Con él nos conocimos hace como cuatro años, más o menos, por una cuestión laboral. Siempre hubo una corriente sexual erótica entre nosotros, una química especial, pero nunca coincidíamos en soledad en el mismo tiempo: o bien yo tenía novio y él estaba solo, o cuando yo me peleaba, él se enganchaba con alguien.Jugábamos ese jueguito erótico-histérico. Ese rozar sin querer rozarse, o vení que te hago masajes, o saludarse y que casi se convierta en un pico. Una vez me robó uno en un pasillo. Tenía la costumbre de pasar su dedo por mi espalda, en el medio justo y yo me derretía con esa tontera. Él me calentaba. Pero la cosa quedó ahí, por un tiempo no lo vi más.
Estaba sola hacía unos meses cuando lo encontré comprando regalos para las fiestas. Me dijo que se había separado de su pareja y que se iba a vivir a España. Entonces le propuse una despedida privada: él y yo. Nadie más. Fue un acto impulsivo, instintivo y totalmente salvaje de mi parte. Quería que mis fantasías de tantos meses no quedarán con un océano de por medio. Quedó en hablarme por teléfono el sábado 25 de diciembre por la noche. Al otro día se iba.
Cerca de concretar el sueño de una noche de sexo fuerte sin condiciones, estaba celebrando Navidad. ¿Será pecado reunir en esa fecha dos motivos tan distantes? Pero no quiero mentir por un segundo, el destino quiso que fuera así. Pronto se cumplirá un año de lo que voy a contar.
Ese 25 a la nochecita llegué fundida de la casa de mi hermano, donde nos habíamos reunido con mi familia. No hice más que entrar a mi departamento cuando el teléfono sonó.
-Estoy a 10 cuadras de tu casa.
¡Y yo en un estado calamitoso! Había pasado todo el día en la pileta, y así me vine, con bronceador encima, y colorada como un tomate. Un asco, no llego ni loca. Me bañé y cambie lo más rápido que pude. Entre esa carrera desenfrenada contra el tiempo y el tiempo, estaba mi carrera desenfrenada de fantasías que de golpe fluían con la velocidad de la luz en mi cerebro. Con el pelo mojado le abrí la puerta, ni tiempo de secarlo. Después de todo daba un toque sexy.
¡Oh, desmesurada ambición! ¡Oh, años de soñar con este encuentro! ¡Oh, mierda de fantasía! Y yo que pensaba en una noche de sexo fuerte, sin condiciones. Sin condiciones para que pase. ¡No, otra vez no! La impotencia del momento fue casi tan grande como mi desilusión. ¿Era un castigo divino por mi sacrílega cita?
Él que insistía en levantar su autoestima, no se daba por vencido. Y yo como una dama muy ubicada, trataba de todas formas de salvar la situación de catástrofe en la que no sólo el muchacho había caído. Hasta intenté respiración boca a boca para resucitarlo. Nadie, ni ER, lograría algo.
Abandonamos la empresa, y así desnudos y todo brindamos con una copa de champagne por su viaje. Nos despedimos con un abrazo fuerte en la puerta de mi casa. Y yo me quedé pensando, ¿se habrá sentido presionado por mi propuesta? ¡Pero, si habíamos estado chichoneando varios años!
¿Será que los hombres necesitan sentirse conquistadores, y no conquistados, eso afectará su orgullo, su hombría, y su pene? Tendrán en la memoria colectiva la época de piedra, donde necesitaban agarrar por el pelo a la mujer para demostrar su posesión. No supe nada más de él, ni me mandó un e-mail desde España. Espero que esté bien.








-Mi vieja tiene novio.
Tengo que olvidarme de Jorgie por unos días. Y si bien es el único hombre en mi vida, es mejor que el verano no me encuentre con estos kilitos de más. Así que dejaré a mi amado redondito blanco de dulce de leche y pasaré a la libidinosa zanahoria.
