cosquilla por allá, el día que me besaste bajo el puente de Avignon, el otro que te lleve el desayuno a la cama un día cualquiera, aquel que corrimos porque volabas de fiebre en medio de un viaje, y ninguno hablaba el idioma del lugar, el día que mientras te contaba con tristeza que no había conseguido la entrada al concierto, vos sacaste dos tickets, tal como un mago, de tu bolsillo y me la regalaste. Aquella vez que nos peleamos la noche antes de mi cumpleaños, y yo me fui a cenar con mis amigas; cuando volví, ya empezado mi día -a la madrugada-, estabas esperándome en la puerta de mi departamento.
Los detalles pequeños y maravillosos lo van construyendo. Nada de luces de neón y palabras ampulosas, el "te amo" se escribe con ellos. Son traviesos juguetones, deseosos de aventuras, de sorpresas, arrancan suspiros y se meten en el alma sin que nos demos cuenta, escarban y hechan raíces, dan hojas que se convierten en sentimientos, que se meten por aquí y por allá. Les gusta enredarse en nuestra mirada y treparse por nuestra sonrisa. El amor lo sabe pero los deja, porque sin ellos nada tendría el mismo sabor.

Collares, collares

Tengo una caja en la que guardo mis collares. Soy adicta a ellos. Transito períodos de enamoramiento absoluto donde cada día luzco uno diferente, y otros de rehabilitación en los que ninguno se posa en mi cuello. Mis amigas me tienen prohibido comprar uno más. Pero, bastante a menudo rompo la prohibición y caigo bajo el poder de cuentas de colores.
Es que tengo muchos, muchísimos, algunos más nuevos, otros de hace años, hay cierta cantidad que fueron obsequiados por personas que conocen mi adicción. Regalo que siempre es muy bien recibido.
Algunos fueron comprados en los rincones más exóticos del planeta; otros en el barrio del Once, en la Ciudad de Buenos Aires, un rincón no menos exótico del planeta.
Tengo collares que salieron pocos pesos, una pichincha, una ganga, cómo no comprarlos; y otros bastantes caros, qué horror, no puedo gastar eso... pero es tan bonito. ¡Cash! Algunos pertenecieron a mi abuela, son los que adoro. Son tan ella.
Desde hace un tiempo sospecho que mis collares en cuanto cierro la tapa juegan dentro de la caja, en la más completa oscuridad. Son juegos a los que puedo calificar de verdaderas orgías por como los encuentro. Entrelazados, revueltos, amorosamente enmarañados. Piedras brillantes y semillas autóctonas, cuentas de cristal barato con perlas grises que mi madre asegura son carísimas.
Cada vez que quiero sacar uno, nunca viene solo, supongo que arrastra a sus compañeros de juergas, una verdadera madeja, muy difícil de desenredar. Collares orgiásticos. Unidos a más no poder, mezclados pero no pegados, anudados pero sin ningún nudo.
Cuando esto sucede, me tomo el tiempo necesario para lograr la separación, confieso que por momentos parece imposible. A veces suspiro más de la cuenta, y protesto el doble, pero luego me calmo y comienzo la tarea como si mis manos fueran algo etéreo, pues temo romper a alguno. Me dolerían las cuentas rebotando inquietas sobre el piso.
En un preciso instante esa maraña de hilos, cordeles, perlas, cuentas, engarces, y eslabones se desarma. Es casi como ese truco que hacen los magos con las cuerdas, uno no se da cuenta de cómo sucedió pero de pronto el hilo cae perpendicular al piso sin ningún nudo. Así como por arte de magia, sin avisar, siempre me sorprendo cuando el ovillo caprichoso se desarma, me provoca una exquisita tranquilidad.
El otro día cuando sucedía esto, no pude dejar de pensar que en la vida sucede lo mismo, que por más que las cosas parezcan collares enloquecidos enredados en una madeja infernal, junglas de problemas que parecen sin salida, uno enlazado con otro, orgías impúdicas de complicaciones, aunque parezca que jamás podremos desenmarañar esa agotadora realidad siempre hay un instante en que los nudos comienzan a aflojar, en que con un movimiento, pasar de acá a allá, tirar y volver a aflojar, de pronto cada cosa ocupa su preciso lugar.
Muchas veces, para mantener el orden en la caja, pensé en comprar bolsitas de celofán y poner cada collar en una. Pero prefiero seguir así y sentir que puedo ordenar un caos sólo con mi buena voluntad.