15.5.08

Tiempos verbales

-¡Uauuuuu!, mirálo al del cuarto! ¡Geniaaaal! Mali, tenés los dos a tiro. El hermanastro comprometido con la situación de su nueva hermana alcohólica. ¿No te querrá llevar a AA? Me muero, me muero- dijo Mona, efectivamente muriéndose de risa-¿Yyyyyy... cuándo te vas a coger a morir con el del cuarto? Hácele soplar la vela, o mejor soplásela vos, já, já, já.
-Dale reíte a costa mía. ¿Por qué no te ponés un poquito en mi lugar?
-No sabés con que gusto me pondría en tu lugar, debajo de Nandito.
-Córtala Mona. Todavía no sé si viajar, es muy complicado, porque sé que serán días buenísimos, supongo, ¿y después qué?
-Y después te pasás un año acordándote de los días buenísimos, mejor éso que estar un año imaginando los días buenísimos... que podrías haber pasado. No seas tan melodramática, Mali. Además, ¿qué tanto problema? Vas, ves cómo está la cosa, y después, siiii tooooodo resulta bieeeen, le rompes las pelotas para que se venga. Sexo y rompimiento de bolas, sexo y rompi...
-Mona, ¿vos fumaste? ¿Qué fácil, no? Total los sentimientos son de plastilina, hoy los hago con forma de corazón, mañana un signo de interrogación, o un punto final gigante, y pasado hago bolitas y las tiro al inodoro.
-De plastilina es tu bocho, nena dejáte de joder. ¡Tenés que ir! Y no quiero escuchar un no. En dos horas paso, y te ayudo a decidir qué llevar. Aunque yo lo único que pondría sería una caja familiar de forros……Bye darling.
Ni me dio tiempo a decir, qué bruta que sos. Cortó. No pasó ni media hora que me llamó Loli, diciéndome si yo estaba loca, que ni se me ocurra ir, que el del cuarto es un caso serio y que mejor me olvidé de él y de los consejos de la loca de Mona.
En parte las dos tienen razón. Mona siempre me incita a ir más allá, Loli va a lo seguro. ¿Y yo qué deseo? ¿Qué es lo que quiero para mí? ¿Puedo estar segura si no arriesgo, o quizás el arriesgar me dé la seguridad que necesito para aclarar mis sentimientos?
Siento que es mejor hacer las cosas y no quedarse pensando cómo hubieran sido. No se puede especular con lo que hubiera pasado sin caer en trampas mentales, el pluscuamperfecto del subjuntivo es un tiempo verbal muy peligroso, porque se acerca demasiado a la queja inconclusa. El hubiera o hubiese es un lamento eterno.
Si algo me quedó de mi pareja en Miami, el hombre que algún llegué a pensar sería el de mi vida, fue su dicho: “y si mi tío tuviera tetas”. Él siempre me decía eso, cuando yo empezaba con un: “Si hubiera hecho esto o lo otro”.
Cuando en su momento tuve que decidir si dejar todo, trabajo incluido, e irme a vivir con él. Lo hice. Me llevó tiempo decidirme. No es fácil dejarlo todo y partir apostando a futuro, que en ese momento suena maravilloso, porque cuando se empieza una pareja es para que salga bien. Hay que ser o muy masoquista, o muy negativo, o muy loco para empezar una relación diciendo: esto va a ir para la mierda, nos vamos a llevar re mal, esto no da para ni dos meses.
Siempre soy positiva, y pienso que todo va a salir genial, aunque luego haya salido para la mierda, nos hayamos llevado mal y no hayamos durado ni dos meses.
En la época que estaba debatiéndome entre ir, o no, a Miami, un día tuve una visión. Me vi de unos ochenta años, sola, amargada, pensando que había perdido al amor de mi vida, sólo porque no me había animado a ir. Fue una total revelación.
Al otro día lo llamé y le dije:
-Voy. Esperáme en el aeropuerto, no quiero ser una vieja llorando por lo que hubiera podido ser.
Él no entendió por qué yo sería una vieja llorando, pero estuvo en el aeropuerto esperándome.
La cosa no funcionó, me volví en menos de un año. Tal vez a los ochenta sea una vieja amargada y esté sola, pero de una cosa estoy segura: no voy a pensar que él hubiera sido el amor de mi vida.
Mona tiene razón, tengo que vencer mis propios miedos, mi inseguridad, subirme a ese avión, y ver qué carajo pasa entre nosotros. Después de todo pasó mucho tiempo y las cosas pudieron cambiar. O no.
Creo que no me voy a morir en el intento si voy a visitar al del cuarto, y si apago las velitas lejos de casa. No será la primera vez que lo haga. Después de todo, el presente perfecto del subjuntivo se dará cuando yo haya ido.

