No hay peor infiel que el que quiere ser descubierto. Ese es el peor, ya sea hombre o mujer. Porque es el que va dejando datos, evidencias, que a la larga y por efecto acumulativo hace que se destape todo. Y de la peor manera. Siempre y cuando el que porta la cornamenta no niegue (conciente o inconcientemente) todo de tal forma que aún con la evidencias en la punta de la nariz siga como si tal. Puede pasar.
Todo estos pensamientos respecto a la infidelidad surgieron cuando leí, hace unos días, en Clarín una extensa nota donde explicaban que en la mayoría de los divorcios la causa era un email o sms. Y claro, justamente no era un mensaje del tipo “quiero divorciarme”,“esto no va más tenemos que divorciarnos”, o “hablá con mi abogado”, no los mensajes eran del tipo “bombón no aguanto hasta el lunes para verte”, o “esto es un infierno sin vos”, "y pensar que estás con ese(a) idiota ahora", etcétera, etcétera.
Cada caso tendrá una motivación particular, pero creo que hay que ser muy estúpido, o malvado, para engañar y encima dejar las pruebas, ya sea en la computadora, y menos en el celular, de tan fácil acceso a cualquier persona. Esas personas no leyeron las reglas básicas de la infidelidad, que es: no dejar pistas.
¿Por qué lo hacen? ¿Por simple olvido o una premeditación de que ya quieren que el otro se entere? Porque vamos, nadie quiere decirle a la cara a su pareja, que se está encamando con otro, pero a veces es lo que quisiera. Y acá depende de si es una aventurilla que se perderá en el universo de los tramposos, y que pasará como un lluviecita del verano, o si es una relación que ya pasa de aventura y se mete en el ámbito de la doble vida, bien en el ojo del huracán.
Según el artículo, en el 43% de los casos que llegan a Tribunales, la primera prueba de la infidelidad fue un SMS y en el 29%, un e-mail. Le siguen los chats y las redes sociales. En el 85% de los casos se confirma la infidelidad y la mayoría de las veces los amantes son compañeros de trabajo o familiares. Y otra estadística para sacar conclusiones, el 60% de los divorcios lo inician las mujeres.
Lo que no quiere decir que esta sea la cifra de quién es más adúltero, hombre o mujer, algo que da para discutir largo y tendido, pero sí estoy segura de que aunque el hombre se quiera divorciar, o separar, la que toma la decisión la mayoría de las veces, es la mujer. Con pruebas o no.
Me siento dentro del universo estadístico, porque cuando me separé de mi tercera pareja el motivo fueron unos e-mails, que leí con la miraba incrédula de tanta pasión (re) volcada en letras. Esas cartas virtuales estaban en la papelera de su cuenta de e-mail, uno por uno, beso a beso, iban narrando una impresionante metida de cuernos mientras yo estaba trabajando en España. Había tenido el tino de borrarlos, pero no definitivamente. Claro, que él se enfureció y me acusó de invadir su privacidad, ¿Y yo? Me fui y le dije, que se vaya a la mierda, con su privacidad y todo. Un caso más. Un número más de ese 29%.
Ahora, ustedes no piensan que los que dejan huellas tan fáciles de encontrar es porque en el fondo desean de todo corazón que su pareja sepa que la están engañando. Si no cómo se explica tanta desprolijidad.
Quemá esos datos
Yo necesito
Desde que está mi suegra, o sea su madre, Nando viene a dormir a casa todas la noches. Todas. No puedo decir que no me guste dormir con él porque mentiría. ¡Y, cómo! Pero lo cierto es que me di cuenta de que necesito esos días break entre él y yo. Esos dos pisos de separación, ese espacio donde me despatarro, no ya en la cama, sino en mi vida; donde no tengo que compartir tiempos, ni pensamientos con el otro, ni hasta incluso vestimenta más o menos normal.
Y esto que digo no tiene nada que ver con los sentimientos hacia él. Es algo que me pasa conmigo, con mi soledad, que al principio se quebraba por cuotas, y que ahora se va llenando de Nando, cash, cada día más.
Ya sé que me pasé cinco años escribiendo de todas mis relaciones fallidas, abortadas, destructivas, esperadas, lanzadas al espacio sin boleto de vuelta, incluso varios de esos años fue mis idas y venidas con El del Cuarto, adioses que parecían para siempre, y que al final terminaron en esta realidad de pareja formal. Ya sé que me pasé buscando un novio, algo estable, como ya dije una vez, una relación que durara más que un par de medias de nylon (de las comunes, no extra opacas), y ahora que lo tengo, me quejo. Neurosis pura.
