Corrí hasta la esquina del café, y recién ahí levanté mi mano parando un taxi, quería llegar lo antes posible a mi casa. La ciudad iba pasando a los costados, como si fuera un decorado de papel, y yo lo único que hacía era llorar, con un llanto silencioso, las lágrimas me caían por las mejillas, lloraba como una nena, no podía parar. El taxista me miraba por el espejo pero no me decía nada. Mejor, no hubiera soportado preguntas, y mucho menos consejos a 3,80 la bajada.
Cuando cerré la puerta del departamento, sentí que había roto un hechizo. De pronto, como si hubiera salido de un eclipse, las cosas se habían aclarado, y sabia que mis verdaderos sentimientos estaban con él. Y no por deber, sino porque lo quería con todo mi alma.
Lo mejor cuando se está perdida es retomar las coordenadas, a ubicarse en el mapa, y buscar la ruta que llevará de nuevo al lugar donde se debería ir.
Sentada frente a Martín, y mientras él volvía a ejercer esa seducción propia del encantador de serpientes, pude ver, detrás de su sonrisa una cara, y detrás de esa cara no vi nada más, no sé por qué, pero me di cuenta de que esa pasión que sentía por él era una trampa, un castillo de naipes muy ardiente, que no duraría más que unos buenos polvos. Él era adrenalina en mi vida, pero tanta adrenalina puede provocar un infarto, y a veces, la calma, aunque parezca aburrida, es el lugar donde se encuentra la paz. Sé, y me avergüenza decirlo, que estaba jugando inconscientemente con él, o no, estaba jugando conmigo misma, esa paja mental, ese desear lo que no se puede, lo que no está al alcance. Ese regodearse en fantasías para boicotear lo que se tiene, como si nunca me alcanzara ser feliz con la realidad.
-Voy a cortar con Candy- me dijo sentado en el bar.
Y, pese a que esa declaración podría haber abierto una posibilidad entre nosotros, fue la frase que disparó mi liberación. Porque me di cuenta de que aún libre, yo no podría formar nada con él. Entonces, me sinceré. Le empecé a contar mi historia con Nando sin ninguna omisión, y sobretodo con los sentimientos sobre la mesa, y mientras se la iba contando, una a una, fueron apareciendo las imágenes, y una a una fue construyendo la ruta que me llevó a estar en pareja hoy. Ya no me sentia perdida.
Al final le dije que Nando es el hombre con el que quiero construir algo, y al decirlo, supe que estaba sacando la carta de abajo del castillo.
Mi hermanastro seguirá siendo mi hermanastro, no sé si él cortará en serio con Candy, pero yo no quiero tener nada más con él sino una relación de familia. Es mi decisión. Quiero apostar a mi relación. Habré sido muy rotunda en mi accionar, o muy sincera con él, porque no ofreció ninguna contraofensiva. Y cuando lo saludé con un beso, me dijo: “Que seas feliz entonces”.
Se me cerró la garganta, y casi me pongo a llorar ahí, pero le dije, gracias, eso espero.
Sé que la felicidad no es algo utópico, se construye a partir de las propias decisiones, sé que para tener felicidad muchas veces hay que luchar contra el peor enemigo, nosotros mismos. Lo sé.
Salí corriendo de ese bar a buscar a Nando para decirle que ni se lo ocurra dejarme de nuevo, porque lo mato. O por lo menos, le rompo la otra pierna. Y que parezca un accidente. Soy feliz.
* En 24CON está publicado el post El publicista sexual, si tienen ganas dense una vuelta.