*

10.5.08

Dos llamados

Ayer recibí dos llamados. No me había repuesto del primero cuando atendí el segundo. Estuve a punto de no atender, no porque supiera quién me llamaba, el número que figuraba en la pantalla no me resultaba conocido, sino porque no quería hablar. Tenía la cabeza ocupada en el primer llamado.
En ese caos mental, en que estaba luego de la primera conversación telefónica, hice algo insólito: tomé la llave del departamento del cuarto y me fui allí. Hacía mucho tiempo que no iba, las pocas plantas que debía regar las traje a casa para no volver a estar en el reino del que se fue.
Entré tratando de no hacer ruido, aunque no podría haberlo hecho, porque estaba con mis requeteviejas pantuflas de garras; mi, aún más gastado, pijama; y el buzo del algodón gris, manchado con lavandina, que es mi preferido, suave, rotoso. No sé por qué pero necesité estar allí, en su lugar, en su casa, tirada en su cama, mirando el techo, decidiendo qué hacer.
El del cuarto me propuso algo. Es cierto que nos estábamos enviando email de vez en cuando, y que un día yo decidí contestar los suyos con un estilo totalmente formal, elegantemente fríos, desahuciando el amor por completo. Es cierto que aunque yo me lo proponga, no lo olvido todavía, y es cierto, que me miento a mi misma todos los días, cuando me preguntan las chicas y digo: "lo del cuarto ya fue".
No fue un carajo, a quién voy a mentir, a mí en primer lugar, y al resto del mundo, en fila india, después. Pero él sabe y yo sé que no fue. Que todavía está, que aún en este departamento vacío de su figura, se lo huele, se lo siente, se lo intuye en cada rincón. Quizás no sea el lugar, sino yo. No tiene que ver con paredes, cuadros, muebles, ropa. No, él está dentro de mí, como un fantasma que se niega a abandonarme.
A menudo cuando voy por la calle, me parece verlo, es un segundo, o menos, es mi mente que necesita crear su imagen a perfección y semejanza, como si fuera un dios, yo necesito crearlo, para sentir que volvió, que no está a miles de kilómetros.
O me estoy volviendo loca, o las cosas se van complicando cada vez más, y la decisión que tomé ya no es tan cierta, ni tan lógica, ni tan reparadora, es una puerta abierta a mi propio infierno. ¿Qué mierda hago? ¿Cómo hacer para que la razón y el corazón encuentren la respuesta correcta, y no salga cada uno con razonamientos tan dispares?
Estaba en su cama, arropada con una manta que saqué de su placard, pensando en él, cuando sonó el celular en el bolsillo de mi buzo. Ni siquiera recordaba cuándo había puesto mi celular en el bolsillo. Pensé en apagarlo, pero hice todo lo contrario, lo atendí.
Era mi hermanastro quería saber cómo estaba, y si me había repuesto de mi “descompostura etílica”, así la llamó riéndose, y también para disculparse por no haber podido acercarme la copia de la llave de mi departamento antes.
Se la había dado la noche fatídica en que se había comportado como un caballero. Yo, la peor de todas, la más pelotuda de las mujeres, borracha y con la presión por el piso, me sentía tan mal. Al salir del hospital, la presión la tenía normal, pero la que había descendido al piso era la autoestima. Estaba devastada, me sentía como la protagonista de una película clase B, él seguía en carrera para convertirse en milord inglés. Me llevó hasta casa, esperó que me acostase y me arropó, como si fuera su hermanita menor -de hecho lo soy-, y me preguntó mil veces si quería que se quedase, y yo le dije otras mil veces, que no, que me sentía bien. Al otro día me mandó un mensajito preguntándome cómo esta estaba. Y ahí quedó todo.
Estos dos hombres me llamaron la misma noche, con diferencia de una hora. Los dos me hicieron una invitación. Mi hermanastro, que no sabe cuándo es mi cumpleaños, me invitó a un almuerzo sin nada de alcohol; el del cuarto me dijo que tenía un pasaje a mi nombre para que fuera a festejar mi cumpleaños junto a él. El almuerzo lo acepté, el pasaje todavía no lo cancelé.


5.5.08

Sola, solita y sola...

To be or not to be: that is the question”. Decía el atormentado príncipe de Dinamarca, en el acto tercero, escena I, de Hamlet. La otra noche hice una escena horrible frente al espejo, sin número, ni acto, y sin público. Menos mal.
Era yo la que repetía incansablemente: ser o no ser soltera; convivir o no con alguien.
Y estas dudas existenciales, si se quieren, no se dieron porque se me haya vuelto insoportable la soledad, o porque mi tío haya asesinado al marido de mi madre, que en este caso no es mi padre.
No, lo mío tenía un motivo más trivial, corpóreo, cotidiano, hasta diría, intrascendente al lado de los tormentos del alma del pobre príncipe de donde todo olía a podrido. No por eso, menos doloroso. Era el cruel tormento de tener que dormir con una gargantilla pesada toda la noche. Y no hablo de grilletes o algo así. No, hablo de una finísima pieza de bijouterie. Muy cara, y muy rígida. Y muy guacha.
Ser soltera tiene sus privilegios, pero también sus sinsabores. Y uno de esos sinsabores es lo que no se puede hacer sin la ayuda de otro. Algo tan simple, como destrabar un cierre de seguridad de un collar más que rebelde que se negó sistemáticamente a abrirse, a pesar de que fue obligado de las formas más insólitas, incluido gritos, puteadas, y demás. Como si el collar entendiera, hijo de puta abrite, o gancho de mierda cuando te abras te trituro con un martillo, hasta una suplica lastimosa, por favor abrite no me hagas esto, por favor...¡la puta que te parió!
Nada. Parecía soldado a fuego. Estaba allí atado a mi cuello, como un martirio de la edad media. Porque esa pieza no fue diseñada para dormir, sino para lucir parada, sentada, o a lo menos acostada, pero no toda la noche. O lo que quedaba de noche.
La batalla terminó. Gargantilla:1 - Malizia: 0. Y aunque este marcador parezca tonto, más lo era llamar a alguien a altas horas de la noche para que venga a liberarme de mi insólito opresor.
Opté por relajarme, con el collar puesto, por supuesto. Y me preparé un té con hojas de menta. Mientras lo tomaba me puse a pensar las cosas en las que vivir sola me trae este tipo de problemas, cosas tan simples como correr un mueble pesado de un lugar a otro puede demorar horas, o prenderme pequeños botoncitos en la espalda de un vestido, o acordarme justo debajo de la ducha que dejé el shampoo en el bolso recién llegada de un viaje. Si viviera con alguien, un grito de “me traes éso” alcanzaría.
A veces la soledad impone tener ingenio, y así un palo de escobillón sirve para alcanzar lo que un novio de 1,80 o 1.90 toma como si nada; o una franela debajo de las patas de un mueble pesado hace que se deslice más fácil por el piso de madera; en fin, también un piso lleno de gotas de agua, denota la búsqueda de lo que se olvidó en la maleta de viaje, todo es salvable.
Lo es también, una amiga que viene puteando a las 8 de la mañana, para ver qué mierda tengo clavado en el cuello, y por qué dormí casi sentada, y como si fuera una maga digna discípula de Merlín, con un trac, trac, mezclado con una buenas dosis de carcajadas, puede abrir la gargantilla, y después acostarse en la cama, para dormir por los menos hasta las 12 del domingo. Y que nadie, y menos el príncipe de Dinamarca, ose romper el encanto de dormir, nada más, y con un sueño decir que acabamos el sufrimiento de tener algo atado a la garganta.