Pero, no me estoy quejando. ¿O sí? Recuerdo que cuando iba a terapia de grupo (sí en un tiempo fui) hacíamos un ejercicio entre dos. Era un acting como si fuéramos una pareja. La consigna era decir qué necesitábamos del otro. Necesito que me escuchés, que me dés más atención, que me abraces, el panorama se abría a las necesidad de cada uno en su relación. Yo me sentada enfrente del que sería, en esa sesión, mi novio del momento lo miraba a los ojos y con el mejor tono de voz le decía: Necesito bla, bla, bla… Suspiro. Porque siempre terminaba la frase con un suspiro que oficiaba de punto final.
El muy guacho me mantenía la mirada y me escuchaba hablar hasta el suspiro, no había más contacto entre los dos que el visual. Y cuando terminaba, abría su boca y un “me sonó a reclamo” salía para sopapearme el alma. Ahí empezaba el análisis de por qué yo pensaba que estaba diciendo lo que necesitaba, pero en realidad sonaba a oídos del otro a reclamo. Por eso, tengo el fantasma de ese pibe, el de la sesión, sobre mi cabeza, con miedo de que le diga a Nando, que necesito ese espacio, y le suene mal. Que le rebote reclamo, reclamo, reclamo. Y no quiero reclamar, quiero que sepa lo que yo necesito. Porque en definitiva el psicólogo hizo varios análisis sobre mi percepción de esto y lo otro, y porque el tono de voz denotaba esto y lo otro, y por qué muchas veces no expresamos lo que creemos expresar. Yo lo escuchaba atentamente, muchas de las veces con pañuelo de papel en mano y llorando. Pero, desde esa época, en que me sentía que estaba en un capítulo de Vulnerables, no volví a hacer el ejercicio nunca más. Y por nada del mundo quiero lanzar un “necesito” que se mimetice impunamente en el reclamo. Por eso, sigo durmiendo todas las noches con él, esperando el momento del que necesito madure por fin dentro de mi corazón, y pueda salir sin ningún disfraz de mi boca.
El que apunta alto
Por qué algunos hombres intentan salir con mujeres que jamás, de lo jamases, repito: jamás de los jamases, o sea “nunca” le darían bola. Son una especie que conjuga el espíritu de un Casanova con el de un verdadero kamikaze. Se creen capaces de destruir mitos a pulmón, por supuesto con la ausencia total de abultada billetera, con una estrategia que causaría risas aún en el más avezado conquistador.
Nosotras las mujeres, y brujas, sí, porque en eso nos calza a la perfección el maligno adjetivo, lo miramos actuar y esperamos que un día se dé cuenta de su despropósito pero no, él sigue, y sigue, no afloja en su accionar.
Así, son los tipos que apuntan muy alto, cuya personalidad podría cuadrarse dentro de la categoría loser. Y no sólo por perdedores, hay más de un rasgo que los define: aburridos, sin gracia, sin ninguna pimienta, menos conversación interesante. Son tipos que están solos, irremediablemente solos. También en la categoría de El que apunta muy alto están los del tipo freak, raros, y nada encendidos, los que los mirás y te preguntás qué le pasa, los que jamás podrás descifrar porque su mente es un misterio para lo que lo rodean, son los que reúnen el comentario general de “éste viene y un día nos mata a todos”.
Lo que marca la especie de Los que apuntan alto -tanto sean loser, freaks o la combinación de ambos- es que siempre aspiran a ganarse a la mejor chica de su trabajo o aledaños, a la recepcionista por la que mueren todos, al minón infernal de promotora, que lo mira como si ella midiera 1.90 y el fuera enano. Aunque sea todo lo contrario.
Pero él sigue con esa actitud desafiante, desafiante para dentro, tampoco eso de andar llevándose el mundo por delante, intentando por todos los medios de conseguir algo, una sonrisa un día, un gesto amable otro, lo que jamás conseguirá es que la chica en cuestión salga con él ni siquiera a tomar agua del dispenser del pasillo de la recepción.
A veces me dan pena estos caballeros de la conquista con todo para perder, pero que avanzan igual, pero otras veces pienso, no será que tienen la autoestima súper elevada, que se creen capaces de lograrlo, que no evalúan que esas chicas sólo salen con otro tipo de hombre. Otros tipos de hombres. Otros.
Conocí uno que le llevaba alfajores integrales a la recepcionista, iba un día, el siguiente, así toda la semana, a veces los alternaba con caramelos de menta de esos transparentes. Mientras al bombón que atendía los teléfonos la surtía, no exactamente de golosinas, el jefe del primer piso. Y él como si nada, seguía en la suya, porque conseguir a la chica "sólo era cuestión de tiempo". Un tiempo en el que no existe para nada la realidad, sino los sueños. Por eso este post se lo dedico a él, que sigue comprando alfajorcitos para dejar en algún escritorio de alguna recepción de esta ciudad.
Pic: Chococat







