Decisión

Sé que hace mucho que no escribo, y si me preguntan por qué no lo hice, no sé qué responderles, quizás me cansé de hacerlo, de contar todas las cosas de mi vida, de postear lo que me pasaba. Me agoté de pronto y me recluí en mi propia existencia, sin dar cuenta de nada.
Juro que abría la notebook para empezar a contar qué me pasaba, pero nada… volvía a apagarla, y no era el síndrome de la hoja en blanco, sino de la vida en blanco. Como si de pronto no pasara nada, como si de pronto todo quedara detenido en un tiempo sin números, donde los días no existiesen y las horas no fueran marcadas por ningún reloj. Lo sé, esto no es así, porque los días fueron pasando y las horas fueron cayendo a medida que se agotaban los segundos fundidos en minutos. Pero para mí todo estaba detenido, desde que Nando se fue a España nada cambió, salí más, salí menos, escribí mucho pero por mi trabajo, viajé a uno que otro lado, conocí a varias personas interesantes, pero sólo quedó ahí, no intimé con nadie. Hablé muchas veces con Nando, volví a hablar, y otra vez, muchas, viajé a España quince días, lo vi, nos amamos, cogimos, y yo volví otra vez aquí. Y volví a sentir que no había nada, todo pasó sin pasar y todo siguió sin seguir. Todo estaba ahí, sin moverse, a pesar de moverse, y a pesar de todo y sin todo seguí viviendo, respirando, levantándome todas las mañanas y acostándome todas las noches. A veces la vida se convierte sólo en una sucesión de días y noches y no quiero que la mía sea sólo eso. "Tengo que hacer algo al respecto", me dije hoy y volvi a escribir esto, que quizás no tenga sentido ni otro propósito que hacerles saber que sigo viva, con muchas ganas de empezar a pensar en serio lo que quiero para mí.

Pic: Monse

Sinceridad tardía

Cuando las cosas parecen que vienen bien, que todo marcha sobre ruedas. Y la vida me sonríe con su mejor sonrisa, sin caries o dentadura postiza. Cuando él es acorde a mis necesidades, a mis ilusiones, y se convierte en mi "pichicuchi". Y nada hace sospechar que pueda surgir algo malo en la relación.
Cuando estoy tan tranquila, y descanso en esa especie de limbo, que es estar enamorada. Cuando todo parece tan bonito, como en las películas de amor, sobreviene la frase que me pone los pelos de punta, y hace que tiemble como si hiciera -20ºC, aún con 40ºC a la sombra.
En esa paz monacal, excepto por el voto de castidad, él con cara circunspecta, serio, muy serio, extremadamente serio, mirándome a los ojos dice:
- Quiero ser completamente sincero con vos...- y termina, no con un punto y aparte, sino con un suspiro, bien prolongado.
Así, sin más. Tras lo cual, se queda haciendo un silencio, que me parece una eternidad, como si en ese instante se hubieran cerrado las aguas del Mar Rojo, conmigo en el medio. O, como si estuviera en una playa asiática, y una ola de 30 metros provocada por un tsunami, se me viniera encima.
Luego de esa abrumadora frase, previa a una confesión, es cuando sucede lo peor.
Siempre, que alguien pronunció esas malditas palabras, no al segundo o tercer día de la relación, quizás al mes, a los dos meses, o tres, se vino el caos, porque no trae nada bueno. Si es al año, estás en la parrilla con los chinchulines y los chorizos.
Esta "sinceridad con delay", en realidad oculta algo, que en ese preciso instante deja de ser oculto.
Y entonces, aparece un matrimonio no disuelto, sino muy vivito y coleando, y quizás culeando también (aunque siempre para él se lleven muy mal); una internación en un psiquiátrico, del que sale para visitarte; una historia de identidad encubierta por narcotraficante arrepentido, una minoría de edad (con mirás a que te acusen de estupro), no sé… cualquier motivo que hace que esa verdad se convierta en un descubrimiento desastroso.
Y en ese preciso instante, en que caigo cual huevo al piso, es cuando empiezo a pensar que la sinceridad es un valor que a veces duele.

Publicado 2006