*

2.5.08

El indescifrable

Hay momentos en que pagaría, sí, pagaría, por meterme en la cabeza de algunos tipos. Algo así como en la película ¿Quieres ser John Malkovich? Estar ahí para poder entender fehacientemente su modus operandi.
Hay tipos que son claros, transparentes, hasta son fáciles de predecir. Está el hijo de puta, que acto tras acto marca este apelativo en los labios de la mujer. La caga, la maltrata, la descalifica, pero siempre mantiene esa línea de hijoputez. Nunca salta a la vereda de los buenos, nunca pisa el palito para que se diga algo de él que no implique una puteada. Él es así. Y nada de lo haga hará cambiar, para mejor, el adjetivo. Es un homo hijoputus.
En la otra vereda, está el bueno, bondadoso, el siempre presente, el que jamás olvida nada, y que anticipa incluso los deseos. En este caso, y debo reconocer con cierta pena, que las mujeres solemos hacer sufrir al homo bondadosus. No sé porque, pero es así, a los tipos demasiados buenos les cuesta conseguir una mujer que no sea demasiado mala. O simplemente, les cuesta conseguir una mujer.

Pero hay otros tipos que son indescifrables, no sabés quiénes son, qué quieren, cómo van a actuar. Es el que no se sabe si está o no, si le gustas o no, que no se sabe cuándo va a aparecer o desaparecer. Esa clase de tipo sería de la especie el homo no sé-no contestus.
Hace poco me tope con uno. Luego de pasar meses sin salir con nadie, debatiéndome entre dos posibles irrealidades, me di una tregua y acepté salir con alguien. Salimos dos veces, en la segunda cogimos. Eyaculador precoz y pito flojo. Demasiado para una noche.
Pero, la primera vez siempre es una puerta abierta a la segunda. Porque en ese primer contacto de dos cuerpos desconocidos en total desnudez, pueden pasar muchas cosas, y también pueden no pasar otras.
Por eso, la primera vez es casi como un examen con derecho a recuperatorio. Aunque esa noche, debo confesar, que después de meses de sequía sexual, me di cuenta de por qué estaban pegados los ceniceros de los telos en las mesas de luz. No tiene nada que ver con el deseo irrefrenable de muchos de llevarse souvenir de los lugares. No, es sólo para que una mujer (desesperada) no se lo rompa en la cabeza al tipo que le prometió llevarlas a las alturas máximas del placer y la dejo en la más completa profundidad del acabado rápido.
Es entonces que la ausencia de llamado, de él, hizo que pensara que tal vez se abochornó, que le dio vergüenza, que no quería volverme a ver. Pero la mente de una mujer no se detiene sólo en estas cuestiones, va mucho más allá, será que no le gusté, o no se habrá calentado conmigo, le habrá molestado cuando saqué el tema del Viagra, habré herido susceptibilidades, y etcétera, etcétera. Y se recuerda, una y otra vez, las promesas de encuentros futuros, y retumba, como un disparo al ego, el clásico, y temido, “te llamo”, que por supuesto jamás llega.
Ya con toda experiencia en el homo borratus, inmediatamente se archiva la espera de llamado, se archivan las posibilidades, se archiva el recuperatorio sexual, y se archiva el caso, como No sé- no contesta.
Y cuando se tiene todo acomodado, bien ahí en el fondo de la mente, y ni siquiera en las 24 horas se le recuerda. Entonces ahí aparece, sí, como de la nada, con un llamadito, un hola en el Chat, un email, algo que dice que sigue vivito y coleando, que se acuerda de vos, y que, aparentemente, no ingresó al archivo del olvido tus datos.
Y vuelve con nuevas promesas, con nuevos te llamo en cinco, te llamo el lunes, te llamo cuando termine, te llamo mañana. No aparece para retomar, sino para prometer cosas jamás cumplirá, porque un nuevo te llamo, será ocasión de un nuevo break. Y quizás pasen meses hasta que vuelva a empezar lo que jamás terminó. Y así indescifrablemente.

25.4.08

Vampiro new age

Desde que el escritor irlandés Bram Stoker creó, en 1897, la leyenda sobre el terrible vampiro al que bautizó Drácula, el cine usó y volvió a usar, y seguirá usando al personaje más chupa sangre de la historia. Un personaje de ficción que fue inspirado, según dicen algunos datos muy confiables, en el personaje real de Vlad Draculea, también llamado "el empalador”, práctica que dejaba a más de uno clavado.
El conde de capa negra y colmillos muy largos para morderte mejor, fue concebido por el escritor cuando, a raíz de una indigestión de cangrejo, tuvo alucinaciones de una especie de rey de los vampiros que salía de su tumba en búsqueda de sangre. Se ve que el apetito del consagrado escritor no se limitaba sólo a los crustáceos, pues murió de sífilis.
Desde esa primera aparición en una novela, hubo vampiros de todo tipo, en todo tipo de filmes, los clásicos de terror, eróticos, pornográficos (en estos no se chupaba la sangre), de ciencia ficción, y hasta de karate, también se hicieron comedias, y no faltaron las típicas series juveniles, porque obviamente el personaje fue utilizado en la televisión, sí, hablo de Buffy, la cazavampiros, y otras muy violentas, como Blade, que también caza vampiros, obviamente. Y no me quiero olvidar tampoco del musical argentino, Drácula, de Pepito Cibrián.
Hoy no voy a hablar del ajo como repelente, (pero por las moscas lo voy a poner en la foto), y tampoco de la estaca en el corazón, ni de su amor imposible. Nada de eso.

Hoy se incribirá una nueva página en la historia de Drácula, pues habrá que agregar un nombre más a la lista, bastante extensa por cierto, de todos los actores que personificaron al conde que se esconde, del sol. A los nombres de Bela Lugosi, Christopher Lee, Klaus Kinski, Jack Palance, George Hamilton, David Bowie, Nicolas Cage, Kiefer Sutherland, Tom Cruise, Eddie Murphy y hasta Leslie Nielsen entre otros hay que agregar ahora el de Chayanne.
Sí, queridos, el boricua sexy, el cantante, el que quiere ser torero, ahora dejará el traje de luces para calzarse capa y colmillos extra large. Hace unos pocos días leí un cable en el que decía que Chayanne retornará a la televisión como actor. Será un Drácula bien chévere.
La mini serie, de tan sólo 10 capítulos, se llamará Gabriel, y la transmitirá Mega TV. Sinceramente, prefiero al boricua moviendo sensualmente su pelvis a verlo de vampiro. No me da el fisic du rol, lo veo muy rellenito. No sé, a mi me gustan los vampiros, si se puede elegir, como el que hacía Bega Lugosi, bien blancuzco y deteriorado, y al chiquito Chayanne, se lo ve lleno de salud, y de músculos trabajados.
Tal vez en este punto del relato, algunos estén rememorando su paso por las telenovelas argentinas, junto a Araceli, la González. Y otros estén tratando de olvidar ese paso. Y otros estén dando las gracias de no haberlo visto nunca.
No sé yo lo veo más de torero, o de bailarín de salsa, pero de vampiro ni ahí. Los productores aseguran que será un vampiro fuera de lo común, y no me queda la menor duda.
Gabriel "se sale del molde" ya que tiene cualidades muy humanas, destacó el intérprete en declaraciones a la revista People en Español en su página digital."Es un vampiro que tiene fe en Dios, que camina en la luz, que puede entrar a una iglesia. El odia ser inmortal porque quiere ir al cielo a reunirse con su gran amor", comentó.
O sea, es un vampiro de mierda, lo único que falta que sea vegetariano, y en vez de hincar el diente en la yugular, lo haga en un tomate, o berenjena.
¿Qué clase de vampiro es entonces? Las cosas por su nombre. Un vampiro no puede caminar en la luz, ni entrar en una iglesia, ni ver una cruz sin espantarse y huir despavorido, y mucho menos tener fe en Dios.
Si quiere hacer de vampiro, que lo haga en serio, porque Bram Stoker, se debe estar removiendo en su tumba al ritmo de la salsa, y el empalador debe estar preparando un palo de 3 metros de largo para limpiar su nombre. Por eso, vampiros, vampiros eran los de antes, dejénse de joder.
*

16.4.08

La historia con fin

A veces los finales de las historias terminan bien, o más o menos; a veces no sé sabe cómo terminan, entonces se dice que son finales abiertos, como si en vez de the end, en la pantalla apareciera un signo de interrogación gigante; a veces los finales son tristes, o malos, o imprevistos, atacan sin avisar. Pero, no hay nada peor que un final en el cual no se quiere estar.
Todo empezó cuando mi mamá me llamó por teléfono. Desde que se casó no la vi personalmente, y nos estuvimos comunicando en tiempos desfasados. O sea, a través del contestador, ella deja mensaje, yo contesto; ella contesta mi contestación, y yo la suya. Eterna cadena de mensajes madre-hija. Pero, el último domingo, mi mamá me encontró.
-Por fin, ya me siento alguien del campo tratando de hablar con Cristina.
-Bueno, me encontraste, qué conflicto tenemos que resolver, si todo te va ma-ra-vi-llo-so, y ya me contó tu hijo, o sea mi hermano, que volviste rejuvenecida de la luna de miel. ¿Y tu tortolito cómo anda?
-Bien, bien, tapado de trabajo, pero feliz, imagináte se casó con tu mamá.
La verdad no sé si mi vieja estaba rejuvenecida pero que estaba de mejor humor, de un brillante humor, no cabía la menor duda. Dos chistes en menos de 5 minutos. ¿Habrá tenido sexo lujurioso durante quince días? Ay, Dios mío, cómo pienso esto, si siempre los padres son asexuados para los hijos. Estaba pensando todas estas estupideces (o realidades), cuando escuché, que mi mamita querida me invitaba a una cena.
-Sí, Fran y yo, queremos invitarlos a casa, a ver si podemos reunir a la prole. Los tuyos, los míos…
-Por favor, decime que no vas a adoptar, porque gestar no podés, decime que no vas a agregar un: los nuestros.
-Hijos no, pero nietos, quién te dice.
-¿Y cuándo es la cena? -dije haciendo tremendo "ole" a su indirecta, ¿o directa?
-El martes que viene. Tus hermanos ya lo agendaron, y Fran me dijo que sus hijos ya le dijeron que sí. Además, le vamos a mostrar las fotos de la luna de miel…y…. y….
Mi mamá seguía hablando de lo que pensaba cocinar, y no sé que más, pero yo sólo podía pensar en mi hermanastro, desde el casamiento de ellos no lo había visto más.
Miento, lo vi una y otra vez en mi computadora.
Porque la guacha de Mona le hizo chiquicientas tomas con mi cámara, sin decirme nada el día del casamiento. Y cuando las bajé, tenía un book de él, sin su novia, por supuesto. Delante, atrás, bailando, sonriendo, brindando, sentado, parado, con saco, en camisa, le faltó sacarle en el baño. (Qué pena.) Por lo menos, a través de la pantalla no me daba taquicardia.
A veces la vida nos depara pequeños milagros a las solteras, como, por ejemplo, encontrarnos un día que estamos espléndidas a un ex, o que el chico que nos gusta vaya al mismo recital y esté justo delante de nosotras; o que un hermanastro venga a la cena de recuentro familiar sin su novia. Vaya a saber por qué, pero vino solo.
A pesar de que mi cerebro estaba más que acostumbrado al estímulo de su imagen, cuando ésta hizo aparición en escena, tuve las dos reacciones típicas frente a él. Mi corazón empezó a acelerarse, mal, horrible, y empecé a sentir algo que me subía como una hiedra intimidante por el cuerpo, timidez. ¿Yo tímida? Imposible. Pero, en esa situación me convierto en la más tonta fémina, y lo único que atino, es a reírme, hablar sin parar, en ese orden o viceversa, y por supuesto beber. Y debo aclarar, que no suelo beber con frecuencia, y menos mucho.
Al terminar la cena, mi mamá que de tonta no tiene un pelo teñido, armó la cosa para que él me acercara a casa. Creo que se dio cuenta de que me gusta mi hermanastro, después de todo las madres nos conocen, como si nos hubiesen parido.
Cuando me subí al auto, él muy atento me preguntó, dónde te llevo, y yo perdida entre mis síntomas de enamoramiento feroz, y mi pronunciada alcoholemia, logré decirle, al Hospital Alemán.
-¿Vivís por ahí?
-No, al hospital, a la guardia, me siento muy mal –llegué a contestarle.
Juro, que lo que pasó después aparece como una nebulosa. Sólo no puedo borrar el recuerdo de la cara de un médico, enorme, deformada, como si mis ojos tuviesen una lente ojo de pescado, que me diagnosticaba:
-Vos, lo que tenés es un pedo bárbaro.
Por detrás mi hermanastro se sonreía, y me miraba, mientras yo me hundía irremediablemente en el más patético final del cuento de la hermanastra borracha.

*

11.4.08

Última cena (jazz). Parte II

Entramos al pequeño restó del hotel en Recoleta. Por suerte la demora de Mona, consiguió el milagro: quedamos sentadas casi al final, desapercibidas, un poco alejadas de todas las mesas con parejas, con una, dos, hasta cuatro.
-En cualquier momento te beso- le dije a Mona-, prefiero que piensen que somos lesbianas, a que somos dos patéticas mujeres solas, solteras, sin parejas, sin nadie, sin...
-Callate, yegua. Patética serás vos, yo divaine, mirá como me mira el mozo.
-Mona, te lo pido por favor, acoso de mozo hoy no. No estoy de humor.
Y era cierto. Me sentía como perdida en una isla maldita donde “los otros” eran efectivamente todos los otros que estaban ahí. Miré el salón en perspectiva, era pequeño, íntimo, había muchas mesas, con sus correspondientes velitas enterradas en sal gruesa, sólo faltaba que empezaran los saxos a sonar, y yo me cortara las venas con el grisín crujiente y tibio que asomaba en actitud fálica de la panera.
¿Hay algo peor que sentirse sola y estar rodeada de parejas? ¿Casados felices, matrimonios que ya no se soportan, algunos reincidentes? La verdad no me importaba.
Y no es que me preocupe estar sola, porque creo que cada vez me acostumbro más a estarlo, y hasta a veces pienso, si no me estaré acostumbrando demasiado a dormir cruzada en la cama, a dejar todo como se me cante, a usar el control remoto, a preguntarme y responder cosas tipo personaje de telenovela, a ponerme remeras gastadas para dormir, y a hacer lo que realmente me viene en gana, cuando, donde y como quiero. La libertad tiene su precio. Y la mía me cobra por hora. ¿Cómo hago para equilibrar todo?
-¿Equilibrar qué?- me contestó Mona, con la mirada perdida en un punto. Me hablaba pero no me miraba, estaba como extasiada en algo, más que extasiada, concentrada, el ceño medio fruncido. No me había escuchado nada.
-Pendejas de mierda- terminó diciendo, justo cuando me miró a los ojos- ¿Qué decías?
-¿Mona ya estás en pedo? ¿Qué te pasa?- le dije, dándome vuelta para ver qué estaba mirando.
-Boluda, date vuelta, no mirés. Espera un poco, mirá al lado de la columna del medio, la mesa con tres parejas, mirá al tipo que está justo enfrente de mí, de remera negra, mirá la mina que está con él. Ahora, ya.
Me di vuelta y miré. Un hombre mayor (¿70?), pelado, con lentes, remera negra, una chica al lado, linda, delgada, elegante, no sé si llegaba a los 30, lo tenía abrazado. Las otras parejas que estaban en la mesa, no se abrazaban, ni nada parecido.
-Será la hija- dije estúpidamente, sólo para molestarla, pues era más que evidente que la hija no era.
-Hija, las pelotas. Recién lo estaba besando en el cuello. Si es la hija, es una hija de puta, incestuosa. ¡Es la pareja! Pendejas de mierda, ya no le alcanzan los de 40, los de 50, ahora van por los de la tercera edad.
Me di vuelta tres veces, dos no se dieron cuenta, una el viejo miró, me miró, nos miró. Mona no podía sacar la vista de esa mesa, y menos cuando los saxos tocaron temas románticos, sí esos que no sé de qué película de amor son, pero la chica, se apoyaba en el brazo de viejo, y lo besaba.
-Tenemos que hacer un cacelorazo, o un carterazo, no sé. Pero tenemos que hacer algo, si no nos pasan por encima. Hagamos algo las que ya pasamos hace rato los 30, tenemos que reglamentar la soltería, organizar las franjas etarias, establecer parámetros, no puede ser que nos saquen todos, ahora ya atacan la tercera edad, son peor que la gripe estas pendejas. Dejen algo, encima que no hay tipos, y que 1 de cada 8 debe ser gay. No tienen derecho-protestó mientras mordía uno de los grisines.
De ahí en más, toda la cena nos la pasamos mirando al viejito, canchero él, nos miraba de reojo, mientras acariciaba la mano de su joven novia, esposa, amante, o lo que sea. La mina nos miró también. Se había generado un ir y venir de miradas, mientras la música de los instrumentos de vientos envolvía la escena. De película, de película clase B.
Cuando terminó la función, la cena, la velada paqueta, el viejo y su novia arrancaron antes que nosotras.
-Dale vení, que quiero verlos con buena luz – me apuró Mona, y me sacó casi corriendo del restaurante, para confirmar lo que había visto bajo velas titilantes.
Era así, como lo habíamos pensado. Él muy cerca de los 70, ella treintañera a full. Íbamos caminando por el pasillo que llevaba al lobby del hotel; ellos delante, nosotras detrás. Por la mitad del recorrido, el viejo se dio vuelta y nos guiñó el ojo, mientras le daba una palmada en la nalga a su novia.
"Qué levante tengo, habrá pensado, una novia joven, y dos minas que me miraron toda la noche". Lo que se dice un winner.
Las looser se fueron a dormir cada una a su casa, pensando que la próxima salida será una excursión en micro a las Cataratas con un centro de jubilados.

*

6.4.08

Última cena (jazz). Parte I

No tuve más remedio, tuve que abandonar mi maratón de sitcom americanas, algunas ya vistas interminables veces, y mi pijama gastado, mis pocas ganas de salir, y partir con Mona a un show de jazz. Con Gershwin a la cabeza, con temas de películas que no sé cuáles eran, pero que sonaban a banda de film romántico, cuya trama puede resumirse en tres palabras: encuentro, desencuentro, final feliz. En el último cuadro, beso y the end, sobreimpreso.
Le habían regalado una cena con show en un hotel boutique "paquetísssimo", como dice ella, de Recoleta, y por poco me obligó bajo amenaza para ir con ella a ese lugar.
-¿Las dos? ¿Las doooos solaaas? ¿Un sábado a la noche, a escuchar jazz? ¿Vos querés que me cuelgue del ombú gigante de Plaza Francia? No tenés compasión de mí. Ni loca voy- le dije en el tercer llamado de teléfono, en el que parecía repetir lo mismo. Un mantra, una letanía, que iba a ser difícil de eludir. Y ni pensar en desconectar el teléfono, porque sería peor.
-Hacé de cuenta que no es sábado, que no es jazz, que no es un hotel paquete, y sólo concéntrate en las delicias que vamos a comer. Platos exquisitos, buen vino, esas paneras de los dioses, con pancitos tibios, hechos amorosamente, postres señal Gourmet. Pensá, en todo eso, en vez de un paquete de Oreo. ¡Basta, me acompañás y listo! Y no jodas más por el fotográfo que ya me tiene harta. En cualquier momento sale con que se casó con un mamut.
-Los mamut están extinguidos, Mona. No me hagas la Susana Giménez.
-Bueno, con un mamut extinguido y resucitado, más raro aún.
No puedo con ella. Así, que me vestí, me peiné, me maquillé, con la fuerza de alguien que sale recién de un post operatorio, todo sin ganas, sin pensar, sin poner siquiera el mínimo de deseo. Aún, con ese letargo interior, cuando el taxi tocó el portero eléctrico, ya estaba lista, subida a mis zapatos con tacos de diez centímetros, de charol negro, altos divinos, con tiritas finas, me miré los pies en el espejo del pailler, y pensé, si voy a salir sin ganas, por lo menos que sea con altura.
Quedamos en encontrarnos en el lobby del hotel, me llamó como tres veces, seguro para chequear que no diera vuelta atrás y volviera a encerrarme en mi departamento. Y después me envió un sin fin de SMS.


Me estoy maquillando, pero yo estoy más cerca, ya, ya salgo/ el puto radio taxi no atiende/ atendió, vienen en 10, como son, seguro que tardan 20, mierda/ ya voy, ya llegó el taxi, esperáme en el lobby/ estoy en 5', mirá si hay algún tipo lindo, mirálo no lo esquives, no se te ocurra irte/ ya voy,ya voy. Ya, ya.

Ya me tenía podrida. Los últimos mensajes los leí sentada en el sillón del lobby del hotel. Mona siempre me hace esperarla, aunque sabe que odio esperar. Esperar. Por qué me persigue esta palabra. La misma que me tortura desde hace días. En cuanto llegue, la mato.
Mientras estaba sentada en el más que mullido sofá del lobby del más que coqueto hotel, entraban parejas que preguntaban dónde era la cena-jazz, una, otra, otra, el promedio: unos 60 años, cada uno. Y con cada una que entraba y preguntaba, yo me enterraba más en el almohadón, que supuse de duvet. De pronto, entró un hombre de unos 40 años, muy apuesto, perfumado, bien vestido. Lo miré. Le hice caso a Mona.
Y escuché también, preguntó por un tal Billy, habló por teléfono a la habitación, hablaba en inglés y se quedó esperándolo, parado. Gay a estribor, pensé.
El lindosupuestogay salió a fumar, lo volví a mirar a través del enorme ventanal, él me miró y siguió fumando, se agregó un taxi a la escena, y en contados minutos, Mona bajó de él, pasó al lado del lindosupuestogay, y entró diciendo, québuenoqueestá.
-Es gay.
-¿Cómo sabés?
-Intuición, llamó a un tipo, habló en inglés, debe ser norteamericano, ahora baja.
-No seas malparida, por ahí es su amigo, su roommate, el que conoció haciendo un master, un post grado en una universidad súper cara de USA, y el otro vino a visitarlo, y van a salir, solos, pero les gustaría tener compañía femenina, y para esos estamos las dos divaine, que linda que estás, estás preciosa, la tristeza te sienta, guacha, y ellos podrían venir a escuchar jazz con nosotras, al yanqui le va a gustar seguro, aunque maybe prefiriría tango, claro, porque los extranjeros...
-Es gay, deja de maquinar boludeces, plis.
No terminé de decir esto que Billy, pasó por el lobby y entró en cuadro-ventanal, abrazo efusivo, y recontra reconfirmación de mis sospechas. Hacían linda pareja.
-Sí, son gay – reconoció Mona- ¿Por qué mierda los gay siempre están buenos? Carajo.
-Esos dos hombres son lo mejor que vas a ver esta noche- le anticipé.
Y, dicho esto, nos fuimos a ocupar la mesa de dos que nos tocó en la cena-jazz de la tercera edad.

1.4.08

Mute

No se puede terminar lo que no comenzó. Cómo poner un final antes de un principio, o un epílogo antes de un prólogo. No es imposible, sino totalmente descabellado, ilógico. Pero en el amor todo lo descabellado e ilógico es lo que prima.

La mente busca en los más recónditos lugares para hacer un boicot a lo que puede resultar lógico, y centrado. Y el corazón hace jueguitos para sacar siempre la pelota fuera del área de la razón, siempre está atento para una gambeta, para un tiro libre directo, que termina en gol; o para un penal con toda la intención. En el amor las reglas, y el fairplay, muchas veces se toman unas merecidas vacaciones. Una licencia sin goce, ni sueldo.
Se podría decir que terminé con el del cuarto, se podría decir que termine por teléfono, se podría decir que decidí decirle que no voy a esperar y tampoco viajar a su lado -algo que ni siquiera me propuso-, se podría decir que decidí decirle esto porque antes él había decidido decirme que se iba a quedar más de lo previsto, que quizás sea más de un año, dos, tres, tiempo indefinido.
-No me esperes, no sé cuándo vuelvo.
Dicho esto, un silencio enorme, tan silencio, y tan enorme, que parecía que hubiésemos apretado el botón de mute al mismo tiempo. Pero yo sabía que él estaba allí como chupado por la línea telefónica a miles de kilómetros, y él sabía que yo estaba allí, parada, triste, sola, pensando sin poder pensar, sintiendo sin poder sentir, estaba allí muda con el auricular que arrojaba su propia mudez.
Hice un esfuerzo por no llorar, por hablar sin llorar, por articular palabras que parecían rebotar en mi boca sin poder salir. ¿Qué podía decirle: terminemos? ¿Había algo tan idiota para decir? Qué iba a terminar, si jamás empezamos, si ni nos dijimos te amo, si jamás nos prometimos nada, si jamás nos juramos amor eterno. Qué iba a terminar.
Lo único que podía terminar era la espera, la maldita espera, de llamados, de e-mails, de que el tiempo pasara. La espera. La espera que es esperanza y a la vez agonía.
Y la verdad que ya no quería seguir en actitud de espera, no quería mantener un amor alimentado por cuentas telefónicas, de Internet, y algún que otro paquete de Fedex, o charlas hot, sexo virtual, onanismo tecnológico. Me cansé, lo siento. Y creo que él también.
Entonces lo mejor es terminar, lo que no empezó, lo que casi casi empieza, lo que tal vez hubiera empezado, lo que jamás sabré cómo sería. Lo mejor es decir, adiós que estés bien, y apretar mute y llorar, antes de que él diga un apagado adiós, y corte.
*

26.3.08

Usted es el culpable

Atrás. Estoy con SPM. No, no es una sigla de una obra social. Es el Síndrome Pre Menstrual, con todas las letras. El monstruo que escondido aguarda dentro de toda mujer que ya tuvo el período. O sea, que desde temprana edad, antes de la adolescencia en muchos casos, ya tenemos el monstruito que ataca una vez por mes desde las profundidades de la femineidad, bien llamado sistema reproductor femenino, desde los ovarios, que parecen explotar, desde la panza que se vuelve peor que el tránsito de la 9 de Julio en hora pico. Nuestras hormonas danzan enloquecidas a ritmos desconocidos, como las brujas lo hacían en noches de luna llena, progesterona, estrógenos, que nos hacen ver la vida de color negro, de olor nauseabundo, la vida con pronóstico reservado.
Todo parece una mierda, todo se convierte en algo difícil de sobrellevar, y todo merece una escena de llanto, porque sin lágrimas no se puede transitar dignamente el SPM. Secreción salada que puede ser vertida sólo porque se cayó el cepillo de pelo al piso, porque no encontramos la bombacha negra que tanto necesitamos, porque se volcó la leche sobre el fuego, o porque sí, que es la razón más valedera en esos días.
El loquito SPM te convierte en la persona más detestable, más inestable, más insorportable y todos los “table”, que quieras del mundo. Y además, como un dios profano de los hidratos de carbono, te lleva de la mano, y con la boca abierta, a comer todo lo que puedas. Léase la palabra "todo", en su exacta definición, chocolates, panes, facturas, galletitas, helados, bombón, caramelos, gomitas, más chocolates, y demás surtidos de un kiosco, que sería tedioso describir, pero no comer.
Cuando estaba de novia con mi ex de Miami, estuvimos un año previo a mi partida manteniendo una relación a distancia, salvada por e-mails o llamados de teléfono. Todo iba bien hasta que una vez por mes aparecía el malévolo SPM, y me transformaba en el ser más abominable del mundo, siempre discutía o me ponía a llorar por taradeces, siempre encontraba algo para desestabilizar la relación. ¡Hay que pelearse con 8.000 kilómetros de por medio! La pelea tiene que atravesar varios países latinoamericanos para llegar a buen puerto. Mi ex con toda la paciencia, luego de que yo rompía no sólo en llanto, sino las bolas de manera soberana, me hacía la pregunta, que tanto odiamos las mujeres: ¿Te está por venir el período? Como a muchos otros hombres, le daba repugnancia decir: menstruación. Él sabía, aún estando tan lejos, la fecha en que me tendría que venir, sin mirar el almanaque, sólo por mi humor. O mejor dicho, por mi malhumor. Y nunca fallaba.
Sin embargo, aunque hagan un esfuerzo, aunque ejerciten su imaginación al máximo, los hombres jamás van a saber cómo una mujer se siente en esos días; cómo lo que es maravilloso hasta ayer, se torna gris y sombrío; cómo lo que es tierno y meloso, se torna, amargo, ruin y frío; y sobre todo como la lógica se convierte en algo imposible de acceder.
Sólo verán lo que sucede fuera, sólo tendrán que soportar estoicamente nuestro padecer, nuestra locura temporaria, nuestras malas contestaciones que están a flor de piel, en la punta de la boca, nuestras lágrimas que salen sin ningún motivo aparente. Nuestro SPM, nuestra cadena perpetua de la vida fértil.
Y, debo reconocer, y agradecer, que muchos de ellos hacen un verdadero sacerdocio de la paciencia, y del abnegado amor que nos tienen, para no huir como machos a los que volvimos locos durante esos días, que por suerte suelen ser uno o dos. Y otros, no tan abnegados, o ya hartos de nuestro cóctel molotov de hormonas descontroladas, rematan cualquier desatino de nuestra parte, con el clásico: “a vos quién te entiende”.
Busqué en varios lados los síntomas de esta desgraciada dolencia femenina, en realidad pueden ser unos 150. Algunos muy graves, tanto que en Inglaterra, desde 1945 se lo considera como atenuante en casos de violencia o asesinato.
-Sorry gordi, te maté porque tengo SPM.
Sólo en el área psicológica se mencionan: depresión, irritabilidad, agresividad, ansiedad, cambios bruscos de humor, labilidad emocional, llanto fácil, intranquilidad, disminución de la memoria y capacidad de concentración, falta de autocontrol, disminución del rendimiento laboral, aumento de los accidentes del trabajo y automovilísticos, agravación de cuadros psiquiátricos preexistentes, trastornos en el deseo sexual: rigidez o ninfomanía (es cierto a veces el deseo se fortalece esos días), comportamiento inadecuado. En los casos más severos, tendencia al suicidio, alcoholismo y drogadicción.
Se ve que lo mío no llega a esta severidad, aunque a veces me dan ganas de chuparme todo y de acostarme a soñar con un mundo de mujeres felices 30 días seguidos, un mundo donde no haya SPM que golpeé la puerta de la female una vez por mes. ¡Peeeerdón!, que rompa a patadas la puerta femenina. Lo peor, es que cuando se acabe esto, vendrá la amarga señora Menopausia y ahí dicen las cosas se ponen peor. Lo siento, veo todo negro, ya mañana saldrá el sol, el que no puedo ver hoy.

Pic: Leo Reynolds